Historia de las Doctrinas Filosóficas


Cronología by jpna
20 noviembre, 2008, 3:55 pm
Filed under: Sócrates el Filósofo

 

Entre los años 471 y 469 antes de la era cristiana nace Sócrates en Atenas, hijo de la comadrona Fenarete y del escultor Sofronisco. Es la época que sigue las victorias de los atenienses sobre los persas en Maratón, Salamina y Platea y al establecimiento de la confederación de Delos, inicio del imperio de Atenas y del colonialismo ático en la península griega y de mares colindantes. Rige en este momento Cimón, al frente del partido militarista mientras, que Sófocles es aclamado en los teatros. Hace poco han muerto los filósofos Heráclito y Parménides. El pensamiento florece todavía en Elea, ahora con Zenón, pero Anaxágoras pronto llegará a Atenas.

 

Sócrates aprende a leer y escribir, como era costumbre, en su propia hogar. Al igual que otros jóvenes atenienses asiste al gimnasio y toma lecciones de música en la palestra.

Se separa en el oficio de su padre y parece interesado por la geometría y la astronomía. Son los años del avance de Pericles y el partido democrático, que conlleva el traslado del tesoro común desde Delos hasta Atenas. El nuevo gobierno fija en el año 451 una ley de ciudadanía que restringe ésta a los nacidos de atenienses. Cuando Sócrates tiene veinte años, Eurípides ha estrenado sus primeras tragedias, se inician las obras del Partenón y Fidias trabaja en el Zeus de Olimpia. En lo político, se afianza la pza de Atenas con persas y espartanos. Pericles alcanza su máximo poder en Grecia, al precio, también, de la sublevación interna, como la sofocada duramente en Samos (440), en cuyo asalto se dice haber visto al joven Sócrates. Sin embargo este prefiere frecuentar a los sabios. Se interesa al principio por Arquealo, discípulo del cosmólogo Anaxágoras y que ostenta el título de ser el primer filósofo Ateniense. Entra en contacto después con la corte intelectual de Pericles dominada por los sofistas, los enseñantes de sabiduría que propagan la ilustración mundana-Política, retórica, filosófia-y cobran fuertes sumas por ello. Así conoce, entre otros, a Hipias y Protágoras, Trasímaco y Calicles, mención añadida de la aventajada Aspasia, segunda mujer de Pericles. Esta formación parece no ser incompatible con el interés, al mismo tiempo, por las doctrinas misticistas fijadas en el siglo anterior por Orfeo, al servicio del culto dionisíaco, y Pitágoras, influido por la religión egipcia. Sócrates se moverá toda su vida bajo la sugestión religiosa y el reclamo de la razón clarificadora, que sin duda se ha de ver concentrada por hechos como el exilio de Anaxágoras, acusado de corruptor de la juventud, o la intolerancia popular contra la citada Aspasia, tenida por impía.

Cuando fue llamado  a filas para participar como simple soldado de infantería en la reducción de los sublevados de Potidea (432), nuestro personaje era ya conocido entre los círculos intelectuales de Atenas, y hasta en el frente del combate se distinguiría por su coraje como por su hábitos personales de continencia. A nadie escapa tampoco el contraste entre su fealdad y su inteligencia, quién sabe si aguzada para ocultar aquélla.

En el retrato mas antiguo de el se conserva-un bronce romano sobre un original de hacia 370 a.C.-, aparece, en efecto, un hombre de nariz chata, ojos bovinos, toscas facciones y una espesa barba que destaca sobre unos hombros estrechos y caídos, rasgos que coinciden con el resto de no pocos retratos del filósofo ateniense en vasos, monedas, frescos y esculturas. Pero ninguno de estos defectos es perceptible por el público que le escucha y se deja atrapar por su conversación entre campechana y deseosa de precisión. Ese es su modo de enseñar, que adopta un sello definitivo al cruzar la raya de los cuarenta años de edad y en especial tras el incidente del oráculo de Delfos (431), en que la divinidad apolínea responde a Querefonte, amigo de Sócrates, que no hay otro hombre mas sabio que éste. El filósofo interpreta esta señal divina como la llamada a un servicio absoluto y permanente por la causa de la sabiduría, entendida, sin embargo, como el reconocimiento de la propia ignorancia. Y así, urdido por genio religioso, su daimón o demonio personal, decide discutir con todos el alcance de la verdadera sabiduría. Se acerca por igual a legos y expertos, ciudadanos y extranjeros, jóvenes viejos, ricos o casi necesitados como él mismo. Durante esos años de primera madurez conoce a Gorgias, el más reputado sofista, recién arribado a Atenas (427), y traba amistad con Cebes y Critón, que le acompañarán hasta sus últimos días y le distraerán,  de paso, de la mala avenencia con su esposa, Xantipa. Parece también haber tomado contacto con Eurípides y el historiador Tucídies, que correrá la suerte del destierro, pues la democracia recibe los primeros golpes al comienzo de la guerra del Peloponeso (431), la larga epidemia que acaba con la muerte del propio Pericles (423) y la revuelta, ahora, de Mitilene (428). La crisis afecta a Sócrates, que deberá entrar en combate en Delion (424) y Anfípolis (422).     

El incansable servicio a la nueva y provocativa sabiduría no va a ser un riesgo menor para su vida. Puede decirse que ese empieza a tomar cuerpo con las risas del público en el estreno de las nubes (423), del joven Aristófanes, que le ridiculiza como impostor sofista. No obstante acrecienta el número y variedad de sus discípulos, o, mejor, concurrentes, entre los que se encuentran jóvenes que tendrán un futuro insospechado: el académico Fedón y el iconoclasta Antístenes; el poeta Agatón y el militar Alcibíades; el tirano Critias y una Víctima de Este, Polemarco. A Platón y Jenofonte, quienes dejarán el mejor testimonio de su enseñanza, no los conocerá Sócrates hasta algo mas tarde. Probablemente ha cumplido ya sesenta años de edad y, por lo demás, la suerte de Atenas está echada. Primero, con la ocupación espartana de sus proximidades; después, con el asalto al poder del bando oligárquico (411), que se hace acompañar de un nuevo proceso de impiedad, esta vez contra Protágoras. Pronto es restaurada la democracia (410), que incluye un momento de ira colectiva contra Sócrates cuando éste, encargado de la asamblea, renuncia a tomar represalias fuera de la ley contra los generales que han abandonado a sus soldados en la batalla naval de las Arginusas (406). Atenas está también de duelo en este año por la muerte de Sófocles y Eurípides. Finalmente tras perder frente a Esparta en la batalla de Aigospótamos (405), firma su rendición y accede a ser gobernada por los llamados Treinta Tiranos (404). Sócrates recibe de estos, bajo la amenaza de muerte, la orden de ir a la busca captura del ciudadano León de Salamina, a lo que se niega en redondo: solo el pronto cambio de gobierno (403) le salvará la vida.         

 

La democracia restaurada en Atenas es precaria y se ha lanzado a una búsqueda desesperada de responsables en quienes descarga la culpa de las desgracias sufridas. No es fácil conseguirlo, pues como habrán denunciado Sócrates y después Platón, es todo un régimen de vida moral el que está implicado en la suerte de una política. La acusación, pues, contra el propio Sócrates el irónico y fastidioso preguntador, anda en la boca de una minoría de temerosos de ver fracasada la democracia por enésima vez. Meleto un joven e insignificante poeta, se encarga de hacerla pública. Apoyado por el político Anito, acusa a Sócrates ante un jurado de 501 ciudadanos por el hecho de “no creer en los dioses en los que cree la ciudad” y de “corromper la juventud”. El filósofo niega los cargos y se reafirman en su actuación, que presenta como una misión de mejora humana, atenta siempre a la señal del Dios de la ciudad. Al principio de los que le hallan culpable no superan en mucho a los que le declaran inocente, pero al oír de los labios del acusado que la “pena” que el cree merecer es recibir los máximos honores de Atenas y un salario público, la petición final de pena de muerte para el inocente acusado obtiene el apoyo de 361 ciudadanos. Era el año 399.

Un mes después de su condena, Sócrates bebe la cicuta e la prisión de Atenas, tras haber rehusado escapar de ella con el auxilio de Critón y otros amigos. Cerca de él se encontraban sus hijos Lamprocles, Sofronisco y Menexeno. Las ruinas de esta prisión pueden ser visitadas, mas de dos milenios después, frente a la puerta que conduce al Pireo, al sudoeste del ágora ateniense, y a medio kilómetro escaso del pórtico de Zeus. Es decir, muy cerca de los lugares en que Sócrates desplegó su obra, unos diálogos por el acuerdo y desacuerdo ciudadanos que resuenan con voz fresca todavía.

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Sócrates eh si by oxyq
31 octubre, 2008, 4:28 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Sócrates fue hijo de Sofronisco, cantero de profesión, y de Fenareta, obstetriz, como lo dice platón en el diálogointitulado Teeteto. Nació en Alopeca, pueblo de Ática. Hubo quien creyera que Sócrates ayudaba a Eurípides en la composición de sus tragedias.

Habiendo sido discípulo de Anaxágoras, como aseguran algunos, y de Damón, según dice Alejandro en las Sucesiones; después de la condenación de aquél, se pasó a Aristoxenes. Duris dice que se puso a servir, y que fue escultor en mármoles: y aseguran muchos que las Gracias vestidas que están en la Roca son de su mano.



Filosofía/espiritualidad por Julio by juliosutd
29 octubre, 2008, 4:10 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

En la primavera del año 399 a.C. Sócrates bebió la copa envenenada en medio de sus discípulos. Durante siglos su muerte ha sido considerada como acto fundador de la libertad de pensamiento.

No dejó ningún escrito, a diferencia de sus contemporáneos y, principalmente, de los sofistas, con los cuales la opinión pública confundía.

Su enseñanza fue esencialmente oral, sabemos de él por la obra de dos de sus discípulos: Xenofón y Platón.

Xenofón escribió libros que cubren la historia del mundo griego entre los años 410 y 362. Sentía simpatía por la oligarquía moderada. Las circunstancias lo llevaron a encabezar a los mercenarios griegos; cuando volvió a Atenas se enteró de la condena de Sócrates, se exilió a Esparta y allí redactó sus recuerdos: un catálogo de anécdotas titulado Memorables y una Apología de Sócrates, donde relata las circunstancias del juicio, además de otras obras como El Económico un supuesto diálogo con Sócrates.

En sus escritos Sócrates aparece como un hombre de sentido común, respetuoso de los dioses y de las leyes que utilizaba la ironía.

El otro discípulo fue Platón, hijo de la buena sociedad ateniense. La condena de Sócrates lo alejó de la actividad política y lo llevó a exiliarse, con otros discípulos en Sicilia. Ahí fue capturado por los piratas y vendido como esclavo, luego recomprado. De regreso a Atenas enseño enseñó, hasta su muerte, la cual ocurrió en el año 347.

Su obra entera está denominada por Sócrates; está estructurada en diálogos donde Sócrates es el principal interlocutor, en los últimos diálogos sólo está el pensamiento de Platón.

Este Sócrates platónico es un personaje complejo, seductor, irónico; pretende la modestia y la ignorancia como un principio para demostrar mejor lo que quiere (Critón, Fedón, La República).

Sócrates nació hacia el año 469 en Atenas, su padre era un artesano escultor y su madre una partera, en Fedón, Platón le hace decir que se interesó primero en la física, luego en las ciencias naturales y finalmente en la filosofía. Se casó y tuvo hijos de Xanthiphea; fue pobre contrariamente a los sofistas, no cobraba por dar sus clases y sólo aceptaba invitaciones de sus discípulos a cenar.

En la Apología de Platón, Sócrates se opone a una ley arriesgando su libertad, su vida, y por supuesto su prestigio.

Sólo quería ser un sabio. Xenofón decía que se ocupaba de cosas humanas, de lo bello, lo vergonzoso, lo justo y lo injusto, de la prudencia y la locura, de la valentía y la cobardía, del Estado y el hombre de Estado, el gobierno y los gobernantes, lo que hace un hombre de bien…

No sólo cuestionaba, era partero de almas.

No era un adversario de la democracia como tal, pero emitía serias críticas hacia el funcionamiento real de las instituciones democráticas y cuestionaba la capacidad de la multitud de poder juzgar el bien, lo bello y lo justo.

Sócrates se inscribe en una corriente de pensamiento que proviene de la emergencia, sobre la escena política, de “hombres nuevos”, se negaba a preferir a estos nuevos políticos a los viejos,

Tenía sentimientos favorables hacia esparta, en el año 399 a.C. Sócrates fue acusado por Meletos, Anytos y Lycon de “No reconocer los mismos dioses que la ciudad, introducir divinidades nuevas y corromper a la juventud”. Meletos y Anytos representaban la opinión pública de Atenas, pretendían que Sócrates enseñaba a los jóvenes la irreverencia y la desobediencia. Fueron presentadas contra él dos acusaciones: la de corromper a la juventud y la de creer en divinidades que no eran las de la ciudad.

Otros juicios parecidos tuvieron lugar contra Anaxágoras, Protágoras y Eurípides. El juicio de Sócrates no era el primero

La sentencia no fue aplicada de inmediato; se prohibía la ejecución capital durante el periodo de la embajada sacra de Delos. Que conmemoraba, cada año, el recuerdo de la lucha de Teseo contra el minotauro. Por ello Sócrates se quedó un mes en la cárcel, lo pasó con sus amigos. Dos diálogos de Platón, Critón y Fedón, lo atestiguan. Se le ofreció la posibilidad de huir pero la rechazó, en Fedón se presenta el problema de la muerte y la inmortalidad del alma. Según Xenofón, habló de su relación con la muerte en estos términos: “Desde mi nacimiento he sido condenado a muerte por la naturaleza, si vivo más tiempo tendría que pagar sin duda un tributo a la vejez; mi inteligencia bajaría, me volvería más lento en el aprendizaje, más olvidadizo y caería por debajo de aquellos que hoy me son inferiores”.

Después de escuchar dijo: “Una de dos, o los que murieron están reducidos a la nada, o la muerte es un cambio. Si es la extinción y se parece a un sueño, es una ganancia, ya que todo el resto de los tiempos sería una sola noche; si es un paso a otra cosa está bien: me encontraré en compañía de Orfeo, de Museo, de Homero; ¿Con cuánto no compraría esta felicidad? En todo caso, estoy seguro de no ser condenado a muerte por ella”.

En La República y Fedón, Platón atestigua una sabia demostración sobre la muerte. Durante el mes que transcurrió entre la condena y la ejecución Sócrates recibió visitas diarias de sus discípulos. El día siguiente a la llegada del navío de Delos, los once carceleros le quitaron las cadenas y dieron la orden de muerte. A su lado estaba su esposa Xantiphea y su hijo más pequeño (se habría casado con dos mujeres y tenido por lo menos tres hijos). Xantiphea era mucho más joven que él, ya que el niño era apenas un bebé. Al momento de dejar la vida no quería pasar sus últimas horas con los suyos, sino con sus amigos. Luego se presentó un esclavo con una copa, Sócrates le preguntó qué hacer y qué iba a pasar. Así fue el final. Gracias a sus discípulos se quedó en la memoria de los hombres como un modelo de valentía, de grandeza y de libertad de pensamiento. Aristófanes convirtió a Sócrates en el personaje principal de Las Nubes. Seis años después que murió el filósofo, el sofista Polícrates le reclama el haber enseñado a los discípulos el desprecio de las leyes y los sentimientos contra la democracia.

Atenas mató a Sócrates, la historia racionalista retrocedió, mucho después Cicerón calificó a los jueces de Atenas como “pillos” y Marco Aurelio, el emperador filósofo, dijo que Sócrates fue víctima de los “gusanos”.

Sócrates se convirtió en el modelo del sabio perseguido por la muchedumbre ciega.



La vida Privada y Pública de Sócrates, La Voz (la guerra) by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:51 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Mi libro tiene varios capitulos, y a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos para la antologia por eso se ve un buen.

Este capítulo habla de la guerra. pp. 104-115. Soy Fari.

 

 LA VOZ.

 

Entre risas y charlas, dando muestras de muy buen humor, el ejército avanzaba por la carretera. No se había inventado aún la marcha al paso y una expedición militar parecía todavía una excursión al campo, todo barullo y confusión […]

… Únicamente en el cuarto regimiento, reclutado en el distrito de Alopeke, había un hombre que soportaba la carga de setenta libras, peso aproximado del equipo de un hoplita. Estaba acorazado de pies a cabeza. Sin embargo, no podía decirse que se parecía a Ares, el dios de la guerra. Las dos planchas de bronce de su armadura apenas cubrían la mitad de su tosco cuerpo. Evidentemente, no había en el arsenal planchas de pecho y espalda de amplitud suficiente para cubrir aquel fuerte organismo.  El vientre prominente  estaba protegido por faldetas de cuero que danzaban al compás de los andares. El aspecto era bastante cómico. En lugar de alto casco de bronce que era el orgullo  de todo ciudadano ateniense, el hombre aquel usaba un casco bajo de hierro, en forma  de caperuza, que, eso sí, tenía piezas protectoras de la nariz y las mejillas y, en consecuencia, resguardaba de cabeza mejor que aquellos imponentes cascos altos.  Sócrates, soldado del cuarto regimiento, marchaba hacia delante con paso torpe. Incluso por la carretera, camino de la guerra, iba con los pies descalzos. Sin embargo, había dejado convencerse por su vecino Critón  de la conveniencia de usar una túnica, un chitón, a pesar de su costumbre  de echarse el manto sobre el desnudo cuerpo. Era cierto adelanto. Pero no lograba hacerse de aquella ropa interior. Un trozo de túnica aparecía siempre por debajo de la armadura.

   Sus camaradas estaban de acuerdo en que no había soldado más cómico en todo el ejército. Al mismo tiempo, no podían evitar cierta admiración por Sócrates. Con su musculosa mano izquierda  blandía como una pluma un escudo tan alto como un hombre, hecho con diez corbachos cosidos entre sí y unidos por fuertes tachones de metal. Su mano derecha empuñaba una lanza de roble con punta de hierro de más de seis pies de altura y, por añadidura, un haz de jabalinas. De su cintura, colgaba una tremenda espada de dos filos, puntiaguda, apta para dar tajos y tirar estocadas. La correa que cruzaba su macizo pecho sujetaba a su espalda el arco y el carcaj lleno de flechas. Y aquel pecho macizo respiraba, a pesar de todo, con manifiesta holgura.

    Había una gran fuerza natural en aquel hombre. Si no vivieran tan en las nubes, podía ser un conciudadano muy útil, según se decía con cierta amargura Anito, su antiguo amigo, mas bajo, más delgado y menos fuerte que él. Por desgracia, el más sabio de los hombres no era muy lucido.

Todos los demás soldados habían dejado las armas a los esclavos o en los carros del tren que seguían a las tropas en marcha. Sócrates, no. Quería ser original en todo momento. No podía adaptarse al grupo, a la masa. No encajaba. Se aferraba a sus discordantes teorías. Un hombre tiene que endurecerse a sí mismo, decía. Hay que domar al cuerpo. Por eso, marchaba descalzo por los campos y por los arcillosos caminos transformados en fangales por los chaparrones de noviembre. Por eso, cargaba sus anchas espaldas en un lugar de depositar sus armas en uno de los carros de bueyes. Todo estaba muy bien. Cuando se iniciara la batalla, el hombre estaría endurecido, pero también tan gastado que sería poco menos que inútil como combatiente. La arrogancia con que Sócrates pasaba por encima de todas las costumbres y experiencias era intolerable. No respetaba ni la indolencia, el sagrado vicio  nacional de los griegos, paradójicamente mezclado con una extraña tendencia al bullicio.

    Lo que más disgustaba a Anito, ciudadano modelo de la República, era que a nadie parecía molestar tanto como a él aquella falta de respeto. No era posible negarlo; Sócrates disfrutaba en el ejército de una popularidad compuesta de ironía y afecto. Evidentemente, no se le tomaba en serio, como no se tomaba en serio toda la compaña: la expedición contra Potidea.

   Esta pequeña ciudad de la costa de Calcidia se había dejado inducir por los astutos corintios, que no se resignaban a ceder la supremacía naval a Atenas, a abandonar la Liga Délica. Probablemente, había intervenido también en esta deslealtad el rey Perdicas de Macedonia, al que agradaba ser perejil de todas las salsas griegas. Los bárbaros macedonios querían probar a toda costa que pertenecían a la Hélade.  Pero ahora, un siglo escaso antes de Alejandro el Grande, nadie con dos dedos de frente creía tal cosa. Los idiotas de Potidea, excepción de la regla, se dejaban llevar por una alucinación fatal. Bien; la fuerza expedicionaria ateniense, al mando del general Calias, pondría rápido término a tal alucinación. Como el concurso de natación a Samos, ocho años antes, ahora, en los últimos días del otoño del 432 antes de Cristo, el paseo a Potidea era uno de los entretenimientos militares con que el presidente se divertía a su pueblo. Tales aventuras mitad guerreras y mitad risibles, distraían muy eficazmente la atención pública de aquellos escandalosos procesos internos. Además, esos procesos conducían derechamente a un desastre.

 Mitad guerrero y mitad risible, el aspecto exterior del soldado Sócrates era la encarnación perfecta de toda la campaña. En tanto brillara el sol de otoño, predomina en el ejército la nota alegre y despreocupada. En cuanto a Sócrates, era la primera vez que dejaba la ciudad y la primera vez que contemplaba el mágico espectáculo de la campiña griega. Era una belleza madura e intensa; era el esplendor del otoño. Los olivares y los bosquecillos de cipreses llegaban hasta la playa. Pero Sócrates era insensible a las suaves brisas, a los cipreses de un verde perenne, a la juguetona rompiente. No tenía ojos para las creaciones de los dioses. Estaba dedicado por entero a la criatura, al hombre. El infinito se le revelaba en las estrechas, tortuosas y atestadas calles alrededor del Ágora. El paisaje del alma era el único que le interesaba recorrer.

   Esto parecía extraño e incomprensible a sus compañeros del ejército y, como todo lo que era extraño e incomprensible para los griegos, un tanto desagradable. A estas dificultades se debió que la popularidad de Sócrates en el ejército y más tarde en el pueblo fuera siempre limitada y mezclada con muchos agravios. Sólo cuando el día avanzaba, cuando se iniciaba el anochecer, comprendían mejor los soldados a Sócrates. Todos se asustaban un poco de la oscuridad, que les hacía temblar. ¿Habría tinieblas y haría frío en los infiernos? ¿Por cuánto tiempo? De noche, valía más recogerse en sí mismo. De noche, era agradable saber que uno se había comportado decentemente durante el día. De noche, los soldados se acercaban a Sócrates y le pedían  que les hablara.

   Pero cuando llegó aquella noche, Sócrates estaba silencioso como todos los demás. Una sensación de inquietud se había extendido por todo el ejército. El primer muerto aparecía atravesado en el camino. Por el hombre mismo, que yacía duro y rígido con una profunda herida de espada en la frente de la que ya no manaba sangre, nadie derramaba una lágrima. Era sólo un arquero de Creta, uno de esos mercenarios extranjeros que formaban  la compañía de suicidas.

   Aquel hombre no representaba una pérdida. Nadie le reconocía; los cretenses eran todos iguales. Pero, de todos modos, era el rostro de la Muerte el que les miraba. El general Calias ordenó a algunos esclavos que arrojaran el cadáver al agua. Era curioso, pero ninguno de los esclavos se prestaba a aquella tarea. Y tampoco podían acercarse al muerto, porque todo el ejército rodeaba a aquella primera baja. Incluso, los elementos de la vanguardia y los rezagados se hallaban presentes. El escuadrón de caballería, que había avanzado muy lejos, volvió a galope tendido. La noticia de que se había producido la primera baja llegó también hasta él. El galope tendido sentaba a la perfección a  la caballería ateniense. Los jóvenes caballeros se mantenían de pie en los estribos y hacían girar las espadas sobre sus cabezas. Era siempre una magnifica exhibición. Era sólo en plena batalla cuando los caballeros no sabían sacar fruto de tales proezas.

  Uno de ellos se bajó deslizándose por la silla roja de su montura. Era un joven oficial, blanco de cutis, con guedejas morenas cuidadosamente rizadas que enmarcaban su hermoso rostro de estatua.

         ¡Buen galope, paloma!-dijo, dando una palmada a su yegua-, Y, ahora, vamos a contemplarte un poco, cadáver.

Algunos pensaron que el joven Alcibíades iba demasiado lejos. Bromear con la muerte era un poco temerario, en todo caso. ¿Quién podría asegurar que tales humoradas no molestarían a los dioses? Sin embargo, Anito, ciudadano soldado, se dejó arrastrar por tan espléndida despreocupación. Era precisamente lo que le faltaba.  No era talentoso, ni mentalmente ágil. Por eso, repudiaba esas cualidades en los demás. Únicamente cuando tales cualidades encarnaban en la radiante figura de Alcibíades, senía un ansia vaga de complementarse, de salir de los estrechos linderos de su propiedad. Deseaba ponerse de puntillas y ensanchar el pecho en aspiración profunda para parecerse un poco más a Alcibíades. Quería olvidar que era un próspero hombre de negocios, un contribuyente puntual, uno de los pilares del Estado. Incluso olvidaba que era un esposo feliz, con un hijo robusto y alegre. Le hubiera gustado tomar las manos de Alcibíades, aquellas finas y blancas manos infantiles, y estrecharlas fuertemente, al tiempo de expresarle su cariño.

   Alcibíades, sin embargo, no se preocupaba por los espectadores. No dedicó una mirada ni a los que protestaban ni a los que le admiraban. Se inclinó sobre el muerto y lo levantó.

 

         ¡Ven, hermano, vamos a bailar!- exclamó riendo.

 

Y comenzó a girar abrazando al cadáver. Un paso con el derecho, otro con el izquierdo, otro con el derecho… Bruscamente, alzó al cuerpo inerte, lo mantuvo un instante sobre el talud que descendía hasta el mar y, a continuación, dejó caer al cretense, que se hundió con un chapoteo en las aguas. 

 

         ¡Ánimo, amigos!- gritó Alcibíades-.  La muerte es fácil. Los muertos no sufren. Es algo maravilloso.

“Y vivir, ¿no es también maravilloso? Vivir verdaderamente, quiero decir…” Anito no se reconoció a sí mismo ¿Quién metía aquellos pensamientos pecaminosos en su cabeza cada vez que veía a Alcibíades? Lo mejor era apartarse de aquel joven perturbador. Pero siempre se sentía arrastrado hacía él.

   Por su parte, Alcibíades no pareció ver a Anito. Ni escuchó las rudas expresiones de sus compañeros, a quienes la danza con el muerto había parecido de una comicidad irresistible. Sólo un hombre podía decirle si el acto realizado era un sacrilegio o una manifestación de divino humorismo. Alcibíades, impetuoso y bello. No estaba sometido a las normas, a las convenciones y a las leyes que obligan al común de las gentes. Creía que para él regía la ley de los príncipes. Era posible que hubiera una ley interior incluso por encima de ésta. Pero era difícil descubrirla. Sócrates era el único a quien tal ley podía ser revelada.

   Al acercarse Alcibíades a Sócrates- Anito pudo observarlo con la agudeza del desapercibido y despreciado-, el magnífico oficial de caballería volvió a ser una vez más  el muchacho del Liceo con su maestro. ¿Iban a alabarle o a reñirle? Sin embargo,  sabía Anito muy bien que Sócrates ni hablaba ni reñía. Se limitaba siempre a hacer preguntas objetivas. Ahora, como de costumbre, hizo una pregunta:

         ¿Cómo sabes que será algo hermoso… el más allá?

         No sé qué será… – reconoció Alcibíades-. Pero me gustaría que lo fuera.- Aparecía aquí de nuevo el misterioso poder de Sócrates para arrancar confesiones. El poder de probar a los hombres, como él mismo decía-. Espero  que no se sufra después de muerto- continuó Alcibíades con vacilación. Y, de pronto, el magnífico oficial de caballería dijo-: Tengo miedo.

Puedes confiarte a Sócrates. No es un juez que arranque confesiones. Es un padre confesor. No condena, sino que consuela. Y, al mismo tiempo, sigue con su costumbre de preguntar, de limitarse a preguntar.

 

         ¿Por qué tienes miedo? ¿Sabes lo que te espera en el más allá? O la nada (un reposo profundo y sin sueños), o la supervivencia: nuevos encuentros, nuevos rostros, nuevas formas de examinar. ¿No es así? ¿Puede haber alguna otra posibilidad?

Las palabras de Sócrates irradiaban una tranquilidad profunda, a la que Alcibíades arrojó su réplica:

         ¿Es que tú mismo sabes cómo será el más allá?

         ¡No!- Unos ojos brillantes parpadearon alegremente-. Pero confieso que trato ansiosamente de averiguarlo. Ya sabes cuál es el pecado que me persigue: la curiosidad.

Agradaba a Sócrates decir que tenía el vicio de la curiosidad. Pero era algo más que vicio. Era frenesí, fuego, la verdadera sustancia de su  vida. Había sondeado a toda la ciudad con sus preguntas. Sin descanso, perseguía un solo objetivo: el descubrimiento del hombre. Sin embargo, sabía que no había voz humana que pudiera dar una contestación a sus preguntas finales. Buscar la verdad era el deber del hombre. Dar la verdad era privilegio de los dioses. El oráculo no era testimonio bastante. La sibila, los sacerdotes y el muchacho Querefón se interponían aún entre él y Apolo. Apolo debía hablarle directamente. Tal vez haría brillar el sol a medianoche; ese sería  un signo que todo el mundo reconocería. O tal vez el dio se revelaría  a Sócrates solamente, de modo que nadie mas lo advirtiera. Pero, en todo caso, él sabría a ciencia cierta que era el elegido. Su misión era extender la justicia, la virtud y la sabiduría. Era en conjunto una misión racional. Y, sin embargo, sólo un milagro podía remover los últimos obstáculos y darle el impulso que le llevara definitivamente por su camino. Apolo tenía que decirle: “¡Sócrates, marcha!”

El milagro ocurrió la noche anterior al asalto de Potidea. Para muchos, era la noche anterior a la muerte. La ciudad rebelde estaba fortificada, dominaba la entrada de la península de Palene y había en ella tropas enviadas desde Corinto al mando del temible Aristeo. Además, Calías, el general alfarero, no había tenido en cuenta el avanzar –como descubrió con espanto más tarde-, el puesto enemigo de Olinto. La expedición ateniense había caído en una trampa peligrosa, con campamentos enemigos delante y detrás y con el mar tempestuoso del otoño por ambos lados.

Los soldados, pocas horas antes animosos y confiados, estaban sobrecogidos de miedo. Parecían un confuso rebaño de ovejas extraviadas. Las tiendas de campaña proporcionarían tal vez un refugio contra los espectros de la noche. Tal vez se podría, si la angustia aumentaba, llamar a las lejanas y dulces imágenes de sol perpetuo de la Acrópolis, de las alegres fiestas de la Panatenea, de los bulliciosos y lindos hijos que cada soldado había dejado en su casa. En las gloriosas guerras de liberación, los atenienses habían demostrado que sabían morir. Pero nadie podía decir que les gustaba morir. Y el deformado aspecto del mercenario muerto se proyectaba de modo terrible en los cielos.

Sólo Sócrates no se refugió en la carpa. Aunque por costumbre era el más hablador de todos ellos, esta vez no intervino en a conversación sobre la muerte, en la que todo el ejercito participaba. Se mantuvo aparte. No respondió cuando le llamaron. Miraba distraído y ausente. Miraba a las tinieblas de la noche. Dio unos pasos atrás y adelante y a continuación, se detuvo. Durante una hora o más, permaneció inmóvil. A su alrededor, la calma era absoluta, Pero dentro de él, en su interior, la voz se había dejado oír. No era lo comprendió enseguida, su propia voz. Pero tampoco era la solemne voz, parecida al trueno, que pudo haber lanzado Apolo. Era una voz como un murmullo, como un susurro, como un suspiro, pero muy clara. Los hombres no hablan así ni tampoco los dioses. Era el sonido de algo nuevo. Era el daimon, el ser sobrenatural, el buen demonio, el demonio personal de Sócrates,  que surgía de las profundidades insondables.

La prolongada ausencia de Sócrates comenzó a ser notada por los hombres de su regimiento. ¿Qué hacía fuera en aquella fría noche? Algunos salieron para buscarle y le observaron con profunda atención mientras permanecía quieto convertido en piedra. Los gritos las bromas no le arrancaron de su abstracción. El que un hombre se volviera loco antes de la batalla, ¿era un presagio? ¿Bueno o malo? Todo el ejército comenzó a indagarlo. Los soldados abandonaron sus tiendas. A pesar del frío penetrante, salieron al campo abierto. Un soldado, un hoplita ordinario, convertido repentinamente en una estatua congelada, era un espectáculo que nadie quería perder.

Pero no salió de allí nada sensacional; no sucedió absolutamente nada. Por lo menos, nada que fuera visible desde fuera. En cambio, Sócrates, el más sabio de los hombres, había tenido una revelación de su demonio. La ley del interior de su pecho comenzó a hablar:

         -¿Sabes quien soy? – preguntó la voz.

         -Eres…   Eso    -respondió Sócrates reverentemente.

         -¿Soy el Bien o soy el Mal?

         -Eres el Bien.

         -Pero soy duro e implacable. A menudo, tengo que herirte. Mi hija es la Conciencia, mi hijo el Deber. ¿Me tienes miedo?

         -No mucho. Tal vez sea duro obedecerte al principio.

         -Pero al menos, nunca correrás peligro de extraviarte.

Yo te guiaré, te dirigiré y te advertiré para que nunca hagas nada malo. Es todo lo que te prometo. Nunca tendrás otro premio. Y el camino por donde te lleve te conducirá a un amargo final.

         -Iré derecho por donde tú me guíes. Quédate conmigo. No me abandones nunca.

Nadie escuchó estas palabras. No se había movido un músculo en el rostro de Sócrates.

Un sol rojo apareció sobre le horizonte. Sócrates continuaba de pie e inmóvil, como un monumento de mármol. ¿Cómo no le dolían los piés? ¿No sentía hambre y sed después de aquella extraña vigilia? ¿Estaba encantado? ¿Embrujado? ¿Se había vuelto loco? ¡Ah! Ahora, arrojaba sus armas hacia la bola de fuego que se alzaba sobre el mar. De sus poderosos pulmones, surgió un himno de alabanza a Febo Apolo:

         -¡Gracias, dios-sol! ¡Gloria a ti, dios-sol! ¿Tú eres la luz y la verdad!

Después, Sócrates se volvió y dijo a su vecino, como si nada hubiese pasado:

         -Creo que es hora de que tomemos nuestro baño matutino. ¿Qué te parece, Critón?

Pero ni hubo tiempo para el baño matutino. Sonaron los cuernos a distancia. Era la señal del ataque de los corintios, la señal que anunciaba una salidos de los de Potidea. Y los toques guerreros que venían de la retaguardia, ¿eran un eco? ¿No; el otro tentáculo del enemigo se movía desde Olinto. Los Griegos comenzaban sus batallas con el alba. A mediodía, cuando el sol calentaba, querían tenerlas terminadas.

Perecieron unos ciento cincuenta ciudadanos de Atenas. Y otros tantos enemigos o tal vez más. El comandante de los corintios, Aristeo, se vio rodeado por unos cuantos rufianes de los muelles del Pireo. Ante esto, olvidó sus modales y la dignidad del cargo que ostentaba. A bofetadas, puñetazos y puntapiés, se abrió paso hasta la estrecha escollera en donde rompían las olas y, perseguido por toda clase de proyectiles, emprendió por ella el retorno a Potidea.

Los rufianes del puerto loe miraban como se mira a un loco. ¿Por qué las olas no se lo tragaban? ¿Tenía un pacto secreto con Poseidón? El dios del mar era el único dios que a la canalla de los muelles merecía aún algún respeto. Cada uno de ellos tenía cierta experiencia personal de ahogados, naufragios y tempestades. Bien; si Poseidón protegía a aquel hombre, ellos podían también dejarle escapar. Era una lástima; su equipo de plata hubiera constituido in botín muy apetitoso. Valía por lo menos tres minas.

         -¡Poseidón! –gritó lejana una voz clara y vibrante. No era una innovación a la divinidad; era un desafío, una declaración de guerra. El joven oficial de caballería que se acercaba a galope tendido, de acuerdo estricto con la escuela de equitación y el estilo de la pista de carreras, lanzaba un desafío contra el dios del mar. Arrancaría de sus  manos al protegido, al fugitivo general corintio. Con elegante galope de circo, Alcibíades se lanzaba contra Aristeo.

Tales combate personales no eran raros en las batallas griegas. En realidad, los caballeros sólo luchaban con sus iguales. Rara vez condescendían a perseguir a simples infantes. Era casi una violación del código.

Pero Alcibíades tenía aquí una ocasión para una hazaña y muy famosa además; no podía dejarla escapar. Iba a representar una escena heroica delante de todo el ejército ateniense. ¡Una victoria sobre Poseidón! ¿Podía haber más esplendida venganza?

La yegua blanca de Alcibíades bufaba y jadeaba. También ella estaba enfundada en una pesada armadura. Llevaba planchas de bronce protectoras en  la cabeza, el pecho y los flancos y, además, tenía que soportar el peso del jinete que le clavaba febrilmente las espuelas. Las olas que saltaban por la escollera la azotaban de lleno. La espuma enrojecía sus cansados ojos. En cambio, no se daba cuenta de la lluvia de flechas y proyectiles que caía por todas partes, por delante y por detrás, de amigos y enemigos.

         -¡Poseidón! –gritaba Alcibíades, interrumpiendo de vez en cuando el canto de guerra. Había en su actitud una indecencia deliberada y mezclaba el desafío a la divinidad con alabanzas a los encantos de Cotito, la muchacha que le esperaba en casa.

La vanguardia ateniense apenas podía distinguir la vaga silueta del caballero que avanzaba entre las olas. El escudo de Alcibíades, aquel bello escudo, famoso en todo el ejército, que mostraba a Eros lanzando sus flechas, estaba en alto y miraba al cielo. Entonces un hombre que había luchado todo el día en primera fila dijo:

         -¿Dejaremos que nuestro amigo emprenda solo la gran jornada?

En realidad, los hombres del Pireo tenían pocos ánimos para realizar hazañas a sangre fría. Los premios al valor y las coronas de laurel, por los que todo soldado se dejaba hacer pedazos, iban a parar siempre a otros, a brillantes oficiales de caballería, como aquel Alcibíades qué, indudablemente, estaba loco. O a favoritos del presidente, a quien los jueces que decidían después de la batalla querían tener propicio.

Sin embargo, la cuestión era distinta. Los muchachos del Pireo, los jóvenes de la nueva ciudad, ¿iban a dejarse avergonzar por aquel tosco y grueso  vecino de Alopeke?. Estaba en juego el honor del nuevo distrito. Y las rivalidades entre distritos eran el nervio de toda historia griega. Por eso, los muchachos se lanzaron hacia delante.

Sócrates iba a su frente. Marchaba como un pelícano, con los pesados y torpes andares que durante años habían constituido la diversión de la plaza del mercado. Los comediógrafos tenían asegurado un éxito de risa, si hacían aparecer en escena con esos andares a alguno de sus personajes. Todo el teatro de Dionisios gritaba al verlo:”!Ah Sócrates” Pero, ahora, aquellos ridículos andares parecían más rápidos y sueltos.

Nadie podía seguir a Sócrates. Era natural, nadie estaba animado por la voz interior que pedía a Sócrates que salvara a aquel héroe a medias. “Alcibíades no debe caer”, decía el demonio. Hablaba sencilla e imperiosamente con su melodía sin palabras. Era dudoso que la locura de Alcibíades mereciera que se arriesgase la vida de Sócrates, vida dedicada a Atenas y a la humanidad. Pero el portento del demonio consistía precisamente en tomar decisiones cuando la razón vacilaba. “Solo cuando la mente humana no puede ya ir más lejos es cuando conviene pedir consejo a los dioses”, diría más tarde Sócrates. Hoy estaba todavía lejos de llegar a tales fórmulas y reflexiones. Confiadamente, siguió el mandato de una voz para la que no halló expresión adecuada durante su vida.

Sócrates era un soldado de la virtud, un guerrero sacerdote. Sabía que su espada y su escudo estaban al servicio de la buena causa y, por eso, su espada tajaba con más fiereza que las de los camaradas y su escudo protegía no solo aquél vientre voluminoso, sino también al derecho que no es innato.

Ahora necesitaba su espada, su escudo, sus dos manos y sus diez dedos. En efecto, Aristeo, el corintio, se había detenido al verse perseguido por un solo jinete. No era cobarde. Conocía las tetras de la lucha ateniense. Desmontar a un jinete, dar el caído un tajo en la cabeza y escapar con el corcel era un viejo truco enseñado en todos los gimnasios.

Con un salto, Aristeo esquivó la embestida de Alcibíades. En seguida arrojó una piedra de la escollera contra el costado de la yegua. Esta se levantó sobre sus patas traseras y acabó cayendo. Alcibíades salió desprendido de la silla roja. Antes de que pudiese agarrar con fuerza el escudo, Aristeo se lo arrancó de las manos. No había mayor indignidad para un guerrero que dejarse robar sus armas. Un mandoble de la espada haría rodar aquella cabeza loca, el cuerpo hermoso y juvenil queda allí tendido y un rápido tirón permitiría hacerse con el casco de plata.

Aristeo dio el mandoble.

Pero el terrible golpe  rebotó en un escudo plebeyo, cubierto por diez corbachos, que de un modo u otro se había interpuesto entre Aristeo y su víctima.

¿Cómo? ¿Otro adversario?

         -¡Hygiaeie! Saludó Aristeo al enemigo recién llegado. Incluso en plena batalla, los griegos no olvidaban sus fórmulas. Aquellas fórmulas daban al cruce de espadas su verdadero y profundo significado. Hygiaeie era un saludo cortés: “Consérvate en buena salud”

Aquel hombre que entraba en escena tenía en verdad buena salud. Se lanzó contra su antagonista como un toro salvaje. Su brazo fuerte y musculoso avanzó protegido por el escudo. El hombre dio un paso, luego otro. Aristeo sentía encima su poderosa respiración. Y, de pronto, se sintió mirado de una forma que era imposible soportar. La mirada venía de todas partes. Era una mirada tranquila, como de piedra, pero llegaba desde todas las direcciones a la vez ¡Zeus Tonante, Padre de la Victoria! ¡Aquel hombre era un bisojo! Era un demonio, uno de los dioses nocturnos del mundo subterráneo.

         -¡Suéltame! –gritó Aristeo.

No quería bajar al mundo subterráneo. Se arrojaría a las olas que azotaban la escollera, soportaría la lluvia de flechas que lanzaba la vanguardia ateniense formada por los jóvenes de Pireo, haría lo que fuera necesario. Era preciso volver a la ciudad de Platea, cuyos muros protectores parecían estar al alcance de la mano.

Aristeo se escapó.

         -Tu escudo está salvado – dijo Sócrates, agachándose junto a Alcibíades- Y tu casco también. –Quería decir con ello que el honor estaba a salvo.

Alcibíades alzó los brazos hacia aquel hombre fuerte y feo. Solo había un modo de expresarle su agradecimiento: “!Querido monstruo. . . ¡”, trató de murmurar. Pero estaba demasiado cansado.

Sócrates llevó a Alcibíades en brazos, como un niño, a las líneas griegas.

Aquella noche, cuando iban a ser otorgados los premios de la batalla, todos los hombres del Pireo estaban de acuerdo en que habían visto como el hoplita Sócrates, del cuarto regimiento, había derrotado al comandante enemigo general Aristeo, de un golpe de escudo. No habían visto, en cambio, la mirada de aquellos ojos bizcos, aquella amenaza serena y aquella inquebrantable determinación. Pero comprendían que había ocurrido alguna especie de milagro. Todo el ejército estaba encantado con Sócrates. Y como después de la batalla, era de nuevo una multitud de ciudadanos libres e iguales, pidió ruidosamente que se concediera el premio a Sócrates. Hasta Anito parecía dispuesto a olvidar viejas discrepancias. Tal vez, un hombre puede ser persona decente y buen patriota, aunque no lleve sandalias y no tenga noción de las leyes de las prosperidad. El mismo formuló la proposición:

         -¡Sócrates merece el premio!

         -¡Muchas gracias! – dijo Sócrates, siempre cortés, siempre fiel a las convenciones. Estrechó la mano de su amigo de la juventud. ¿Podía cruzarse un abismo con un apretón de manos? Y después, señalando con un rápido y vivo gesto a su cabeza cuadrada y a su deforme rostro, continuó-:  Me temo que la corona de olivo no me siente muy bien. Sentará mejor a Alcibíades. En fin de cuentas, fue asunto suyo. Los demás nos limitamos a ayudarle. –No quería distinciones.

Era un maestro; no era un héroe.

Desde luego, Alcibíades inició una protesta. Pero no había poseído nunca una corona de olivo que adornara sus morenas guedejas. Incluso podría hacerse un retrato ¿por qué no? Y, en todo caso, desde el momento en que los jueces pensaran que era conveniente honrar al sobrino del presidente, todas las protestas resultarían inútiles.

Sus camaradas le levantaron en hombros. Anito miró a aquel rostro radiante, no con le respeto con que había mirado momentos antes a su perdido amigo de otros tiempos, sino con una ferviente y desbocada admiración. Sócrates se son rió interiormente y Alcibíades, el ganador del premio, pasó a la historia como el héroe de Potidea.

Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp. 104-115, Editorial Sudamericana.

 

 

 

 

 



La vida Privada y Pública de Sócrates, El Oráculo. by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:48 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Mi libro tiene varios capitulos, y a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos para la antologia por eso se ve un buen. Soy fari

Este capitulo habla cuando se declara a Sócrates el hombre mas sabio.

pp 55-64

 

 

 

 

ORÁCULO.

 

La sibila balbuceaba. No eran palabras articuladas las exclamaciones que salían de su boca; eran sonidos primitivos, ruidos animales. Roncos murmullos, tartamudeos y gruñidos se fundieron al fin en estridentes gritos. Cuando sus pulmones quedaron completamente agotados, la sibila dejó caer su cabeza hacia delante. Estaba envuelta en los vapores estupefacientes que salían de una hendidura del suelo. Cualquier otro mortal hubiera sido ahogado por estos vapores, pero la pitonisa, el heraldo de las sabias órdenes de Apolo, inhalaba de ellos  nuevas fuerzas. Se levantó de su asiento de tres pies. Eran una figura enjuta, tan completamente cubierta contraída y fantasmal. Al peregrino arrodillado ante ella, le pareció que se hacía cada vez más alta. En poco tiempo, llegaría al olimpo. ¿Tocaban aún sus pies la tierra? Su cabeza llegaba ya al techo abovedado. ¿Era maravilla o ilusión? No se podía saber.

En todo caso, era algo magnifico. El oráculo de Delfos ofrecía algo muy serio a cambio del dinero que exigía. Muy poco dinero, desde luego. Este peregrino sólo podía entregar un escuálido carnero y dos jóvenes gallos. Pero el dios benevolente aceptó incluso esta modesta ofrenda y, a cambio de ella, tomó posesión de su profetisa. Apolo la esclarecía, la atormentaba, la llenaba de su gracia, como si una hecatombe de espléndidos toros y cebados bueyes hubiese sido conducida ante el altar y regalado el celestial olfato con el aroma de las abrasadas entrañas. Las entrañas no eran comestibles, desde luego. La carne, sin embargo – chuletas bien asadas y tostadas piernas- proporcionaba a los sacerdotes un agradable festín, una vez terminada la sagrada ceremonia. Había algunas ofrendas tan espléndidas que Delfos vivía de ellas durante todo el invierno. Pero a pesar de aquel saludable apetito, el oráculo estaba lejos de ser un simple asunto de glotonería. Cuando se trataba de modelar el alma de la Hélade, un carnero escuálido y dos jóvenes gallos producían las mismas maravillas que la más imponente de las hecatombes.

     La sibila, exhausta, se había desmayado. Sus blancos ropajes estaban empapados por el sudor. Parecía imposible que un cuerpo tan delgado pudiera traspirar tanto. Los últimos sonidos que emitió en forma entrecortada más parecieron la risa de una loca que un balbuceo. Intentó dar unos cuantos pasos de baile, pero en seguida resbaló y cayó al suelo. Su llama se había extinguido. Los sacerdotes agarraron a la pitonisa por debajo de los brazos, unos por la derecha y otros por la izquierda, y la condujeron  de nuevo a su celda poco aireada. Allí continuaría dormitando, en severa reclusión, escondida de la vista de todos, hundiéndose cada día un poco más en las tinieblas y en la locura, hasta que el dios la llamara de nuevo para el servicio a que estaba consagrada.

     El peregrino continuó al fondo, solo en el templo. No sabía que todos sus movimientos eran observados desde los oscuros nichos y desde mirillas secretas. Los vigilantes estaban siempre en guardia contra los ladrones del templo. No era tampoco conveniente dejar al creyente sin vigilancia, porque no eran raros los ataques de locura religiosa originados por el drama de la pitonisa. Pero la vigilancia era secreta e invisible. El peregrino se sintió anonadado mientras buscaba la salida entre aquellas largas naves de innumerables columnas. Al contemplar las salas de los tesoros, se daba perfecta cuenta de su pobreza. Ante las nobles estatuas y cuadros de la divinidad, su propia nulidad se hacía manifiesta. Al salvaje  desencadenamiento de los elementos seguía la calma del Olimpo. Aquel silencio tras la tempestad era a la vez excitante y deprimente, A solas con Apolo, el dios risueño, el humano gusano se sentía acobardado.

    Ahora, en cualquier momento podría llegar la respuesta de Apolo. Le entregarían una tablilla recubierta de cera, donde estarían escritas con claridad las palabras del dios tal como la pitonisa las habría recibido. “¡Dime una palabra, Febo Apolo, díme el nombre! Díme cómo se llama el elegido, hijo favorito de Zeus! ¡Revela tu elección! ¡Obra un milagro! ¡Nombra al hombre que despierta las esperanzas y da fe, al hombre que es un rayo de luz en la noche!”

    La pregunta era: “¿Quién es el más docto de los hombres?”. Para hacerla, Querefón había realizado una peregrinación desde Atenas. Era un camino largo y difícil, duro para Querefón, que no era de los mejores en el Liceo. Tosía un poco, se cansaba fácilmente y nunca había ganado un premio en los juegos. Pero a penas sintió las molestias de la peregrinación de Delfos, de los días que pasó respirando el polvo del camino, de las noches pasadas en las zanjas de la carretera. Sonreía siempre, incluso cuando estaba a punto de desmayarse. Cuando emprendió el regreso a Atenas, sabía lo que quería saber; ya no era un ser incompetente  y superficial. La ciudad le recibiría alegremente. Sus conciudadanos le rodearían, pendientes de sus palabras. Porque llevaba el mensaje, la sentencia de la divinidad: “¡Sócrates!”

     Los amables sacerdotes que le recibieron la noche de su llegada y le permitieron descansar en un vestíbulo del templo, como si fuese un gran señor y no un pobre suplicante sin otra cosa que ofrecer que un escuálido carnero y dos gallitos, no necesitaron mucho trabajo para sonsacarle el objeto de sus ansias. Salió de la conversación, sin grandes esfuerzos diplomáticos. Querefón estaba tan embriagado por la magia del hombre en quien creía que no podía evitar la mención del nombre querido en casa una de las frases: Sócrates cree, Sócrates opina, Sócrates dice, Sócrates quiere…

     ¿Qué es lo que este Sócrates cree, opina, dice y quiere en realidad? Los sacerdotes de Delfos se retiraron a deliberar. Su decisión tuvo un carácter fatal. Tenían poder suficiente para someter y liberar las inteligencias hasta mucho más allá de las fronteras de Hélade. ¿Tenían derecho a dar todo el apoyo de su autoridad, la más alta del mundo, a Sócrates?

   Nunca sería capaz de mostrar su gratitud con ricas ofrendas, con cosas preciosas para el templo. No era un brazo armado que pudiera servir al santuario contra el peligro siempre presente de una intromisión profana. No era tan siquiera un nombre célebre. Relacionarse con él no aumentaría la popularidad de Delfos. En realidad, eran las corrientes de opinión que había en el pueblo las que constituían la principal dificultad. Los hombres a quienes las masas seguían hoy eran, por un lado, los descreídos innovadores que rodeaban a Pericles, los revolucionarios del espíritu, y, por otro lado, los descreídos reaccionarios que gobernaban en Esparta, los enemigos del espíritu. La religión no podía apoyar ni a unos ni a otros, ni a los atenienses fanáticos del progreso ni a las túnicas rojas espartanas.  Entre estos dos polos, deambulaban los enjambres de indecisos, de vacilantes, de gentes partidarias siempre cincuenta por ciento. Tampoco  en este grupo estaba la salvación. Los solitarios, los acomodaticios y los tibios no podían conservar la fe de la humanidad en Apolo. En cambio, allí estaba ese Sócrates. Todos los informes secretos mostraban que respeto siempre a la divinidad tutelar de Delfos.  Desde luego, el hijo de Sofronisco no era un guerrero del dios; desgraciadamente, no lo era. Pero combatía a los ateos. Insistía en que se diera a los dioses lo que les era debido. Y estaba tratando de establecer una relación normal entre los dioses y los elementos, sin dejarse dominar por las dudas. No veía en el sol una masa voladora de fuego; para él, el sol era Febo Apolo. Quería estar en paz con el Olimpo y con el universo. Era el primero que no intentaba explorar los dioses o la naturaleza. Estaba descubriendo al hombre.

    Los sagaces sacerdotes de Delfos vieron a Sócrates como realmente era, aunque no pudieron precisar sus propósitos. Sin embargo, estaban satisfechos por el camino que seguía y por el modo en que caminaba. Y decidieron apostar por él. Elegir al hijo de Sofronisco, al escultor sin talento, al charlatán del Liceo, como el hombre más sabio del mundo equivaldría a una revolución. Pero el elegido, respaldado por la autoridad sacerdotal, tal vez lograra imponer la calma y la reflexión entre los turbulentos griegos. La armonía era las más preciada de todas las cosas. La armonía era más grata a los dioses inmortales que la más lúcida de las hecatombes. Por eso, los sacerdotes escribieron en la tablilla de cera: Sócrates es el hombre más sabio del mundo.

          Aquí están las palabras de la pitonisa, interpretadas t escritas- dijo el gran sacerdote, entregando la tablilla al muchazo Querefón.

          ¡Só-cra-tes!

Ni palabra, ni gracias, ni oraciones eran bastantes. Querefón ni se tomó el tiempo necesario para proteger debidamente la tablilla. Emprendió el retorno carretera adelante. Exigió a sus palpitantes pulmones y a sus débiles piernas un esfuerzo mayor que el eran capaces de rendir. Pero consiguió llegar a Atenas.

   Para los sacerdotes de Delfos la cuestión estaba decidida. No discutieron, ni entre ellos tan siquiera, las afirmaciones del oráculo. Se habían aventurado en un audaz experimento. Los experimentos pueden salir bien o salir mal. Pero los vapores sagrados continuarían brotando siempre de aquella hendidura de la tierra por donde se manifestaba el aliento de Apolo.

   En un principio, pareció que el experimento fracasaba. Por primera vez, un oráculo de Delfos no producía temblores de espanto ni especulaciones financieras, sino una fuerte hilaridad. Atenas reía a carcajadas.

    Querefón tenía que mostrar el oráculo cien veces al día. Tal vez de modo diferente al que esperaba, se convirtió en una celebridad ciudadana. Sus amigos le arrebataban la tablilla. Corriendo en alegres grupos, se pasaban la preciosa cera como una pelota hasta que alguno la dejaba caer con indiferencia sobre la hierba. Sólo cuando Alcibíades estaba presente cuidaban los muchachos de mirar lo que hacían. Alcibíades era el más fuerte de todos. Él mismo se reía de todos, incluso de Sócrates. Pero si alguien intentaba unírsele  en la burla, se ponía furioso.  Se congestionaba. Cuando perdía la paciencia, comenzaba a tartamudear, lo que era un signo muy malo. En un ser tan poco refrenado, era aquello muy frecuente. Pero sus accesos de rabia nunca eran tan fuertes como cuando alguno se reía de Sócrates. “Yo puedo burlarme de él, porque lo amo”, decía. Lo decía como una chacota, en tono que parodiaba los habituales amores entre maestro y discípulo. Y la idea de que el divino joven Alcibíades y el grueso fauno Sócrates pudieran ser amantes producía siempre estrepitosas risotadas. Pero, en medio de aquel bullicio, Alcibíades gritaba: “Pero tú…!” No se dignaba continuar, diciendo: “tú no le comprendes y vale más que te calles. No te pertenece; me pertenece a mí”. No se molestaba en dar explicaciones. Tal vez se avergonzaba de darlas. Simplemente, hacía uso  de sus puños. No; cuando Alcibíades andaba por los alrededores, los muchachos de Liceo dejaban en paz a Querefón y su tablilla.

    Sin embargo, en el tumulto de la plaza del mercado, en las barberías y en los baños, no había autoridad con sólidos puños que protegiera a Sócrates. Allí la hilaridad no tenía límites. Atenas era el centro del mundo sin duda alguna, pero en todos los tiempos fue, vista por dentro, un villorrio murmurador. En el Cerámico, el mercado de los alfareros, cuyos tenduchos, bazares, casas de comidas y paseos formaron la primera calle Mayor de la historia, todo el mundo se acordaba del viejo Sofronisco, el escultor.  Muchos habían bebido con él por la noche unos vasos de vino  y algunos le habían encargado sus dioses domésticos. Su trabajo era bueno y barato, pero a nadie se le ocurrió que pudiera engendrar al hombre más sabio del mundo. Su mujer, Fenarete, la honrada comadrona, también fue muy popular y solicitada entre las familias del Cerámico. Se recordaba que, después de la muerte de Sofronisco, se había casado con un vecino y se había trasladado más tarde  a otro distrito de la ciudad. Ahora, fuerte y sana mujer madura, continuaba con su oficio en las inmediaciones de la puerta de Diplón. La madre del hombre más sabio del mundo nunca debió verse obligada a ello; era natural que su hijo fuera capaz de atender a todas sus necesidades.

    Si Sócrates hubiese sido el hombre más sabio del mundo, ni hubiera necesitado andar sin túnica ni calzado. ¡Curioso un sabio a quien se veía todas las mañanas en la fuente, llenándose ansiosamente de agua el estómago, y a quien nunca se veía por las noches en la taberna, donde las clases altas saboreaban el vino de Creta! ¡Maldita sabiduría la que obliga a su poseedor a llevar una vida de perros! Y, si el hombre era tan sabio, ¿por qué los niños se asustaban de su aspecto grotesco? ¿Era lógico que el dios-sol se hubiese fijado en un fantasma nocturno, aunque fuese un grueso fantasma?  No; Apolo estaba gastando una broma a la ciudad. Tal vez quería poner a prueba el ingenio de sus atenienses. ¿Por qué los dioses no iban a dudar de los hombres, cuando los hombres dudaban de los dioses?

   Cierto, es una prueba, murmuraban los sacerdotes de los templos suburbanos. En público, no podían rebelarse contra la autoridad del oráculo, pero entre ellos, se deleitaban al ver cómo sus arrogantes y magníficos colegas de Delfos se habían puesto en ridículo por una vez.

   Entre risas, los pescaderos, verduleros y fruteros decían que aquello era un absurdo. Sócrates no valía nada como cliente y todo aquel que no era un buen cliente no les merecía ningún respeto.

   Los curtidores y zapateros iban aún más lejos. Hablaban  de que aquello era un atentado contra Atenas. Habían trabajado durante décadas para perfeccionar las sandalias y dar nuevas y elegantes formas de calzado y he aquí que se afirmaba que el hombre más sabio del mundo era aquel que quería introducir la bárbara costumbre de ir con los pies descalzos. Si Sócrates iba a suponer algo en el futuro, más valía cerrar el negocio en seguida. Tendrían que convertirse en jueces o generales o dedicarse a cualquiera de esas ocupaciones que se echaban de la suerte y para las  que no hacían falta ni talento ni capital.

    Anito, que en el ínterin se había hecho cargo de la curtiduría de su padre y prosperaba con la prosperidad general, comprendió muy bien la excitación que producía en su gremio la sentencia de Delfos.  A pesar de sus éxitos, no se había convertido en un tosco hombre de negocios. En absoluto; conservaba más bien el idealismo de sus primeros años. Y se daba cuenta de que había alguna cualidad especial en Sócrates, el amigo de su juventud. Por otra parte, no podía discrepar de sus relaciones y amigos de la industria. ¿Qué iba a ser de la industria de Atenas, si rama tan importante era atacada impunemente?  Hoy, eran los zapateros; mañana, si Sócrates conseguía algún ascendiente y se le ocurría prescindir del manto, sería la industria textil. La patria necesitaba consumidores, no ascetas.

   Discutió seriamente del asunto con Critón, el vecino e íntimo de Sócrates. También Critón meneó la cabeza al hablar del amigo de la mocedad.  Sabía que el viejo Sofronisco había dejado cinco minas a lo sumo y, aunque Sócrates vivía con la mayor modestia, ese dinero pronto quedaría acabado. ¿Por qué el amigo Sócrates no aprovechaba aquella oportunidad única para establecerse y hacerse respetable? A pesar de toda la resistencia de las masas a las palabras del oráculo y de la indignación producida en los círculos influyentes, la oportunidad era todavía maravillosa para hacer las pases con el mundo.

   Nunca tuvo nadie mejores perspectivas para hacer una carrera política. Al fin y al cabo, Apolo no elegía a todos los días al hombre más sabio del mundo. Hasta el presidente estaba obligado a tener en cuenta la voluntad divina en la elección anual de los diez strategi, en la próxima reorganización del Gobierno. Y los mismos ciudadanos que se reían de Sócrates y le trataban de tonto se alegrarían  secretamente de ser gobernados por el elegido de Delfos.  Lo único que tenía que hacer Sócrates era prescindir de su excentricidad. En fin de cuentas, tenía ya treinta cinco años. Es un tiempo suficiente para que la manzana haya perdido ya su acrimonia.

    Anito y Critón decidieron llevar a cabo una gestión amistosa. Procederían con cautela. No pedirían a su amigo que llevara una existencia respetable y severa o se dedicara a un oficio, aunque sólo fuese para cubrir las apariencias. Únicamente, le pedirían que vistiera decorosamente y tuviera un aspecto normal. Anito le enviaría las mejores sandalias de sus talleres, gratis, desde luego, y con la condición de que usara el par apropiado para cada ocasión: de piel de cerdo para deambular por la plaza del mercado, de fuerte corderina para los paseos por las afueras de la ciudad, y amarillas y puntiagudas para los banquetes y otras solemnidades. Critón, por su parte, tomaría la costumbre de dejar pequeñas cantidades de dinero en la casa de Sócrates, de modo que éste no advirtiera la intención y pudiera hacerse popular mediante frecuentes compras en los puestos del mercado.

   Aquella conspiración de la amistad fue un fracaso. Fue destrozada por las risas de Sócrates. Cuando Critón intentó torpemente deslizar unas cuantas monedas de plata bajo el catre de Sócrates, éste se las devolvió. Y al hacerlo,  dijo algo que después repitió al rey de Macedonia y siempre que tuvo que rechazar ofertas tentadoras:

          No conviene aceptar regalos a los que no se puede corresponder.

          Pero tú me das a cambio tu saber, tu compañía, tu amistad…- replicó Critón, turbado pero con convicción.

 Este hombre rico quería a Sócrates tanto como el delicado Querefón y el radiante Alcibíades. Los tres, tan distintos- el millonario, el joven enfermizo t el amado de los dioses-, fueron los primeros en sucumbir ante la magia de aquel encantador de hombres. Pronto serían docenas y cientos los que sentirían, al oír hablar a Sócrates, que sólo allí radicaban el reposo, la paz  y la justicia. Miles, en cambio,  se sentirían desafiados, amenazados, defraudados en sus privilegios.

          ¿Es que estoy prostituido para traficar con mi conversación y mi amistad?- preguntó Sócrates. Toda su vida utilizó esta comparación contra los sofistas que ofrecían su ciencia y sus servicios docentes a cambio de buenos dineros.

Critón se encogió de hombros. Había heredado una gran fortuna, sólidamente invertida en minas y tierras, que le liberaba de la necesidad de mirar las cosas como las mira un hombre de negocios. Podía lucir la tolerancia de un gran señor. Aunque fuese de otra opinión en las cosas prácticas, era siempre un admirador de la fuerte personalidad.

  Anito, por el contrario, se negó rotundamente a comprender la locura de su amigo. Su sagaz sentido mercantil, concentrado a diario para el desarrollo del negocio paterno, se combinaba con su honrado amor al Estado y le convencía de que nadie llamado a regir los destinos de un pueblo debía negarse a ser próspero. Además, se sintió herido por el evidente desdén con que Sócrates rechazó aquellas magníficas sandalias amarillas y puntiagudas. ¡Cuando el propio presidente se enorgullecía de llevar sandalias fabricadas por Anito! Hubo una discusión bastante viva entre los dos, durante la cual Anito fue acalorándose y Sócrates, como siempre, eludió todo compromiso. Cuando éste llegó a decir que el crédito que le concedía Apolo no radicaba, en todo caso, en las suelas, Anito dio media vuelta y se marchó. De este modo, se produjo la primera grieta en aquella amistad de juventud.

   Si bien Sócrates rehusó aceptar las proposiciones de sus amigos, que querían hacer de él un modelo de ciudadanos y un destacado político local, no dejó por eso de sentirse sacudido por la llamada de Delfos. Entre los Olímpicos, era Apolo, el dios de las Musas, el único por el que sentía un afecto basado en la devoción personal y no en el respeto debido a los dioses del Estado. Por eso, consideró como un portento que fuera precisamente Apolo el que le honrase de tal modo. Pero la divinidad no le había hecho objeto de distinción para que cambiase, sino para que fuese plenamente como era. Apolo no exigía al más sabio de los hombres que se arreglara la barba, que encerrara sus pies en unas sandalias y menos aun que buscara un puesto de la gobernación del Estado. No quería Apolo que Sócrates se hiciera como los atenienses, no. Quería que los atenienses se hicieran como Sócrates, independientes, superiores a las órdenes de los déspotas y a las exigencias de las propias pasiones. Esa era su misión.

   Un llamamiento había llegado hasta él. ¿Era, realmente, un llamamiento de la divinidad? ¿Qué probaban aquella tablilla de cera, el testimonio del excitable muchacho Querefón y las charlas y murmuraciones de la plaza del mercado? No; si Apolo quería algo de él, le hablaría directamente. Solamente cuando oyera su voz – tal vez en los oídos, tal vez en la sangre, tal vez en sueños-,  estaría seguro de tener que obedecer.

   No era la timidez lo que le hacía vacilar. Estaba dispuesto a cualquier batalla.  Y preparado para cualquier sacrificio. La pobreza por toda la vida no era en sí mismo un sacrificio; era sólo un comienzo. Lucharía a brazo partido con sus pasiones y conquistaría a su sexo. Ya no huiría tímidamente de los lindos muchachos, ahogando los deseos amorosos. Se acercaría a ellos; sí, se acercaría a ellos, pero no los tocaría jamás. Su única preocupación sería cultivar sus almas. Nada más importaba. Ni debía importar.

   ¿No era todavía demasiado joven para una negación de si mismo? ¿No estaba aún maduro para soportar las privaciones con alegría? Sintió arder la discordia en su interior. ¡Ah! ¡Si estuviese a su lado Alcibíades, el muchacho de las ondulantes caderas femeniles y de la firme barbilla de tiranuelo!

   Bien, supongamos que estuviese. Aun entonces, Sócrates se limitaría a sentarse en dos pasos de distancia y a hablar en tono impersonal e impenetrable de la justicia y el deber, innatos en el hombre. No, no era demasiado joven para negarse a sí mismo. La realización está en el sacrificio. El profeta no tiene que estar esclavizado por ningún muchacho. Solamente entonces se le entregarán los hombres. Extrayéndolo de las masas, hombre por hombre, descortezaría y observaría al ser humano. Lo que hasta aquí había sido su entretenimiento, se convertiría en su misión en la tierra. Un discípulo había ya dicho de él: “Cae sobre los hombres como un asaltante, lucha hasta obtener su interior y les revela que el secreto de su inteligencia y de su cuerpo depende de su alma”, Pero si las búsquedas y los tanteos que habían consumido la mitad de su vida- treinta cinco años-, tenían que transformarse en la lucha abierta del individuo contra las masas de la posesión del hombre, en ese caso, ¡Oh, Apolo!, deja oír tu voz, da tus órdenes con claridad y fuerza.

   Solo en su casa, Sócrates se quitole manto. Su pecho macizo se lleno de aire. Su aliento era tan poderoso que podía cantar con fuerte voz y bailar al mismo tiempo. Sus deformes miembros estaban ágiles  y sueltos. Piernas, brazos, manos y hombros se declararon independientes. Estaban tensos y febriles por la excitación. Brotaba el sudor por todos los poros. El sonoro jadeo de los pulmones se mezclaba con el bramar de aquel canto salvaje que ahogaba las palabras. Ante aquella ruidosa y ferviente súplica, Apolo no podía permanecer ciego, sordo y mudo.

Pero el dios estaba lejos y no dejó oír su voz.

 Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp.55-64, Editorial Sudamericana.

soy fari



La vida privada y pública de Sócrates, La muerte. by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:46 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Mi libro tiene capitulos, entonces a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos. por eso se ve un buen.

Soy fari

 Paginas 396-401.

 

 

 

 

 

 

LA MUERTE

 

-Pero viviré –replicó Sócrates sin mover sus labios.

A Critón le pareció aquello un ronquido de satisfacción.

         -¿Y morirá el estado?  -replicó el fantasma-. El estado muere cuando un individuo es capaz de imponerle su voluntad. ¿Serás un desagradecido? ¿No fuiste engendrado de acuerdo con nuestra voluntad, la voluntad de las leyes por tu padre y tu madre? ¿No procuramos que fueras criado y educado? ¿No has sido siempre u hijo de la patria? ¿Has olvidado la patria? ¿Has olvidado que la patria es venerable y sagrada? ¿NO has disfrutado de tu ciudad toda tu vida? ¿Por qué no la has abandonado en busca de otras ciudades y otras leyes? ¿Huirás de tu amo cuando te pega, como un mal esclavo? ¿Tendrás el impudor de hablar de la ley y de la justicia en tierras extranjeras, cuando las has ultrajado en tu patria? ¿Tienes un apego tan grande a la vida, anciano?

         Sócrates abrió sus ojos.

         -Temo haber dormitado un poco. –Fue todo lo que dijo.

         Critón se levantó. Un sentimiento insospechado de  veneración le indujo a abandonar la celda en silencio.

         Cuando la puerta, rechinando intensamente a sus goznes, se abrió dos noches después, el afectuoso carcelero dejó pasar a Jantipa. Llevaba en brazos a la criatura, al menos de los hijos. La nave había llegado. Mañana cuando el sol se hundiera tras las montañas, todo estaría terminado. La luz del día no podía ser profanada con una ejecución.

Jantipa fue toda la noche de Sócrates. Su esposo llegó hasta ella penosamente; las sonoras cadenas complicaban el amor. Pero el verdadero amor no es muy difícil. La extenuada Jantipa nunca lloró tan bienaventuradamente como aquella mañana, cuando el carcelero llamó discretamente para anunciar a los amigos que venían a despedirse. Al mismo tiempo el carcelero quitó a Sócrates las cadenas. El profesor iba a tener un anticipo de libertad. Cuando el sol desapareciera tras las montañas, su libertad sería completa.

         El llanto bienaventurado de Jantipa se transformó en estridentes gritos. Siempre había odiado a aquellos amigos que retenían fuera de casa a su esposo, distrayéndole con interminables conversaciones, en lugar de ayudarle a trabajar como el resto de los hombres. Ahora comprendía que aquellas charlas sin fundamento con gentes extrañas habían llegado a su fin.

         -¡Por última vez, tus amigos van a hablar contigo y tú con ellos! Exclamó entre sollozos.

         Sócrates tuvo un gesto de indulgencia. Critón hizo una señal. Y sus esclavos se llevaron a afuera a la llorosa mujer.

Por última vez. . . Aquellas palabras estaban  estrictamente prohibidas en la conversación. Esto no era una lacrimosa ceremonia de adiós. Era la gozosa preparación para una reunión nueva y mejor. No era otra cosa.

         -¡Que bien me siento¡     -dijo Sócrates, estirando sus entumecidos miembros-. Esta sensación de placer es extraña. Solo se disfruta de ella cuando es inmediata al dolor. Solamente ahora, cuando acaban de verse libres de cadenas, sienten mis miembros el placer de la libertad. Esopo hubiera hecho una fábula. Algo parecido a esto: Dios trató de reconciliar a los dos enemigos, el placer y el dolor, y, como no lo consiguió, los dejo unidos y atados por los extremos.

         -Uno puede sospechar que consideras el suicidio como el modo mejor de abandonar este mundo –observó Cebes de Tebas, el anguloso provinciano de ilimitada devoción al maestro.

         -Desde luego que no -replicó Sócrates-. Dios cuida de nosotros. Somos propiedad suya. Sólo cuando Dios lo considere necesario, debe un hombre morir.

Hablaron tranquilamente de morir, como si la muerte no preocupara personalmente a ninguno de ellos.

Sólo el Feo se sintió ultrajado. El Feo era un hombre entrecano que se sentó en un  rincón y que no participaba en la conservación. Era el verdugo y, al mismo y, al mismo tiempo, el médico de la prisión. Tenía que mezclar el veneno, el conium extracto del jugo de la cicuta, con mucha parsimonia. Una dosis costaba doce dracmas. Si el condenado hablaba mucho, podía acalorarse y el veneno no surtiría su efecto. Entonces, tendría que administrarlo dos y hasta tres veces. Y era muy dudoso que, el estado pagar los doce dracmas, dos o tres veces. Por otra parte no cabía duda que aquel andrajoso delincuente no poseía dinero. Por eso, él feo formuló una observación muy comprensible a Critón, que parecía el más razonable del grupo. Critón se la transmitió a Sócrates.

         -Que no tenga miedo. Beberé la copa dos o tres veces, si es necesario. –Sería algo muy sencillo. Al fin y al cabo era la muerte lo que buscaba el filósofo-. Durante toda la vida, nos encaminamos a este destino. ¿Vamos a retroceder, cuando  por fin llegamos?

         Al oír esto, Simmias, el hermano de Cebes de Tebas, se hechó a reír ruidosamente.

         -No tengo ninguna gana de reír – explicó como excusa.

         Pero todos sentían al miso tiempo ganas de reír y de llorar. La muerte no es terrible. Pero la vida tiene sus encantos. Era éste el cogollo de la filosofía griega.

         Sócrates solo había superado los encantos de la vida. No era la celda, sino aquel cuerpo feo y torpe la verdadera prisión de donde el eterno buscador de belleza no podía huir.

         -Mientras nuestra alma permanezca únida al cuerpo, no podremos obtener lo que en realidad deseamos, que es la verdad. El cuerpo nos distrae de  mil maneras distintas. Nos llena con las ansias del amor y del hambre;  nos engaña y crea en nosotros imágenes infantiles. A  causa del cuerpo, no acabamos nunca de ser razonables. Todas las guerras, por ejemplo, tienen su origen en la posesión de dinero o de bienes. Y dinero y bienes solo necesita el cuerpo. –Miró a su abultado vientre. Le complacería el verse libre de él.

         Las horas pasaban. Se hablaba mucho. Las lágrimas se habían secado en los ojos de todos. ¿Por qué llorar? Muchos amantes habían descendido voluntariamente al mundo subterráneo para unirse de nuevo a los seres amados. ¿Por qué el filósofo no iba a despedirse gozosamente, cuando, en alguna parte del más allá, le esperaba el espectáculo de una eterna belleza infinita? El alma regia del mundo, del que la Hélade, saturada de luces y colores, era una pequeña parte.

         -Y, ahora, creo que debo tomar una baño –dijo sonriendo-.Me parece mejor bañarme antes de tomar el veneno, de modo que las mujeres no tengan necesidad de lavar mi cadáver.

         En aquel momento, el joven Apolodoro lanzó un grito y se desmayó. Su cabeza rizada golpeó el suelo. Y todos los filósofos presentes comprendieron que se habían estado engañando, hora tras hora. No era cierto que la eterna belleza infinita les atrajera desde el más allá. Sócrates iba a beber una hedionda copa de veneno y, después, ellos quedarían huérfanos, sin padre, en un  mundo vacío.

         Critón fue el único que conservó la serenidad. Era el más viejo del grupo y sabía que a él correspondía el próximo turno. Tomó las disposiciones necesarias.

         -¿Cómo quieres que te enterremos? –Preguntó, con la mayor indiferencia posible.

         -¿A mi? Pero, mi querido Critón, estaré ya muy lejos de ti, cuando me hayas cerrado los ojos. No vas a enterrar a Sócrates, sino al cadáver de Sócrates. Entiérralo a la antigua usanza ateniense.

         Cuando volvió del baño, Jantipa estaba allí de nuevo con los tres hijos. También habían venido con ella algunas viejas de la vecindad. Aquellas mujeres compasivas no podían dejar a su amiga en la estacada, en tan emocionantes momentos. No se veía todos los días a un moribundo.

         Esta vez, Jantipa no gritó ni lloró. Ahora estaba sola otra vez; eso era todo. Siempre, en realidad, estuvo sola. Timidamente se apartó de su esposo. ¿Por qué vivía y caminaba aún? La había abandonado hacia tiempo. Estaba ya en marcha. Ella También tenía cosas que hacer. En casa, había aún mucha colada pendiente. Un montón de túnicas y una docena de mantos, todo lo cual tenía que estar lavado para antes de la próxima fiesta.

         -¡Vamos chicos¡- gritó con  cascada voz- ¡Ve por delante, Lamprocles¡ -agregó dando un sopapo al mayor-.¿Tengo que enseñarte a andar? –Después enderezó su delgada figura. ¿Por qué Sócrates le dejaba sola? ¿Estaba rehuyendo de nuevo sus deberes domésticos? Había vivido con un extraño. Un extraño había desgarrado y fecundado sus entrañas ya nunca más sentiría su aliento y su sudor. -¡Felíz Viaje, Sócrates¡ -dijo a su esposo, fría y distante como el primer día.

         Algo irrevocable se había interpuesto entre los dos. Su corazón se detuvo. Perdidos los sentidos, cayó desmayada en los brazos de un esclavo. Hubo que retirarla.

         El feo carraspeó.  No le gustaban los discursos. Pero tenía que recordar a las gentes que existían.

         -Supongo que no te quejarás de mi, Sócrates, si cumplo las ordenes de las autoridades. No me maldecirás, por qué sabes quienes son los culpables. Te enojaras con ellos, no conmigo.

         -Obedezcamos –dijo Sócrates sonriendo.

         -¿Cómo? –observó Critón. Era el único que podía hablar-. El sol está todavía por encima de las montañas. Todo le mundo puede ver que todavía no ha recorrido su camino. Y algunos han bebido muy tarde, no inmediatamente después de llegada la hora. Han comido y se han divertido. Algunos incluso se hicieron traer una mujer.

         -¿He de ser tan tacaño como mi vida, ahora que no queda nada por salvar? – preguntó Sócrates-. ¿Qué debo hacer? –no es difícil contestó el feo.

         No, era sorprendentemente fácil.

         -No tienes más que beber rápidamente y luego pasearte hasta que sientas cansancio en los muslos. Después todo irá bien.

         El verdugo presentó la copa de cicuta.

         La mano de Sócrates no tembló. Todos a su alrededor quedaron asombrados de la firmeza con que agarró la copa. No hubo el menor cambio de color o de expresión en su rostro, según declaró Felón a Equécrates.

         -¿Puedo derramar una libación? –interrogó. Fue su última pregunta.

         – Desgraciadamente, no –dicen que respondió el feo-. Ponemos la cantidad de veneno estrictamente necesaria.

         -Pero puedo rogar para que el viaje sea feliz. Y, efectivamente luego de tal fin. Esto si puede hacerse.

         Estaba animoso y tranquilo cuando se llevó la copa a los labios y bebió, según cuenta Felón.

         Los últimos rayos del sol poniente se desvanecían tras las montañas. A una ventana de la casa de la ciudad estaba asomado Anito, pálido como un muerto, apretados los labios, parpadeando ante la luz crepuscular.

         En la habitación, todos lloraban. El llanto de los hombres es algo muy diferente.

         Sócrates, contra su costumbre, increpó a sus amigos: -¿Habéis perdido la vergüenza, extrañas criaturas? ¿Estáis llorando? ¡Si es por esto por lo que alejamos a las mujeres¡ ¡para evitarnos escenas de este genero¡ Siempre he oído que haber . . . –se tendió en la balda de madera. Le costaba ya mucho trabajo andar- . . . un reverente silencio cuando alguien se está muriendo.

         Todo el mundo contuvo sus lágrimas. Cuando los hombres callan, el silencio tiene una profunda significación.

         El feo se aproximó al lecho. Presionó los callosos pies planos de Sócrates. Lo hizo con fuerza, con expertas manos.

         -¿Sientes esto?

         -No – respondió el moribundo con serenidad.

         -¿Y esto? –preguntó el feo a continuación, presionando los helados muslos.

         -Tampoco.

         Pero lo brazos todavía se movían. Con un enorme y doloroso esfuerzo, Sócrates se cubrió el rostro. Era conveniente hacer aquello en el momento en que la muerte llegaba.

         Pero, de pronto, apartó la manto con que había cubierto su cabeza. Tenía algo que decir. No podía dejar de hablar.

         -No os olvidéis . . . de que debemos . . . un gallo. . . a Esculapio. . .

         Con sus últimos suspiros se oyó algo parecido a ”!Ofrendadlo¡” Pero no fue posible comprenderlo bien. Había que hacer un sacrificio de acción de gracias al dios de la salud, por haber librado a otro mortal de la fiebre que llaman vida. ¡A aquel ídolo ridículo! Sócrates murió con aquella cortes y levemente irónica obediencia a la ley en sus labios.

         -En cuanto el veneno llegue al corazón, habrá terminado todo –aseguró el feo a los amigos.

         -¡Sócrates!, ¡Sócrates!, ¡Sócrates! –lloró el viejo Critón-.

Tal vez tienes algo más que decirnos. ¡Dinos algo!

No hubo respuesta.

El deforme y desmañado cuerpo se crispó. Después, cayó de espaldas.

Critón se inclinó sobre el cadáver. Cerró sus ojos y tuvo, además, que cerrar su boca.

Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp.372-375/ 387-390, Editorial Sudamericana.

 

 



La vida Privada y Pública de Sócrates, El jucio. by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:43 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Hola, con esto comienzo, las entradas respecto a la vida de Sócrates, mi libro tiene capitulos, entonces a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos, por eso se ve un buen.

Besos fari

JUICIO

 

El demonio enmudeció. Ni una palabra, ni una advertencia, ni una prevención acompañó a Sócrates en su marcha por la ciudad. Por tanto debía de ser un buen camino, por el cual se podía viajar sin peligro.

La vieja casa de Alopeke desaparecía lentamente en la niebla matutina que descendía por las colinas de los alrededores. Durante más de dos siglos había visto venir a los hijos y marcharse a los ancianos de una honorable familia. Ahora se iba otro. Se iba derecho, con arrogancia, sobre sus endurecidos pies descalzos. AL pie de la sagrada montaña de Licabeto se detuvo un instante para expresar su respeto a los dioses de los árboles, a las ninfas del bosque y a los genios de las aguas. No era que los tomase demasiado en serio. Pero tenía la historia de cada árbol y arroyo de su patria en la cabeza –mejor dicho, en su corazón-, y quería una vez más mostrar su indulgente reverencia hacia todos aquellos relatos atrevidos, alegres y no muy respetables. En la Estigia, la corriente de los muertos, no habría genios del agua que bailaran la danza de la trucha.

Tal vez uno debió haber salido con más frecuencia y no haber respirado siempre el polvo de la sofocante ciudad. Atenas era propicia a las plagas. Pero cuando Sócrates penetró por la puerta de Diome y se vio en medio de una multitud cada vez más apiñada de toscos y recelosos campesinos que llevaban sus géneros al mercado matutino; cuando pasó al lado de los centinelas que saludaban a los peatones conocidos con ingeniosidades indecentes; cuando tropezó con los primeros mendigos y holgazanes callejeros y cuando oyó las primeras charlas del mercado, mientras se iniciaban las tareas cotidianas, comprendió claramente que aquella ciudad propicia a las plagas era el único ambiente adecuado para él. No tenía que lamentarse porque ahora resultara una víctima. Dirigió una última mirada al monte Licabeto. Durante setenta años había admirado su cumbre, mañana y tarde. Ahora le parecía que la sagrada montana estaba bajo sus pies. Uno se eleva cuando se despide. Uno crece. De otro modo el demonio no hubiera podido permitir que sucediese lo que estaba sucediendo.

Más allá del viejo templo de Serapis, el torrente de la calle de los Trípoides se rompía contra el pomposo edificio del Pritaneo. Aquí se animaron las miradas que se dirigían a Sócrates. Aquí se vio rodeado de curiosidad mezclada con simpatía y morboso placer. Aquí los dichos agudos rasgaban el aire y había una alusión en cada sonrisa. La ciudad sabía lo que pasaba. El héroe de un proceso sensacional iba al juicio. “!Hasta luego”!, le dijeron algunos. Y después, en la barbería, comentaron: “He visto a Sócrates en su último paseo. Hay que reconocer que su aspecto era muy decoroso. Iba imperturbable……” Un chusco gritó: “¡Hasta la vista en el Pritaneo!”

Sócrates dio vuelta a la Acrópolis. Los templos y edificios de mármol blanco reflejaban el sol mañanero de mayo como la helada nieve polar. NI el maravilloso azul del cielo griego que hacía vibrar el ambiente, llamó la atención del profesor. Hasta llegar al Cerámico, el mercado de los alfareros, donde los esclavos trabajaban en los talleres y negocios y los amos hablaban de política con vacilantes clientes hasta que se concertaba alguna venta, no miró a su alrededor a impulsos de su insaciable curiosidad. Aquí había algo en marcha. Aquí los expertos trabajaban. Aquí, con todo a aquel desaliño, había una vida inteligentemente ordenada.

Ya sólo quedaban unos pasos. “Gracias te doy, Apolo, por consentir que la voz calle hasta el final. El silencio es asentimiento que la voz calle hasta el final. El silencio es asentamiento, lo sé. Ya estoy llegando. A la vuelta de la esquina están la Pnyx y el tribunal. Y más allá, derechamente, está la muerte.”

         -¡Aquí viene! – exclamó Anito, de pie en los estrados.

Hasta aquel momento tuvo esperanzas, aunque no lo dijo, de que Sócrates no viniera. Se limitó a mirar a los hombres que tenía a su derecha e izquierda -el poeta Mileto y el orador Licón-, con expresión de quien está acostumbrado al mando. Eran como dos perros de caza bien entrenados.

Actuaban sin palabras, no necesitaban órdenes. Había tres estrados en la sala de justicia azul, la mayor de la ciudad, aunque insuficiente para aquel juicio sensacional. En el del centro había una especie de trono, donde se sentaba la sombra de un rey de barba blanca: el arconte basileo. A la izquierda estaba la bema, la plataforma para el acusador. Mileto, que iba a iniciar el combate, se secaba la frente humedecida por un sudor frío. Trataba de interpretar los murmullos de la multitud, que llegaban hasta él incomprensibles, excitados y amenazadores. En los juicios de Atenas, el público tenía una participación activa; en realidad, representaba el principal papel. Sí sus simpatías eran para el acusado, el asunto estaba perdido. El orador Licón, a su lado, confiaba en el auditorio. Conocía a los orgullosos hombres de Atenas, verdaderos niños si se sabía tratarlos. Licón sabía su oficio. Hacía muy poco tiempo, con un untuoso discurso, había disuadido a la Pnyx de acudir en socorro de la pequeña ciudad de Naupacta, asaltada por los espartanos. Esparta le pagó en dinero contante y sonante, y Atenas lo aplaudió. Ahora le aplaudirán de nuevo.  Anito, que asistía al acusador Mileto como segundo synegorus, se sentiría morir al escuchar aquellos aplausos.

Con manifiesta torpeza, Sócrates subió a la antibema, a la derecha del presidente. Ahora todos podían verle. Algunos se levantaron de sus asientos, con la intención de ayudar al anciano a subir. Hubo una cálida ola de simpatía por el acusado. Hasta ayer se habían mofado de él en el pozo, en la plaza del mercado, en las barberías y en las tabernas. Pero, al verlo, sentían todos la especie de timidez que la presencia del filósofo inspiraba. Se podía hacer burla de Sócrates, se podía hasta envenenarle, pero no era posible odiarle. En el fondo era una buena persona. Únicamente era un majadero, pero tan  majadero que resultaba un infractor de leyes.

¿Por qué no había traído consigo a la mujer y los hijos?

Los lamentos y lágrimas de la esposa y la prole del acusado formaban parte de todas las defensas. El tribunal no aceptaría mansamente aquel desafío a las tradiciones consagradas.¿Por qué no tenía a su lado a un consejero legal? Se decía que había re chazado la ayuda del doctor Lisias; todos los muchachos del Liceo lo sabían. Aquel solitario despreciaba a la humanidad. No era razonable poner esto de manifiesto ante los quinientos jurados que, en fin de cuentas, eran hombres también.

Sócrates no estaba completamente desamparado. En los bancos de piedra donde la multitud se apiñaba se habían agrupado sus amigos. Critón, el viejo vecino se apoyaba en el brazo de su hijo Cristóbolo. La gota hacía doloroso cualquier movimiento, pero, de todos modos, era preciso arrastrarse hasta allí. Tal vez el calor del afecto de un sencillo corazón amigo hiciera algún bien. El hermoso Platón y su hermano Adimanto miraban derechamente, si decir una palabra. La apasionada juventud, Apolodoro, Hermógenes –el miembro mendigo de una familia de millonarios-, Hipónico, Antístenes, Aristipo, Eantadoro, todos trataban de ocultar su febril excitación con charlas intrascendentes sobre temas filosóficos. Los admiradores de Sócrates habían venido desde todas partes de la Hélade. Allí estaban Fedo de Elís, Euclides de Megara. Allí estaban los hermanos Simmias y Cebes de Tebas, con el aspecto de típicos provincianos toscos y sin cultura, pero decididos a dedicar su entera y no despreciable fortuna a la liberación de Sócrates. Separados del auditorio por cuerdas y vallas, los bancos de los jueces estaban cubiertos de esteras. Los jueces hicieron su entrada en apretadas filas. Eran quinientos ciudadanos elegidos a la suerte, casi todos viejos, la mayor parte de natural pacífico y amable, y todos con la preocupación se acabar cuanto antes con aquel desagradable asunto y volver a casa para la hora de comer. Como signo de su dignidad, llevaban una gruesa vara de roble en su mano derecha. En su mano izquierda llevaban la tablilla de cera donde tenían que consignar su veredicto.

Gritos de heraldos. Ofrendas de fuego. Oraciones.

El secretario del tribunal leyó con voz monótona y casi ininteligible la querella y la réplica de la defensa.

El arconte basileo emplazó a acusador y acusado. Ambos juraron decir la verdad, pidiendo que, de no decirla, los dioses les castigaran terriblemente en unión de sus familias.

         -Odio a Sócrates. Mi padre lo odió. Mis hijos le odiarán.

-Así, con su toque de clarín, comenzó Mileto su ataque. Esta manifestación de odio personal era indispensable para que el acusador público no se expusiera a la sospecha de que alguien le había pagado para proceder contra el acusado-. Sócrates corrompe a la juventud, corrompe a la ciudad. Falsifica la religión. No cree en los Dioses. En su lugar coloca a su demonio. Dice que también éste es una divinidad. No, yo digo que ese demonio no es un dios. Si no fuera así, yo debería saberlo. Soy un poeta por profesión; es mi oficio conocer el mundo de los dioses. Pero nunca oí nada de tal demonio hasta que Sócrates lo anunció a tambor batiente en la plaza del mercado. Todos los poetas odian a Sócrates. Se burla de nosotros de la misma forma que de vosotros. Pero se burla también de los dioses y este es un pecado que no tiene perdón. ¡Mirad cómo se ríe ahora ante vuestros mismos ojos, hombres de Atenas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tarea era demasiado grande para los quinientos hombrecitos a quienes se había confiado el veredicto. Tal vez hubieran encontrado una salida, si hubiesen discutido el asunto entre ellos. Pero en aquel tiempo, se desconocían las consultas entre los jurados. Había una urna delante y otra detrás. El que introdujera su voto en al urna de delante lo absolvía; el que elegía la urna de detrás lo condenaba. Como hormigas a la que se ha molestado, los jurados entraron en actividad. Cada uno de ellos tenía que ponerse de acuerdo consigo mismo. ¿Cómo había que juzgar a un loco que era un hombre de honor, a un enemigo de la democracia que era un viejo y bravo soldado y un héroe de la lucha contra la dictadura, a un innovador religioso que era un devoto adorador de los dioses, a un corruptor de la juventud que era un descubridor del hombre, a un despreciador de la tradición que era un antiguo ateniense?

La altanera negativa a suplicar misericordia, el tono doctoral con que el acusado se había tomado la libertad de señalar al tribunal sus deberes, la falsa nota final, cuya claridad cristalina percibieron muy pocos. . . He aquí los elementos que determinaron la decisión.

         -¡Doscientos ochenta votos por la condena contra doscientos veinte votos por la absolución! –anunció el arconte basileo, una vez computada la votación.

Todo no estaba perdido. Por el contrario, tan escasa mayoría en una decisión de culpabilidad nunca aparejaba la pena de muerte. Cabía ahora el destierro, la confiscación de la propiedad o talvez una simple multa de alguna consideración.

Sólo el acusado tenía derecho a hablar sobre la extensión de la pena; el acusador ya había solicitado la pena de muerte.

         -Estoy asombrado, hombres de Atenas, de que no haya sido más numerosa la mayoría que me ha reconocido culpable –comenzó Sócrates. Su voz era clara y tranquila- No guardaré rencor por lo que ha sucedido.

¡Por Hera! ¿Todavía estaba dominado por el demonio del orgullo? Ya no se debatían cuestiones de principio ahora estaba en juego el pescuezo y nada más.

         -El acusador pide la pena de muerte. ¿Qué propuesta haré yo? Desde luego, la del castigo que a mi parecer merezco ¿Qué merezco por no haber vivido cómodamente, por no haberme ocupado del bienestar ni de las riquezas, por no haber ambicionado cargos ni honores, por no haber tenido otro objetivo que haceros mejores y más razonables? Creo que algo que sea adecuado para mi persona. Y ¿qué puede ser adecuado para un hombre a la vez pobre y bienhechor?  ¡Comer diariamente en el Pritaneo!   Tal es mi propuesta.

Ahora, el alboroto fue infernal. En el auditorio, la lucha de las opiniones se libraba a puñetazos. El joven Platón fue arrojado escalinata abajo y su cabeza rebotó de grada en grada. Los jurados se levantaron de sus asientos. ¿Iban a dejarse burlar  por un criminal? El arconte basileo no podía establecer el orden. El heraldo se acercó a Sócrates. Comprendió que tendría que tocar muy pronto, con su báculo laqueado de rojo y la mayor suavidad posible, la cabeza de un hombre condenado a muerte, Los Once, los alguaciles de la prisión, preparaban ya las calderas con que Sócrates iba a ser aherrojado.

         -Probablemente, pensáis que hablo así por engreimiento. No hay nada de eso. –No, verdaderamente no era engreimiento. Era un orgulloso y libre adiós a la  vida-. Se trata sencillamente de que no quiero ser injusto conmigo cuando he tratado siempre de no serlo con nadie. Y hubiera sido injusto conmigo, si hubiese hablado como si mereciese un castigo. No sé si la muerte es un bien o un mal. Pero ¿voy a proponer la prisión, donde sería tratado peor que un esclavo, sin otro motivo que el de prolongar un poco mi vida? Esto no sería justo. ¿El destierro? ¿Emigrar a  mi edad y andar de ciudad en ciudad, siempre en movimiento? En todas partes los hijos me escucharían y, en todas partes, los padres me pondrían en la puerta, pues, como veis, ni en mi propia patria me soportan. De todos modos, me sería imposible permanecer callado e inactivo en el sitio en que estuviera. Si me retirase de su servicio traicionaría a la divinidad. Mi servicio no ha terminado. . .

         En aquel momento, tuvo Sócrates una sensación que trato en vano de explicar hasta su último suspiro. ¿Le quedaba aún algún deseo de vivir? ¿Ahora, cuando miraba cara a cara a la muerte? ¿Sentía aún el atractivo de los baños matutinos en el pozo, de las injurias de Jantipa, de las interminables conversaciones filosóficas con sus amigos, de la permanente delicia de oír los latidos del propio corazón? ¿Era sólo, en verdad, que no quería abandonar el campo de batalla en que la divinidad le había colocado?

Sócrates llegó a una transacción.

         -Se poseyese fortuna, propondría el pago de una fuerte multa. La pérdida de dinero no me afectaría. Pero no soy rico y sólo puedo proponer lo que puedo pagar. Tal vez pudiera pagar una mina. Es esto lo que propongo como castigo.

         “!Dos minas. . .   tres. . .   cinco. . .   veinte. . .    treinta. . . ¡”, gritaron sus amigos con entusiasmo. Reunirían entre ellos todo el dinero necesario. Presentarían todas las garantías exigibles. Les brillaron los ojos y se colorearon sus mejillas.

No, la vida era algo más que una mera enfermedad. Valía la pena de vivir, cuando se tenía amigos.

         -Entonces, propongo una multa de treinta minas y estos hombres que veis aquí constituirán mi garantía.

  Demasiado tarde

Los sarcasmos de Sócrates aún resonaban en los oídos de los jueces. ¿Quería que le sirvieran la comida en el Pritaneo? ¿Quería beber vino de Creta todos los días? ¿Qué es lo que el acusador Licón había dicho? El jugo de la cicuta también tenía un sabor agradable.

Los jurados sacaron sus tablillas de cera. Una raya larga significaba la absolución. Una raya corta significaba la muerte. Trescientos sesenta jurados grabaron en la cera rayas cortas. Había entre ellos ochenta que habían votado a favor de Sócrates en la primera votación.

En el tumulto que siguió, nadie puro oír lo que el arconte basileo anunciaba. Solo vieron que el heraldo bajaba lentamente su báculo sobre la cabeza del hombre condenado. Pero, a continuación, oyeron la voz de Sócrates que les increpaba por última vez:

-Solo por ganar, en verdad, muy poco tiempo, habréis conseguido, ¡oh, atenienses!, una triste celebridad. Si hubieseis esperado un poco, vuestros deseos se hubieran cumplido por sí miso. Porque, evidentemente, os dais cuenta de mi avanzada edad y de lo cerca que estoy de la muerta. Os dejo como convicto de pena de muerte. Pero mis acusadores son reos de lesa verdad. Esto me reconforta en mi sentencia. Tal vez eso tenía que llegar y esté bien que así sea.

Los Once avanzaron hacia Sócrates. Hicieron sonar las cadenas ¿Acabaría de hablar el profesor?

¡Sagrado Olimpo, aún seguía hablando!

-Esperaba lo que me ha sucedido hoy. La voz no me lo previno. Permaneció silenciosa todo el día. Esto significa que lo que me sucede no puede ser malo. Tenemos motivos para suponer que la muerte es un bien. Digo esto especialmente a aquellos que votaron en mi favor. No deben de estar tristes. La muerte es un eterno y profundo sueño sin sueños y, por tanto, un maravilloso avance –por-que entonces la eternidad es solamente una noche de bien-aventuranza-, o es verdaderamente el paso a otro mundo. En este segundo caso, los jueces de los muertos, ahí abajo, serán unos jueces justos y yo pasaré la eternidad hablando con Orfeo y Museo, con Homero y Hesíodo. Para el hombre de bien no hay mal posible, ni en la vida ni en la muerte.

Se volvió hacía los Once.

-Ya se que es hora de marchar. Yo a la muerte; vosotros –con una última mirada abrazó a toda la ciudad de Atenas-, a continuar viviendo. A quien corresponde el mejor destino, es cosa que nadie sabe, salvo la divinidad.

Cuando le arrastraban afuera, encadenado de pies y manos, de modo que no pudiera moverse, Anito, el último en abandonar el tribunal, pensó: “Tal vez te equivocas de nuevos, mi sabio Sócrates.!Quedan todavía treinta días!”

 

Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp.372-375/ 387-390, Editorial Sudamericana.