Historia de las Doctrinas Filosóficas


La muertede Sócrates; Jacques Philippe Joseph de Saint Quentin, 1792.
26 noviembre, 2008, 5:10 am
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La muerte de Sócrates, Charles Alphonse Dufresnoy- 1650
26 noviembre, 2008, 4:56 am
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Método Socrático
19 octubre, 2008, 12:09 am
Filed under: Pensamiento

 

El método socrático de pensamiento.

  1. Elíjase un enunciado que goce del respaldo confiado del sentido común.

 

Obrar con valentía implica no retirarse en la batalla.

Para ser virtuoso es preciso el dinero.

 

  1. Imagínese por un momento que, pese a la confianza de que, pese a la confianza de quien lo propone, el enunciado es falso. Búsquense situaciones o contextos en los que el enunciado no resulte verdadero.

 

¿Cabe ser valiente y, no obstante, retirarse en la batalla?

¿Cabe mantenerse en la batalla y, pese a todo, no ser valiente?

 

¿Puede alguien carecer de dinero y ser virtuoso?

¿Puede alguien poseer dinero y carecer de virtud?

 

  1. Si se encuentra alguna excepción, la definición será falsa o al menos imprecisa.

 

Es posible ser valiente y retirarse.

Es posible mantenerse firme en la batalla y aun así no ser valiente.

 

Es posible tener dinero y ser un ladrón.

Es posible ser pobre y virtuoso.

 

  1. El enunciado inicial ha de matizarse para dar cuenta de la excepción.

Obrar con valentía puede implicar tanto a la retirada como el avance de la batalla.

 

Las personas con dinero pueden calificarse de virtuosas solamente si lo han adquirido por causes virtuosos, y hay quienes, careciendo de dinero, pueden ser virtuosos cuando han vivido situaciones en las que resultaba imposible ser virtuoso y hacer dinero.

 

  1. Si se descubren nuevas excepciones a los enunciados mejorados, el proceso debe repetirse. La verdad, si es que un ser humano es capaz de alcanzar algo semejante, radica en un enunciado que parece imposible de refutar. Averiguando lo que algo no es, es como nos aproximamos a la comprensión de lo que es.

 

  1. Con independencia de lo que insinuase Aristófanes, el producto del pensamiento es superior al producto de la intuición.

Bibliografía: A. de Bottom. Las consolaciones de la filosofía. Taurus. Madrid. 2001. pp.9-39.



Diálogos platónicos, Laques y Menón
19 octubre, 2008, 12:07 am
Filed under: Pensamiento

LAQUES

Según refiere Platón en Laques, una tarde, en Atenas, el filósofo se encontró con dos estimados generales, Nicias y Laques. Los generales habían combatido contra los ejércitos espartanos en las batallas de la Guerra del Peloponeso y se habían granjeado el respeto de los ancianos de la ciudad y la admiración de los jóvenes. Ambos morirían como soldados: Laques en la batalla de Mantinea, en el año 418 a. C. y Nicias en la fatal expedición a Sicilia en el 413 a. C.

 

Los generales se aferraban a una idea de sentido común. Creían que para ser valiente, una persona había de pertenecer a un ejército, avanzar en la batalla y matar a sus adversarios. Pero, al encontrarse con ellos por la calle, Sócrates se animó a hacerles algunas preguntas más.

 

SÓCRATES: Con que intenta responder a lo que digo: ¿qué es el valor?

LAQUES: ¡Por Zeus!,  Sócrates, no es difícil responder. Si uno está dispuesto a rechazar, firme en su formación a los enemigos y a no huir, sabes bien que ese tal es valiente.

 

Pero Sócrates recordó que, en la batalla de Platea del año 479 a.C . fuerzas griegas, bajo el mando del rey espartano Pausanias, inicialmente se habían batido en retirada para vencer luego con audacia al ejército persa dirigido por Mardonio:

 

SÓCRATES: Pues dicen que los lacedemonios, Cuando en Platea se enfrentaron los guerróforos persas, no quisieron pelear con ellos aguardando a pie firme, sino que huyeron y, una vez que se quebraron las líneas de formación de los persas, dándose la vuelta como jinetes, pelearon y así vencieron en aquella batalla.

 

Forzado a seguir pensando, Laques avanzó una segunda idea de sentido común: que el valor era un tipo de resistencia. Mas la resistencia, señaló Sócrates, podía dirigirse hacia fines temerarios.

Para distinguir el auténtico valor del delirio se precisaba otro elemento. El compañero de Laques, Nicias, guiado por Sócrates, sugirió que el valor tendría que implicar conocimiento, conciencia del bien y el mal y que no siempre podría limitarse a cuestiones bélicas.

 

MENÓN

En el Menón platónico, Sócrates volvía a conversar con alguien sumamente confiado en la verdad de una concepción de sentido común. Menón era un aristócrata que de hallaba de visita en el Ática, procedente de su Tesalia nativa, y tenía su idea sobre la relación entre el dinero y la virtud. Para ser virtuoso, explicó a Sócrates, hay que ser muy rico, y la pobreza es invariablemente un fracaso personal y no un accidente.

 

El hombre virtuoso, informó Menón a Sócrates mostrando seguridad, es alguien que posee una gran fortuna y puede permitirse cosas buenas.

 

SÓCRATES: ¿Y no llamas cosas buenas, por ejemplo, a la salud y a la riqueza?

MENÓN: Y también digo el poseer oro y plata, así como honores y cargos públicos.

SÓCRATES: ¿No llamas cosas buenas sino sólo a esas?

MENÓN: No, sino sólo a todas aquellas de este tipo.

SÓCRATES: ¿No agregas adquisición, Menón, las palabras “justa y santamente”, o no hay para ti diferencia alguna, pues, si alguien se procura esas cosas injustamente, tú llamas a eso también virtud?

MENÓN: De ninguna manera, Sócrates.

SÓCRATES: ¿Vicio, entonces?

MENÓN: Claro que sí.

SÓCRATES: Es necesario, pues, según parece, que a esa adquisición (de oro y plata) se añada justicia, sensatez, santidad o alguna otra parte de virtud. (…) El no buscar oro y plata, cuando no sea justo, ni para sí ni para los demás, ¿no es acaso ésta una virtud, la no adquisición?

MENÓN: Parece.

SÓCRATES: Por tanto, la adquisición de cosas buenas no sería más virtud que su no adquisición (…).

MENÓN: Me parece que es necesariamente como dices.

 

En un momento, Menón había aprendido que el dinero y la influencia no eran atributos necesarios ni suficientes de la virtud. Los ricos podían ser admirables, pero ello dependía de cómo hubieran adquirido su riqueza. Análogamente, la pobreza no podía, por sí sola, revelar nada acerca de la talla moral de un individuo. Ninguna razón justifica que un rico considere que sus bienes son garantía de su virtud. Ninguna razón exige al pobre imaginar que su indigencia es señal de su depravación.

 

 

Bibliografía: A. de Bottom. Las consolaciones de la filosofía. Taurus. Madrid. 2001. pp.9-39.

 

 



Opiniones y testimonios
19 octubre, 2008, 12:04 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

“Si uno se halla muy cerca de Sócrates en una discusión o se le aproxima dialogando con él, le es forzoso, aún si empezó a dialogar sobre cualquier otra cosa, no despegarse, arrastrado por él en el diálogo, hasta conseguir que dé explicación de sí mismo, sobre su modo actual de vida y el que ha llevado en su pasado. Y una vez que ha caído en eso, Sócrates no lo dejará hasta que lo sopesa bien y suficiente todo”.

Laques, 187e-188a.

En Las nubes, representada por vez primera en el teatro de Dioniso en la primavera del año 423 a. C., Aristófanes ofrecía a los atenienses una caricatura de ese conciudadano filósofo que rehusaba aceptar el sentido común sin la previa investigación de su lógica hasta extremos insolentes. El actor que hacía de Sócrates aparecía en escena en una cesta suspendida de una grúa, pues declaraba que su mente funcionaba mejor a gran altura. Se hallaba inmerso en tan profundos pensamientos que no tenía tiempo para lavarse o para realizar las tareas domésticas, por lo que su manto apestaba y su cada estaba plagada de bichos, pero al menos podía ocuparse de los interrogantes más cruciales de la existencia. Entre ellos figuraban los siguientes: ¿cuántas veces puede saltar una pulga la longitud de su cuerpo? ¿Los mosquitos zumban por la boca o por el ano? Aunque Aristófanes no entraba a detallar los resultados de las preguntas socráticas, el público debía de hacerse una idea adecuada de su relevancia.

 

Aristófanes estaba fraguando una familiar crítica dirigida contra los intelectuales: que con sus preguntas se apartaban más de la sensatez que quienes nunca se han enzarzado en el análisis sistemático de algún asunto. Entre el autor teatral y el filósofo se ponía de manifiesto una antitética valoración del grado de adecuación de las explicaciones ordinarias. Mientras que, a ojos de Aristófanes, los que están en sus cabales se conforman con saber que las pulgas saltan mucho dado a su tamaño y que los mosquitos emiten ruido por algún sitio, acusaban a Sócrates de una maniaca desconfianza en el sentido común, así como de albergar un perverso apetito de alternativas fútiles y rebuscadas.

 

Poco después de la muerte del filósofo, los ánimos empezaron a cambiar. Isócrates refiere que el público que asistía a la representación del Palamedes de Eurípides estallaba en lágrimas cuando se mencionaba el nombre de Sócrates. Diodoro cuenta que hubo eventuales linchamientos de sus acusadores por parte del pueblo de Atenas, Plutarco nos dice que los atenienses desarrollaron semejante odio hacia los acusadores que se negaban a entrar con ellos a los baños y que les condenaron al ostracismo hasta que, presas de la desesperación, acabaron por colgarse. Según el recuento de Diógenes Laercio, sólo en el breve periodo que siguió a la muerte se Sócrates la ciudad condenó a muerte a Meleto, desterró a Ánito y a Licón y erigió una costosa estatua de bronce de Sócrates, obra del gran Lisipo.

 

 

Bibliografía: A. de Bottom. Las consolaciones de la filosofía. Taurus. Madrid. 2001. pp.9-39.

 

 

 



El filósofo
18 octubre, 2008, 11:57 pm
Filed under: Sócrates el Filósofo

EL FILÓSOFO

 

LA VIDA

Nació en Atenas en el año 469 a. C. Se cree que su padre, Sofronisco, era escultor y su madre, Fenarete, comadrona. En su juventud, Sócrates fue discípulo del filósofo Arquelao y, a partir de entonces, practicó la filosofía sin escribirla jamás. No cobraba por sus lecciones, por lo que se fue sumiendo en la pobreza, si bien apenas le preocupaban las posesiones materiales. Vestía el mismo manto a lo largo del año y solía andar descalzo; se decía que había nacido para fastidio de los zapateros. En el momento de su muerte, estaba casado y era padre de tres hijos varones. Su mujer, Jantipa, era célebre por su horrible temperamento. Cuando le preguntaban por qué se había casado con ella respondía que los domadores de caballos necesitaban practicar con los animales mas fogosos

 

RETRATO

Pocos podían apreciar su aspecto. Era bajo, calvo y con barba, de curiosos andares tambaleantes y un rostro que sus conocidos comparaban con la cabeza de un cangrejo, con un sátiro o con un personaje grotesco. Nariz chata, grandes labios y prominentes ojos hinchados asentados bajo un par de cejas ingobernables.

 

EL JUICIO

En la primavera del año 399 a. C., cuando Sócrates tenía setenta años, tres ciudadanos atenienses (el poeta Meleto, el político Ánito y el orador Licón) emprendieron un proceso legal contra el filósofo. Le acusaron de no adorar a los dioses de la ciudad, de introducir novedades religiosas y de corromper a la juventud de Atenas. Dada la gravedad de los cargos que se le imputaban, solicitaron la pena de muerte.

 

El día del juicio de Sócrates formaban parte del jurado quinientos ciudadanos. La acusación comenzó por pedirles que considerasen que el filósofo que tenían delante era un hombre deshonesto. Se dedicaba a hurgar en asuntos propios de las regiones subterráneas y celestiales, era un hereje, solía recurrir a astutas estratagemas retóricas con el fin de derrotar con argumentos débiles a los más sólidos y ejercía una perversa influencia en la juventud, a la que corrompía intencionadamente con sus conversaciones.

 

Sócrates respondió con una legendaria ecuanimidad. Aunque le concedieron la oportunidad de renegar de su filosofía ante los tribunales, se situó del lado de lo que creía verdadero y o de lo que a buen seguro, gozaría de popular aceptación. Según refiere Platón, desafió al jurado:

 

“Yo, atenienses, os aprecio y os quiero, pero voy a obedecer al dios más que a vosotros y, mientras aliente y sea capaz, es seguro que no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer manifestaciones al que de vosotros vaya encontrando, (…) Atenienses (…) dejadme o no en libertad, en la idea de que no voy a hacer otra cosa, aunque hubiera de morir muchas veces”.

Apología, 29d-30c.

 

Admitía que la vida que llevaba podía parecer peculiar:

 

He abandonado las cosas de las que la mayoría se preocupa: los negocios, la hacienda familiar, los mandos militares, los discursos en la asamblea, cualquier magistratura, las alianzas y luchas de partidos que se producen en la ciudad.

Apología, 36b.

 

No obstante, su dedicación a la filosofía venía motivada por un simple deseo de mejorar las vidas de los atenienses:

 

Iba allí, intentando convencer a cada uno de vosotros de que no se preocupara de ninguna de sus cosas antes de preocuparse de ser él mismo lo mejor y lo más sensato posible.

Apología, 36c.

 

Tal era su compromiso con la filosofía, alegaba, que se sentía incapaz de cejar en su empeño, incluso si el jurado hacía depender de ello su absolución:

 

(…) diciéndole [a cualquiera de vosotros] lo que me acostumbro: “Mi buen amigo, siendo ateniense, de la ciudad más grande y prestigiosa en sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y en cambio no te preocupas ni interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible?”. Y si alguno de vosotros discute y dice que se preocupa, no pienso dejarlo al momento y marcharme, sino que le voy a interrogar, a examinar y a refutar. (…) Haré esto con el que me encuentre, joven o viejo, forastero o ciudadano.

Apología, 29d-30a.

 

Correspondía ahora a los quinientos miembros del jurado llegar a una decisión. Tras una breve deliberación, doscientos veinte decidieron que Sócrates no era culpable y doscientos ochenta que sí lo era. El filósofo reaccionó con ironía: “En efecto, no creía que iba a ser por tan poco, sino por mucho”. Pero no perdió el aplomo; no dio muestras de alarma ni de vacilación; mantuvo su fe en un proyecto filosófico que, de modo concluyente, una mayoría del cincuenta y seis por ciento de los oyentes había declarado inaceptable.

 

Los jurados de las tribunas del Tribunal de los Heliastas no eran expertos. Incluían una insólita representación de ancianos y lisiados de guerra que veían en el trabajo del jurado una cómoda fuente de ingresos adicionales.

Habían llegado con encendidos prejuicios, influidos por la caricatura socrática que hiciera Aristófanes, y convencidos de que el filósofo era corresponsable de los desastres acaecidos a finales del siglo a la antaño poderosa ciudad. La guerra del Peloponeso había desembocado en catástrofe, Atenas se había visto obligada a arrodillarse ante una alianza de persas y espartanos, la ciudad había sufrido un bloqueo, su flota había sido destruida y su imperio desmembrado. Las plagas habían asolado los distritos más pobres y la democracia había sido relevada por una dictadura, responsable de ejecución de un millar de ciudadanos, Para los enemigos de Sócrates no podía se coincidencia el hecho de que muchos de los dictadores hubieran compartido su tiempo con el filósofo en alguna ocasión. Critias y Cármides habían debatido cuestiones éticas con Sócrates, y diríase que todo lo que habían sacado en limpio se reducía a sus aficiones criminales.

 

¿A qué se debía que Atenas hubiese caído en desgracia de manera tan espectacular? ¿Cómo explicar que la más grande ciudad de la Hélade, que setenta y cinco años antes había derrotado a los persas en la isla de Platea y en el mar en Micala, se hubiese visto forzada a soportar humillaciones en cadena? El hombre del sucio manto, que deambulaba por las calles preguntando obviedades, parecía constituir una explicación sumamente defectuosa, por muy a mano que estuviese.

 

Sócrates comprendió que no tenía ninguna posibilidad. Carecía incluso de tiempo para presentar debidamente sus argumentos. Los acusados sólo disponían de unos minutos para dirigirse al jurado, hasta que el agua pasase de una jarra a otra en el reloj del tribunal:

 

“Yo estoy persuadido de que no hago daño a ningún hombre voluntariamente, pero no consigo convenceros a vosotros de ello, porque hemos dialogado durante poco tiempo. Puesto que si, tuvierais una ley, como la que tienen otros hombres, que ordenara no decidir sobre una pena de muerte en un solo día, sino en muchos, os convenceríais. Pero ahora, en poco tiempo no es fácil liberarse de grandes calumnias.

Apología, 37a-b.

 

Poseía la convicción del hombre racional, sabedor de que sus enemigos no son propensos a pensar de manera apropiada, aun cuando ni de lejos se le ocurriese afirmar que sus propios pensamientos fueran siempre correctos. La desaprobación ajena podría matarle, mas con ello no demostraría que estuviese equivocado.

 

Por supuesto, podía haber renegado de su filosofía y salvado así la vida. Aun después de declarada su culpabilidad, podía haber eludido la pena de muerte, pero su intransigencia le hizo tirar la oportunidad por la borda. En Sócrates no encontraremos un buen consejero para librarnos de la pena de muerte. Lo que en él hallamos es un ejemplo extremo de cómo conservar la confianza en una posición inteligente que se ha topado con una oposición ilógica.

 

El discurso del filósofo derivó hacia un emotivo final:

 

“En efecto, si me condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente, aunque se aun tanto ridículo decirlo, a otro semejante colocado en la ciudad por el dios del mismo modo que, junto a un caballo grande y noble pero un poco lento por su tamaño, y que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano (…). Si me hacéis caso, me dejaréis vivir. Pero, quizá, irritados, como los que son despertados cuando se cabecean somnolientos, dando un manotazo me condenaréis a muerte a la ligera, haciendo caso a Ánito. Después pasaréis el resto de vuestra vida durmiendo.

Apología, 30e-31a.

 

No se equivocaba. Cuando el magistrado solicitó un segundo y definitivo veredicto, trescientos sesenta miembros del jurado votaron a favor de la condena de muerte del filósofo. Los jurados regresaron a sus casas; el condenado fue escoltado hasta la prisión.

 

Y así le condujeron a encontrar su final, escribiendo su muerte un capítulo decisivo en la historia de la filosofía.

 

 

 

LA MUERTE

El lugar debía de ser oscuro y cerrado y, entre los sonidos procedentes de la calle, se escucharían las mofas de los atenienses, que anticipaban el final del pensador de la cara de sátiro. La ejecución habría sido inmediata, de no haber coincidido la sentencia con la misión ateniense anual a Delos, durante la cual decretaba la tradición que la ciudad no podía consumar la muerte de nadie. El buen carácter de Sócrates le granjeó la simpatía del guardián de la prisión, quien alivió sus últimos días permitiéndole recibir visitas. Numerosos fueron los visitantes: Fedón, Critón, el hijo de éste, Critobulo; Apolodoro, Hermógenes, Epígenes, Esquines, Antístenes, Ctesipo, Menéxeno, Simias, Cebes, Fedondas, Euclides y Terpsión. No supieron disimula su aflicción al ver cómo aguardaba la muerte del criminal un hombre que siempre se había mostrado afable y curioso con los demás.

 

 

Aunque el lienzo de David presenta a un Sócrates rodeado de amigos desconsolados, hemos de recordar que su devoción descollaba en medio de un océano de odio e incomprensión.

A modo de contrapunto de los ánimos en la celda de la prisión y en aras de la variedad, bien podría haber incitado Diderot a algunos de los muchos pintores eventuales de cicuta a capturar el ánimo de otros atenienses ante la idea de la muerte de Sócrates. El resultado podría haberse plasmado en cuadros con títulos tales como: Cinco jurados juegan a las cartas tras un día en el tribunal o Los acusadores acabando de cenar y a punto de acostarse. Un pintor con propensión al patetismo habría preferido titular estas escenas sencillamente La muerte de Sócrates.

 

Cuando llegó el día señalado, Sócrates fue el único que mantuvo la calma. Condujeron hasta él a su mujer y a sus tres hijos, pero los gritos de Jantipa eran tan histéricos que Sócrates pidió que se la llevasen afuera. Sus amigos estaban más tranquilos, aunque no menos llorosos. Incluso el carcelero, que había visto a muchos encaminarse hacia la muerte, sufrió con la difícil despedida:

 

“Pero, en cuanto a ti, yo he reconocido ya en otros momentos en este tiempo que eres el hombre más noble, más amable y el mejor de los que en cualquier caso llegaron aquí (…) ya sabes lo que vine a anunciarte, que vaya bien y trata de soportar lo mejor posible lo inevitable”.

Y echándose a llorar, se dio la vuelta y salió.

Fedón, 116c-d.

 

Llegó luego el verdugo, que traía una copa de cicuta triturada:

 

Al ver Sócrates al individuo, le dijo:”Venga, amigo mío, ya que tú eres entendido en esto, qué hay que hacer?”. “Nada más que beberlo y pasear”, dijo, “hasta que notes un peso en las piernas, y acostarte luego. Y así eso actuará”. Al tiempo tendió la copa a Sócrates. Y él la cogió, y con cuánta serenidad (…) sin ningún estremecimiento y sin inmutarse en su color ni en su cara (…) alzó la copa muy diestra y serenamente la apuró de un trago. Y hasta entonces, la mayoría de nosotros [narrado por Fedón], por guardar las conveniencias había sido capaz de contenerse para no llorar, pero cuando le vimos beber y haber bebido, ya no; sino que, a mí al menos, con violencia y en tromba se me salían las lágrimas. (…) Ya Critón antes que yo, una vez que no era capaz de contener su llanto, se había salido. Y Apolodoro no había dejado de llorar en el momento anterior, pero entonces, rompiendo a gritar y a lamentarse conmovió a todos los presentes a excepción del mismo Sócrates.

Fedón 117a-d.

 

El filósofo imploró a sus compañeros que se clamaran: “¿Qué hacéis, sorprendentes amigos?”, se mofó. Acto seguido se levantó y caminó por la celda para que el veneno hiciese efecto. Cuando comenzaron a pesarle las piernas, se tumbó boca arriba y la sensación abandonó sus pies y sus piernas, Conforme ascendía, el veneno y alcanzaba el pecho, fue perdiendo la conciencia de forma gradual. Su respiración se hizo lenta. Cuando vio que los ojos de su mejor amigo quedaban inmóviles, Critón alargó el brazo y los cerró:

 

Éste [dijo Fedón] fue el fin (…) que tuvo nuestro amigo, el mejor hombre, podemos decir nosotros, de los que entonces conocimos, y en modo muy destacado, el más inteligente y más justo.

Fedón 118c.

 

 

Bibliografía: A. de Bottom. Las consolaciones de la filosofía. Taurus. Madrid. 2001. pp.9-39.