Historia de las Doctrinas Filosóficas


Cronología by jpna
20 noviembre, 2008, 3:55 pm
Filed under: Sócrates el Filósofo

 

Entre los años 471 y 469 antes de la era cristiana nace Sócrates en Atenas, hijo de la comadrona Fenarete y del escultor Sofronisco. Es la época que sigue las victorias de los atenienses sobre los persas en Maratón, Salamina y Platea y al establecimiento de la confederación de Delos, inicio del imperio de Atenas y del colonialismo ático en la península griega y de mares colindantes. Rige en este momento Cimón, al frente del partido militarista mientras, que Sófocles es aclamado en los teatros. Hace poco han muerto los filósofos Heráclito y Parménides. El pensamiento florece todavía en Elea, ahora con Zenón, pero Anaxágoras pronto llegará a Atenas.

 

Sócrates aprende a leer y escribir, como era costumbre, en su propia hogar. Al igual que otros jóvenes atenienses asiste al gimnasio y toma lecciones de música en la palestra.

Se separa en el oficio de su padre y parece interesado por la geometría y la astronomía. Son los años del avance de Pericles y el partido democrático, que conlleva el traslado del tesoro común desde Delos hasta Atenas. El nuevo gobierno fija en el año 451 una ley de ciudadanía que restringe ésta a los nacidos de atenienses. Cuando Sócrates tiene veinte años, Eurípides ha estrenado sus primeras tragedias, se inician las obras del Partenón y Fidias trabaja en el Zeus de Olimpia. En lo político, se afianza la pza de Atenas con persas y espartanos. Pericles alcanza su máximo poder en Grecia, al precio, también, de la sublevación interna, como la sofocada duramente en Samos (440), en cuyo asalto se dice haber visto al joven Sócrates. Sin embargo este prefiere frecuentar a los sabios. Se interesa al principio por Arquealo, discípulo del cosmólogo Anaxágoras y que ostenta el título de ser el primer filósofo Ateniense. Entra en contacto después con la corte intelectual de Pericles dominada por los sofistas, los enseñantes de sabiduría que propagan la ilustración mundana-Política, retórica, filosófia-y cobran fuertes sumas por ello. Así conoce, entre otros, a Hipias y Protágoras, Trasímaco y Calicles, mención añadida de la aventajada Aspasia, segunda mujer de Pericles. Esta formación parece no ser incompatible con el interés, al mismo tiempo, por las doctrinas misticistas fijadas en el siglo anterior por Orfeo, al servicio del culto dionisíaco, y Pitágoras, influido por la religión egipcia. Sócrates se moverá toda su vida bajo la sugestión religiosa y el reclamo de la razón clarificadora, que sin duda se ha de ver concentrada por hechos como el exilio de Anaxágoras, acusado de corruptor de la juventud, o la intolerancia popular contra la citada Aspasia, tenida por impía.

Cuando fue llamado  a filas para participar como simple soldado de infantería en la reducción de los sublevados de Potidea (432), nuestro personaje era ya conocido entre los círculos intelectuales de Atenas, y hasta en el frente del combate se distinguiría por su coraje como por su hábitos personales de continencia. A nadie escapa tampoco el contraste entre su fealdad y su inteligencia, quién sabe si aguzada para ocultar aquélla.

En el retrato mas antiguo de el se conserva-un bronce romano sobre un original de hacia 370 a.C.-, aparece, en efecto, un hombre de nariz chata, ojos bovinos, toscas facciones y una espesa barba que destaca sobre unos hombros estrechos y caídos, rasgos que coinciden con el resto de no pocos retratos del filósofo ateniense en vasos, monedas, frescos y esculturas. Pero ninguno de estos defectos es perceptible por el público que le escucha y se deja atrapar por su conversación entre campechana y deseosa de precisión. Ese es su modo de enseñar, que adopta un sello definitivo al cruzar la raya de los cuarenta años de edad y en especial tras el incidente del oráculo de Delfos (431), en que la divinidad apolínea responde a Querefonte, amigo de Sócrates, que no hay otro hombre mas sabio que éste. El filósofo interpreta esta señal divina como la llamada a un servicio absoluto y permanente por la causa de la sabiduría, entendida, sin embargo, como el reconocimiento de la propia ignorancia. Y así, urdido por genio religioso, su daimón o demonio personal, decide discutir con todos el alcance de la verdadera sabiduría. Se acerca por igual a legos y expertos, ciudadanos y extranjeros, jóvenes viejos, ricos o casi necesitados como él mismo. Durante esos años de primera madurez conoce a Gorgias, el más reputado sofista, recién arribado a Atenas (427), y traba amistad con Cebes y Critón, que le acompañarán hasta sus últimos días y le distraerán,  de paso, de la mala avenencia con su esposa, Xantipa. Parece también haber tomado contacto con Eurípides y el historiador Tucídies, que correrá la suerte del destierro, pues la democracia recibe los primeros golpes al comienzo de la guerra del Peloponeso (431), la larga epidemia que acaba con la muerte del propio Pericles (423) y la revuelta, ahora, de Mitilene (428). La crisis afecta a Sócrates, que deberá entrar en combate en Delion (424) y Anfípolis (422).     

El incansable servicio a la nueva y provocativa sabiduría no va a ser un riesgo menor para su vida. Puede decirse que ese empieza a tomar cuerpo con las risas del público en el estreno de las nubes (423), del joven Aristófanes, que le ridiculiza como impostor sofista. No obstante acrecienta el número y variedad de sus discípulos, o, mejor, concurrentes, entre los que se encuentran jóvenes que tendrán un futuro insospechado: el académico Fedón y el iconoclasta Antístenes; el poeta Agatón y el militar Alcibíades; el tirano Critias y una Víctima de Este, Polemarco. A Platón y Jenofonte, quienes dejarán el mejor testimonio de su enseñanza, no los conocerá Sócrates hasta algo mas tarde. Probablemente ha cumplido ya sesenta años de edad y, por lo demás, la suerte de Atenas está echada. Primero, con la ocupación espartana de sus proximidades; después, con el asalto al poder del bando oligárquico (411), que se hace acompañar de un nuevo proceso de impiedad, esta vez contra Protágoras. Pronto es restaurada la democracia (410), que incluye un momento de ira colectiva contra Sócrates cuando éste, encargado de la asamblea, renuncia a tomar represalias fuera de la ley contra los generales que han abandonado a sus soldados en la batalla naval de las Arginusas (406). Atenas está también de duelo en este año por la muerte de Sófocles y Eurípides. Finalmente tras perder frente a Esparta en la batalla de Aigospótamos (405), firma su rendición y accede a ser gobernada por los llamados Treinta Tiranos (404). Sócrates recibe de estos, bajo la amenaza de muerte, la orden de ir a la busca captura del ciudadano León de Salamina, a lo que se niega en redondo: solo el pronto cambio de gobierno (403) le salvará la vida.         

 

La democracia restaurada en Atenas es precaria y se ha lanzado a una búsqueda desesperada de responsables en quienes descarga la culpa de las desgracias sufridas. No es fácil conseguirlo, pues como habrán denunciado Sócrates y después Platón, es todo un régimen de vida moral el que está implicado en la suerte de una política. La acusación, pues, contra el propio Sócrates el irónico y fastidioso preguntador, anda en la boca de una minoría de temerosos de ver fracasada la democracia por enésima vez. Meleto un joven e insignificante poeta, se encarga de hacerla pública. Apoyado por el político Anito, acusa a Sócrates ante un jurado de 501 ciudadanos por el hecho de “no creer en los dioses en los que cree la ciudad” y de “corromper la juventud”. El filósofo niega los cargos y se reafirman en su actuación, que presenta como una misión de mejora humana, atenta siempre a la señal del Dios de la ciudad. Al principio de los que le hallan culpable no superan en mucho a los que le declaran inocente, pero al oír de los labios del acusado que la “pena” que el cree merecer es recibir los máximos honores de Atenas y un salario público, la petición final de pena de muerte para el inocente acusado obtiene el apoyo de 361 ciudadanos. Era el año 399.

Un mes después de su condena, Sócrates bebe la cicuta e la prisión de Atenas, tras haber rehusado escapar de ella con el auxilio de Critón y otros amigos. Cerca de él se encontraban sus hijos Lamprocles, Sofronisco y Menexeno. Las ruinas de esta prisión pueden ser visitadas, mas de dos milenios después, frente a la puerta que conduce al Pireo, al sudoeste del ágora ateniense, y a medio kilómetro escaso del pórtico de Zeus. Es decir, muy cerca de los lugares en que Sócrates desplegó su obra, unos diálogos por el acuerdo y desacuerdo ciudadanos que resuenan con voz fresca todavía.

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