Historia de las Doctrinas Filosóficas


Actualidad del diálogo Socrático by jpna
20 noviembre, 2008, 4:02 pm
Filed under: Pensamiento

Sócrates es un intelectual, y un intelectual no se distingue por tener siempre a mano una respuesta. No es un hombre de respuestas ni tampoco a la caza de preguntas. Su lema no podría ser como el de los otros sabios. Como los que se rendían a la Madre frigia, la Bendis tracia o la asiática Cebeles, con adeptos entre los propios atenienses. En correspondencia, los extranjeros  más notables quisieron dar a sus hijos una educación ateniense, si bien la ley de la ciudadanía promovida por Pericles privaba a éstos de la participación política. La lista de los metecos notables es copiosa. Lo fueron, por ejemplo, el científico Hipócrates y el historiador Herodoto; el pintor Zeuxis y el arquitecto Hipódamo, reformador del Pireo; el filósofo Anaxágoras, de quien aprendió Sócrates, y el fabricante de armas Céfalo de Siracusa, el personaje clave con el que  Platón abrirá poco después  La Repúblic. Meteco será el propio Arisóteles, filósofo, por lo demás, de la integración ciudadana, aunque al final apoyó al imperialismo macedonio y abandonó Atenas. Los extranjeros, pues, sólo productores y negociantes. Los había también en clase artística e intelectual: sin ir más lejos, los sofistas entre los que se formó Sócrates fueron en gran parte metecos.

 

La Atenas de la segunda mita del siglo V posee un régimen poliárquico, es decir, basado en otros poderes-militar, económico, religioso, intelectual- además del poder democrático, y en la base está constituida por una sociedad multicultural, de la que el entorno. La biografía y el mismo pensamiento de Sócrates, como hay que reconocer ya, son un fidelísimo reflejo. ¿Qué desautoriza seguir viendo en la Atenas clásica una ciudad monocultural? Desde el punto de vista social, se trata de una ciudad marcada por el antagonismo entre ciudadanos y esclavos, y aun entre hombres y mujeres, recluidas en el hogar. Es también una ciudad multiétnica. La cultura ática dominante convive con la de los lacedemonios, aqueos, arcadios, etolios, fócidos, macedonios, tracios, jonios, eolios, cretenses, lidios, tesalios y de otros pueblos pertenecientes o cercanos a la Hélade. Con ellos se mezclan individuos de culturas más lejanas: egipcios, fenicios, frigios, persas, medos, asirios, etruscos, árabes y otros. De manera que estamos ante una metrópolis a su vez multilingue y multirracial. Y, por descontado, multiconfesional, un hecho añadido al carácter de por sí politeista de la religión griega oficial, esparcida entre los mitos y ritos, en lugar de asentarse en dogmas e instituciones.

 

En la Atenas multicultural existen, en fin, diferentes concepciones de lo que deben ser la ciudad y los ciudadanos en particular. Sócrates tiene que desenvolverse en este doble plano cívico del pluralismo político y en la –poliantropía- moral –las diferentes concepciones del hombre-, que trasladarán la diversidad hasta el ámbito filosófico. El mismo filósofo nos ofrece un testimonio esencial de ello al declararse un crítico insatisfecho de la relatividad de los ideales de vida y conocimiento, una idea sostenida por los sofistas, cuya opinión era la más escuchada del momento. Es decir, presupone un pluralismo amplio asentado a su alrededor. Este testimonio continúa al proponerse Sócrates una respuesta que no hace más que reflejar en cada una de sus etapas la ubicación del filósofo en una verdadera encrucijada de sabidurías. En él conviven los retazos más vivos del, por así decir, saber patrio, repartidos en dos líneas esenciales. De una parte, el saber antiguo o de la tradición oral, esto es, el agregado del –saber homérico- y el saber –gnómico-, el de los Siete Sabios. De otra paret, el saber clásico o de la cultura urbana y literaria posterior, compuesta por el -saber político- de la generación de Pericles y el -saber trágico- renovado por Eurípides. Pero Sócrates se deber al mismo tiempo al saber cosmopolita en sus diferentes manifestaciones. Así, de un lado recoge elementos del saber moderno, suma de un saber tecnológico que deja muy atrás a la ciencia especulativa y de un –saber ilustrado- que aparece con la primera generación de sofistas. Y, del otro lado, rectifica y prolonga esta ilustración con un saber transmoderno, que es derivado de su propio y original modo de entender la idea y el uso de la filosofía.

 

Una cosa es filosofar en una ciudad multicultural y otra en conducir esta filosofía en un sentido intercultural. Es lo que hace Sócrates, no satisfecho con la constataión de la diversidad y la fijación del principio relativista como supuesta expresión lógica del pluralismo cultural. No viene a acabar con este, pero tampoco a dejarlo como está. Ya para su tiempo Sócrates era un tradicional y un moderno, un patriota y un cosmopolita, un intelectual religioso y un profeta laico. La acusación de ser un “Racionalista” que destruye el esplendor del mito y la tragedia, como le reprocha Nietzche y renueva el academismo actual, fiel al mito de Sócrates antimito, es fruto de la ignorancia o la ingenuidad a la hora de afrontar un personaje que no se deja fácilmente encasillar, y menos describir como alguien dispuesto a terminar con el sistema del pluralismo.

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