Historia de las Doctrinas Filosóficas


Crates, El Cínico by meegg
31 octubre, 2008, 7:28 am
Filed under: Sócrates y otros filósofos

Crates

Cínico (Socráticos menores)

 

Nació en Tebas, fue discípulo de de Diógenes.

Regalo toda su fortuna y decidió probar suerte en Atenas. Ya allá, vago por las calles, descansando con la espalda adosada contra un muro, entre el estiércol. Puso en práctica cuanto aconsejara Diógenes.

Nunca se inmiscuía en los negocios públicos, ni aun para hacer mofa de ellos, i afectaba escarnecer a los reyes. En más de una ocasión hubo de desaprobar aquella pulla de Diógenes, que habiendo gritado un día “¡Hombres acercaos!”, golpeó con su vara a los que lo hicieron, diciéndoles “He llamado a los hombres y no a sus excrementos”. Crates fue siempre indulgente con los hombres.

Pensaba que el hombre debía bastarse a sí mismo, sin ayuda exterior alguna. Consecuente con esta idea, y a fin de ahorrar en lo posible todo esfuerzo, se abstuvo en lo absoluto de lavarse.

Hablaba raramente de los dioses, y apenas si pensaba en ellos, teniéndole sin cuidado su existencia y sabiendo sobradamente que nada podía, ni bien ni mal, hacerle. Reprochabales sin embargo, el haber hecho voluntariamente desgraciados a los hombres, volviendo el rostro de éstos hacia el cielo y privándoles de la facultad que tienen  la mayoría de los animales de caminar en cuatro patas. Ya que los dioses decidieron que había que comer para vivir, pensaba Crates, debieron cuando menos volver el rostro de los hombres hacia la tierra, donde crecen las raíces, pues ¿quién podría alimentarse de aire o de estrellas?

La amonestaciones de Diógenes, lo mismo que su pretensión de reformar las costumbres, hacínale reír.

La idea de un conocimiento o ciencia cualquiera se le hacía absurda. Para él no había objeto más digno de estudio que las relaciones de cuerpo con lo que le era necesario, y trataba constantemente de reducirlas a los más indispensables.

Tuvo un discípulo Metrocolo. Su hermana Hiparquia, noble y hermosa, se enamoro de Crates. Hay más de un testimonio de tal pasión.

Crates le previno de que vivía como los perros, en medio de la calle y rebuscando en los huesos en los montes de basura. La advirtió, que si se unía a él, su vida en común estaría siempre a la vista de todos.

Dicen que tuvieron un hijo, pero no hay certeza de ello.

Hiparquia fue bondadosa y comprensiva: acariciaba con sus manos a los enfermos; lamia sin la menor repugnancia las heridas de los que sufrían. Si hacia frio, Crates e Hiparquia se acostaban a lado de los menesterosos y trataban de darles calor. No sentían la menos preferencia por ninguno de los que se acercaran a ellos. Bastaba que fueran humanos.

Su hermano Metrocolo admiraba también a Crates y lo imitaba. Pero no tenía tranquilidad.

Crates murió viejo; que había acabado por no moverse del mismo sitio, acostado bajo el cobertizo de un almacén del Pireo, un día lo encontraron muerto, momificado por el ayuno.

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