Historia de las Doctrinas Filosóficas


La vida Privada y Pública de Sócrates, La Voz (la guerra) by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:51 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Mi libro tiene varios capitulos, y a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos para la antologia por eso se ve un buen.

Este capítulo habla de la guerra. pp. 104-115. Soy Fari.

 

 LA VOZ.

 

Entre risas y charlas, dando muestras de muy buen humor, el ejército avanzaba por la carretera. No se había inventado aún la marcha al paso y una expedición militar parecía todavía una excursión al campo, todo barullo y confusión […]

… Únicamente en el cuarto regimiento, reclutado en el distrito de Alopeke, había un hombre que soportaba la carga de setenta libras, peso aproximado del equipo de un hoplita. Estaba acorazado de pies a cabeza. Sin embargo, no podía decirse que se parecía a Ares, el dios de la guerra. Las dos planchas de bronce de su armadura apenas cubrían la mitad de su tosco cuerpo. Evidentemente, no había en el arsenal planchas de pecho y espalda de amplitud suficiente para cubrir aquel fuerte organismo.  El vientre prominente  estaba protegido por faldetas de cuero que danzaban al compás de los andares. El aspecto era bastante cómico. En lugar de alto casco de bronce que era el orgullo  de todo ciudadano ateniense, el hombre aquel usaba un casco bajo de hierro, en forma  de caperuza, que, eso sí, tenía piezas protectoras de la nariz y las mejillas y, en consecuencia, resguardaba de cabeza mejor que aquellos imponentes cascos altos.  Sócrates, soldado del cuarto regimiento, marchaba hacia delante con paso torpe. Incluso por la carretera, camino de la guerra, iba con los pies descalzos. Sin embargo, había dejado convencerse por su vecino Critón  de la conveniencia de usar una túnica, un chitón, a pesar de su costumbre  de echarse el manto sobre el desnudo cuerpo. Era cierto adelanto. Pero no lograba hacerse de aquella ropa interior. Un trozo de túnica aparecía siempre por debajo de la armadura.

   Sus camaradas estaban de acuerdo en que no había soldado más cómico en todo el ejército. Al mismo tiempo, no podían evitar cierta admiración por Sócrates. Con su musculosa mano izquierda  blandía como una pluma un escudo tan alto como un hombre, hecho con diez corbachos cosidos entre sí y unidos por fuertes tachones de metal. Su mano derecha empuñaba una lanza de roble con punta de hierro de más de seis pies de altura y, por añadidura, un haz de jabalinas. De su cintura, colgaba una tremenda espada de dos filos, puntiaguda, apta para dar tajos y tirar estocadas. La correa que cruzaba su macizo pecho sujetaba a su espalda el arco y el carcaj lleno de flechas. Y aquel pecho macizo respiraba, a pesar de todo, con manifiesta holgura.

    Había una gran fuerza natural en aquel hombre. Si no vivieran tan en las nubes, podía ser un conciudadano muy útil, según se decía con cierta amargura Anito, su antiguo amigo, mas bajo, más delgado y menos fuerte que él. Por desgracia, el más sabio de los hombres no era muy lucido.

Todos los demás soldados habían dejado las armas a los esclavos o en los carros del tren que seguían a las tropas en marcha. Sócrates, no. Quería ser original en todo momento. No podía adaptarse al grupo, a la masa. No encajaba. Se aferraba a sus discordantes teorías. Un hombre tiene que endurecerse a sí mismo, decía. Hay que domar al cuerpo. Por eso, marchaba descalzo por los campos y por los arcillosos caminos transformados en fangales por los chaparrones de noviembre. Por eso, cargaba sus anchas espaldas en un lugar de depositar sus armas en uno de los carros de bueyes. Todo estaba muy bien. Cuando se iniciara la batalla, el hombre estaría endurecido, pero también tan gastado que sería poco menos que inútil como combatiente. La arrogancia con que Sócrates pasaba por encima de todas las costumbres y experiencias era intolerable. No respetaba ni la indolencia, el sagrado vicio  nacional de los griegos, paradójicamente mezclado con una extraña tendencia al bullicio.

    Lo que más disgustaba a Anito, ciudadano modelo de la República, era que a nadie parecía molestar tanto como a él aquella falta de respeto. No era posible negarlo; Sócrates disfrutaba en el ejército de una popularidad compuesta de ironía y afecto. Evidentemente, no se le tomaba en serio, como no se tomaba en serio toda la compaña: la expedición contra Potidea.

   Esta pequeña ciudad de la costa de Calcidia se había dejado inducir por los astutos corintios, que no se resignaban a ceder la supremacía naval a Atenas, a abandonar la Liga Délica. Probablemente, había intervenido también en esta deslealtad el rey Perdicas de Macedonia, al que agradaba ser perejil de todas las salsas griegas. Los bárbaros macedonios querían probar a toda costa que pertenecían a la Hélade.  Pero ahora, un siglo escaso antes de Alejandro el Grande, nadie con dos dedos de frente creía tal cosa. Los idiotas de Potidea, excepción de la regla, se dejaban llevar por una alucinación fatal. Bien; la fuerza expedicionaria ateniense, al mando del general Calias, pondría rápido término a tal alucinación. Como el concurso de natación a Samos, ocho años antes, ahora, en los últimos días del otoño del 432 antes de Cristo, el paseo a Potidea era uno de los entretenimientos militares con que el presidente se divertía a su pueblo. Tales aventuras mitad guerreras y mitad risibles, distraían muy eficazmente la atención pública de aquellos escandalosos procesos internos. Además, esos procesos conducían derechamente a un desastre.

 Mitad guerrero y mitad risible, el aspecto exterior del soldado Sócrates era la encarnación perfecta de toda la campaña. En tanto brillara el sol de otoño, predomina en el ejército la nota alegre y despreocupada. En cuanto a Sócrates, era la primera vez que dejaba la ciudad y la primera vez que contemplaba el mágico espectáculo de la campiña griega. Era una belleza madura e intensa; era el esplendor del otoño. Los olivares y los bosquecillos de cipreses llegaban hasta la playa. Pero Sócrates era insensible a las suaves brisas, a los cipreses de un verde perenne, a la juguetona rompiente. No tenía ojos para las creaciones de los dioses. Estaba dedicado por entero a la criatura, al hombre. El infinito se le revelaba en las estrechas, tortuosas y atestadas calles alrededor del Ágora. El paisaje del alma era el único que le interesaba recorrer.

   Esto parecía extraño e incomprensible a sus compañeros del ejército y, como todo lo que era extraño e incomprensible para los griegos, un tanto desagradable. A estas dificultades se debió que la popularidad de Sócrates en el ejército y más tarde en el pueblo fuera siempre limitada y mezclada con muchos agravios. Sólo cuando el día avanzaba, cuando se iniciaba el anochecer, comprendían mejor los soldados a Sócrates. Todos se asustaban un poco de la oscuridad, que les hacía temblar. ¿Habría tinieblas y haría frío en los infiernos? ¿Por cuánto tiempo? De noche, valía más recogerse en sí mismo. De noche, era agradable saber que uno se había comportado decentemente durante el día. De noche, los soldados se acercaban a Sócrates y le pedían  que les hablara.

   Pero cuando llegó aquella noche, Sócrates estaba silencioso como todos los demás. Una sensación de inquietud se había extendido por todo el ejército. El primer muerto aparecía atravesado en el camino. Por el hombre mismo, que yacía duro y rígido con una profunda herida de espada en la frente de la que ya no manaba sangre, nadie derramaba una lágrima. Era sólo un arquero de Creta, uno de esos mercenarios extranjeros que formaban  la compañía de suicidas.

   Aquel hombre no representaba una pérdida. Nadie le reconocía; los cretenses eran todos iguales. Pero, de todos modos, era el rostro de la Muerte el que les miraba. El general Calias ordenó a algunos esclavos que arrojaran el cadáver al agua. Era curioso, pero ninguno de los esclavos se prestaba a aquella tarea. Y tampoco podían acercarse al muerto, porque todo el ejército rodeaba a aquella primera baja. Incluso, los elementos de la vanguardia y los rezagados se hallaban presentes. El escuadrón de caballería, que había avanzado muy lejos, volvió a galope tendido. La noticia de que se había producido la primera baja llegó también hasta él. El galope tendido sentaba a la perfección a  la caballería ateniense. Los jóvenes caballeros se mantenían de pie en los estribos y hacían girar las espadas sobre sus cabezas. Era siempre una magnifica exhibición. Era sólo en plena batalla cuando los caballeros no sabían sacar fruto de tales proezas.

  Uno de ellos se bajó deslizándose por la silla roja de su montura. Era un joven oficial, blanco de cutis, con guedejas morenas cuidadosamente rizadas que enmarcaban su hermoso rostro de estatua.

         ¡Buen galope, paloma!-dijo, dando una palmada a su yegua-, Y, ahora, vamos a contemplarte un poco, cadáver.

Algunos pensaron que el joven Alcibíades iba demasiado lejos. Bromear con la muerte era un poco temerario, en todo caso. ¿Quién podría asegurar que tales humoradas no molestarían a los dioses? Sin embargo, Anito, ciudadano soldado, se dejó arrastrar por tan espléndida despreocupación. Era precisamente lo que le faltaba.  No era talentoso, ni mentalmente ágil. Por eso, repudiaba esas cualidades en los demás. Únicamente cuando tales cualidades encarnaban en la radiante figura de Alcibíades, senía un ansia vaga de complementarse, de salir de los estrechos linderos de su propiedad. Deseaba ponerse de puntillas y ensanchar el pecho en aspiración profunda para parecerse un poco más a Alcibíades. Quería olvidar que era un próspero hombre de negocios, un contribuyente puntual, uno de los pilares del Estado. Incluso olvidaba que era un esposo feliz, con un hijo robusto y alegre. Le hubiera gustado tomar las manos de Alcibíades, aquellas finas y blancas manos infantiles, y estrecharlas fuertemente, al tiempo de expresarle su cariño.

   Alcibíades, sin embargo, no se preocupaba por los espectadores. No dedicó una mirada ni a los que protestaban ni a los que le admiraban. Se inclinó sobre el muerto y lo levantó.

 

         ¡Ven, hermano, vamos a bailar!- exclamó riendo.

 

Y comenzó a girar abrazando al cadáver. Un paso con el derecho, otro con el izquierdo, otro con el derecho… Bruscamente, alzó al cuerpo inerte, lo mantuvo un instante sobre el talud que descendía hasta el mar y, a continuación, dejó caer al cretense, que se hundió con un chapoteo en las aguas. 

 

         ¡Ánimo, amigos!- gritó Alcibíades-.  La muerte es fácil. Los muertos no sufren. Es algo maravilloso.

“Y vivir, ¿no es también maravilloso? Vivir verdaderamente, quiero decir…” Anito no se reconoció a sí mismo ¿Quién metía aquellos pensamientos pecaminosos en su cabeza cada vez que veía a Alcibíades? Lo mejor era apartarse de aquel joven perturbador. Pero siempre se sentía arrastrado hacía él.

   Por su parte, Alcibíades no pareció ver a Anito. Ni escuchó las rudas expresiones de sus compañeros, a quienes la danza con el muerto había parecido de una comicidad irresistible. Sólo un hombre podía decirle si el acto realizado era un sacrilegio o una manifestación de divino humorismo. Alcibíades, impetuoso y bello. No estaba sometido a las normas, a las convenciones y a las leyes que obligan al común de las gentes. Creía que para él regía la ley de los príncipes. Era posible que hubiera una ley interior incluso por encima de ésta. Pero era difícil descubrirla. Sócrates era el único a quien tal ley podía ser revelada.

   Al acercarse Alcibíades a Sócrates- Anito pudo observarlo con la agudeza del desapercibido y despreciado-, el magnífico oficial de caballería volvió a ser una vez más  el muchacho del Liceo con su maestro. ¿Iban a alabarle o a reñirle? Sin embargo,  sabía Anito muy bien que Sócrates ni hablaba ni reñía. Se limitaba siempre a hacer preguntas objetivas. Ahora, como de costumbre, hizo una pregunta:

         ¿Cómo sabes que será algo hermoso… el más allá?

         No sé qué será… – reconoció Alcibíades-. Pero me gustaría que lo fuera.- Aparecía aquí de nuevo el misterioso poder de Sócrates para arrancar confesiones. El poder de probar a los hombres, como él mismo decía-. Espero  que no se sufra después de muerto- continuó Alcibíades con vacilación. Y, de pronto, el magnífico oficial de caballería dijo-: Tengo miedo.

Puedes confiarte a Sócrates. No es un juez que arranque confesiones. Es un padre confesor. No condena, sino que consuela. Y, al mismo tiempo, sigue con su costumbre de preguntar, de limitarse a preguntar.

 

         ¿Por qué tienes miedo? ¿Sabes lo que te espera en el más allá? O la nada (un reposo profundo y sin sueños), o la supervivencia: nuevos encuentros, nuevos rostros, nuevas formas de examinar. ¿No es así? ¿Puede haber alguna otra posibilidad?

Las palabras de Sócrates irradiaban una tranquilidad profunda, a la que Alcibíades arrojó su réplica:

         ¿Es que tú mismo sabes cómo será el más allá?

         ¡No!- Unos ojos brillantes parpadearon alegremente-. Pero confieso que trato ansiosamente de averiguarlo. Ya sabes cuál es el pecado que me persigue: la curiosidad.

Agradaba a Sócrates decir que tenía el vicio de la curiosidad. Pero era algo más que vicio. Era frenesí, fuego, la verdadera sustancia de su  vida. Había sondeado a toda la ciudad con sus preguntas. Sin descanso, perseguía un solo objetivo: el descubrimiento del hombre. Sin embargo, sabía que no había voz humana que pudiera dar una contestación a sus preguntas finales. Buscar la verdad era el deber del hombre. Dar la verdad era privilegio de los dioses. El oráculo no era testimonio bastante. La sibila, los sacerdotes y el muchacho Querefón se interponían aún entre él y Apolo. Apolo debía hablarle directamente. Tal vez haría brillar el sol a medianoche; ese sería  un signo que todo el mundo reconocería. O tal vez el dio se revelaría  a Sócrates solamente, de modo que nadie mas lo advirtiera. Pero, en todo caso, él sabría a ciencia cierta que era el elegido. Su misión era extender la justicia, la virtud y la sabiduría. Era en conjunto una misión racional. Y, sin embargo, sólo un milagro podía remover los últimos obstáculos y darle el impulso que le llevara definitivamente por su camino. Apolo tenía que decirle: “¡Sócrates, marcha!”

El milagro ocurrió la noche anterior al asalto de Potidea. Para muchos, era la noche anterior a la muerte. La ciudad rebelde estaba fortificada, dominaba la entrada de la península de Palene y había en ella tropas enviadas desde Corinto al mando del temible Aristeo. Además, Calías, el general alfarero, no había tenido en cuenta el avanzar –como descubrió con espanto más tarde-, el puesto enemigo de Olinto. La expedición ateniense había caído en una trampa peligrosa, con campamentos enemigos delante y detrás y con el mar tempestuoso del otoño por ambos lados.

Los soldados, pocas horas antes animosos y confiados, estaban sobrecogidos de miedo. Parecían un confuso rebaño de ovejas extraviadas. Las tiendas de campaña proporcionarían tal vez un refugio contra los espectros de la noche. Tal vez se podría, si la angustia aumentaba, llamar a las lejanas y dulces imágenes de sol perpetuo de la Acrópolis, de las alegres fiestas de la Panatenea, de los bulliciosos y lindos hijos que cada soldado había dejado en su casa. En las gloriosas guerras de liberación, los atenienses habían demostrado que sabían morir. Pero nadie podía decir que les gustaba morir. Y el deformado aspecto del mercenario muerto se proyectaba de modo terrible en los cielos.

Sólo Sócrates no se refugió en la carpa. Aunque por costumbre era el más hablador de todos ellos, esta vez no intervino en a conversación sobre la muerte, en la que todo el ejercito participaba. Se mantuvo aparte. No respondió cuando le llamaron. Miraba distraído y ausente. Miraba a las tinieblas de la noche. Dio unos pasos atrás y adelante y a continuación, se detuvo. Durante una hora o más, permaneció inmóvil. A su alrededor, la calma era absoluta, Pero dentro de él, en su interior, la voz se había dejado oír. No era lo comprendió enseguida, su propia voz. Pero tampoco era la solemne voz, parecida al trueno, que pudo haber lanzado Apolo. Era una voz como un murmullo, como un susurro, como un suspiro, pero muy clara. Los hombres no hablan así ni tampoco los dioses. Era el sonido de algo nuevo. Era el daimon, el ser sobrenatural, el buen demonio, el demonio personal de Sócrates,  que surgía de las profundidades insondables.

La prolongada ausencia de Sócrates comenzó a ser notada por los hombres de su regimiento. ¿Qué hacía fuera en aquella fría noche? Algunos salieron para buscarle y le observaron con profunda atención mientras permanecía quieto convertido en piedra. Los gritos las bromas no le arrancaron de su abstracción. El que un hombre se volviera loco antes de la batalla, ¿era un presagio? ¿Bueno o malo? Todo el ejército comenzó a indagarlo. Los soldados abandonaron sus tiendas. A pesar del frío penetrante, salieron al campo abierto. Un soldado, un hoplita ordinario, convertido repentinamente en una estatua congelada, era un espectáculo que nadie quería perder.

Pero no salió de allí nada sensacional; no sucedió absolutamente nada. Por lo menos, nada que fuera visible desde fuera. En cambio, Sócrates, el más sabio de los hombres, había tenido una revelación de su demonio. La ley del interior de su pecho comenzó a hablar:

         -¿Sabes quien soy? – preguntó la voz.

         -Eres…   Eso    -respondió Sócrates reverentemente.

         -¿Soy el Bien o soy el Mal?

         -Eres el Bien.

         -Pero soy duro e implacable. A menudo, tengo que herirte. Mi hija es la Conciencia, mi hijo el Deber. ¿Me tienes miedo?

         -No mucho. Tal vez sea duro obedecerte al principio.

         -Pero al menos, nunca correrás peligro de extraviarte.

Yo te guiaré, te dirigiré y te advertiré para que nunca hagas nada malo. Es todo lo que te prometo. Nunca tendrás otro premio. Y el camino por donde te lleve te conducirá a un amargo final.

         -Iré derecho por donde tú me guíes. Quédate conmigo. No me abandones nunca.

Nadie escuchó estas palabras. No se había movido un músculo en el rostro de Sócrates.

Un sol rojo apareció sobre le horizonte. Sócrates continuaba de pie e inmóvil, como un monumento de mármol. ¿Cómo no le dolían los piés? ¿No sentía hambre y sed después de aquella extraña vigilia? ¿Estaba encantado? ¿Embrujado? ¿Se había vuelto loco? ¡Ah! Ahora, arrojaba sus armas hacia la bola de fuego que se alzaba sobre el mar. De sus poderosos pulmones, surgió un himno de alabanza a Febo Apolo:

         -¡Gracias, dios-sol! ¡Gloria a ti, dios-sol! ¿Tú eres la luz y la verdad!

Después, Sócrates se volvió y dijo a su vecino, como si nada hubiese pasado:

         -Creo que es hora de que tomemos nuestro baño matutino. ¿Qué te parece, Critón?

Pero ni hubo tiempo para el baño matutino. Sonaron los cuernos a distancia. Era la señal del ataque de los corintios, la señal que anunciaba una salidos de los de Potidea. Y los toques guerreros que venían de la retaguardia, ¿eran un eco? ¿No; el otro tentáculo del enemigo se movía desde Olinto. Los Griegos comenzaban sus batallas con el alba. A mediodía, cuando el sol calentaba, querían tenerlas terminadas.

Perecieron unos ciento cincuenta ciudadanos de Atenas. Y otros tantos enemigos o tal vez más. El comandante de los corintios, Aristeo, se vio rodeado por unos cuantos rufianes de los muelles del Pireo. Ante esto, olvidó sus modales y la dignidad del cargo que ostentaba. A bofetadas, puñetazos y puntapiés, se abrió paso hasta la estrecha escollera en donde rompían las olas y, perseguido por toda clase de proyectiles, emprendió por ella el retorno a Potidea.

Los rufianes del puerto loe miraban como se mira a un loco. ¿Por qué las olas no se lo tragaban? ¿Tenía un pacto secreto con Poseidón? El dios del mar era el único dios que a la canalla de los muelles merecía aún algún respeto. Cada uno de ellos tenía cierta experiencia personal de ahogados, naufragios y tempestades. Bien; si Poseidón protegía a aquel hombre, ellos podían también dejarle escapar. Era una lástima; su equipo de plata hubiera constituido in botín muy apetitoso. Valía por lo menos tres minas.

         -¡Poseidón! –gritó lejana una voz clara y vibrante. No era una innovación a la divinidad; era un desafío, una declaración de guerra. El joven oficial de caballería que se acercaba a galope tendido, de acuerdo estricto con la escuela de equitación y el estilo de la pista de carreras, lanzaba un desafío contra el dios del mar. Arrancaría de sus  manos al protegido, al fugitivo general corintio. Con elegante galope de circo, Alcibíades se lanzaba contra Aristeo.

Tales combate personales no eran raros en las batallas griegas. En realidad, los caballeros sólo luchaban con sus iguales. Rara vez condescendían a perseguir a simples infantes. Era casi una violación del código.

Pero Alcibíades tenía aquí una ocasión para una hazaña y muy famosa además; no podía dejarla escapar. Iba a representar una escena heroica delante de todo el ejército ateniense. ¡Una victoria sobre Poseidón! ¿Podía haber más esplendida venganza?

La yegua blanca de Alcibíades bufaba y jadeaba. También ella estaba enfundada en una pesada armadura. Llevaba planchas de bronce protectoras en  la cabeza, el pecho y los flancos y, además, tenía que soportar el peso del jinete que le clavaba febrilmente las espuelas. Las olas que saltaban por la escollera la azotaban de lleno. La espuma enrojecía sus cansados ojos. En cambio, no se daba cuenta de la lluvia de flechas y proyectiles que caía por todas partes, por delante y por detrás, de amigos y enemigos.

         -¡Poseidón! –gritaba Alcibíades, interrumpiendo de vez en cuando el canto de guerra. Había en su actitud una indecencia deliberada y mezclaba el desafío a la divinidad con alabanzas a los encantos de Cotito, la muchacha que le esperaba en casa.

La vanguardia ateniense apenas podía distinguir la vaga silueta del caballero que avanzaba entre las olas. El escudo de Alcibíades, aquel bello escudo, famoso en todo el ejército, que mostraba a Eros lanzando sus flechas, estaba en alto y miraba al cielo. Entonces un hombre que había luchado todo el día en primera fila dijo:

         -¿Dejaremos que nuestro amigo emprenda solo la gran jornada?

En realidad, los hombres del Pireo tenían pocos ánimos para realizar hazañas a sangre fría. Los premios al valor y las coronas de laurel, por los que todo soldado se dejaba hacer pedazos, iban a parar siempre a otros, a brillantes oficiales de caballería, como aquel Alcibíades qué, indudablemente, estaba loco. O a favoritos del presidente, a quien los jueces que decidían después de la batalla querían tener propicio.

Sin embargo, la cuestión era distinta. Los muchachos del Pireo, los jóvenes de la nueva ciudad, ¿iban a dejarse avergonzar por aquel tosco y grueso  vecino de Alopeke?. Estaba en juego el honor del nuevo distrito. Y las rivalidades entre distritos eran el nervio de toda historia griega. Por eso, los muchachos se lanzaron hacia delante.

Sócrates iba a su frente. Marchaba como un pelícano, con los pesados y torpes andares que durante años habían constituido la diversión de la plaza del mercado. Los comediógrafos tenían asegurado un éxito de risa, si hacían aparecer en escena con esos andares a alguno de sus personajes. Todo el teatro de Dionisios gritaba al verlo:”!Ah Sócrates” Pero, ahora, aquellos ridículos andares parecían más rápidos y sueltos.

Nadie podía seguir a Sócrates. Era natural, nadie estaba animado por la voz interior que pedía a Sócrates que salvara a aquel héroe a medias. “Alcibíades no debe caer”, decía el demonio. Hablaba sencilla e imperiosamente con su melodía sin palabras. Era dudoso que la locura de Alcibíades mereciera que se arriesgase la vida de Sócrates, vida dedicada a Atenas y a la humanidad. Pero el portento del demonio consistía precisamente en tomar decisiones cuando la razón vacilaba. “Solo cuando la mente humana no puede ya ir más lejos es cuando conviene pedir consejo a los dioses”, diría más tarde Sócrates. Hoy estaba todavía lejos de llegar a tales fórmulas y reflexiones. Confiadamente, siguió el mandato de una voz para la que no halló expresión adecuada durante su vida.

Sócrates era un soldado de la virtud, un guerrero sacerdote. Sabía que su espada y su escudo estaban al servicio de la buena causa y, por eso, su espada tajaba con más fiereza que las de los camaradas y su escudo protegía no solo aquél vientre voluminoso, sino también al derecho que no es innato.

Ahora necesitaba su espada, su escudo, sus dos manos y sus diez dedos. En efecto, Aristeo, el corintio, se había detenido al verse perseguido por un solo jinete. No era cobarde. Conocía las tetras de la lucha ateniense. Desmontar a un jinete, dar el caído un tajo en la cabeza y escapar con el corcel era un viejo truco enseñado en todos los gimnasios.

Con un salto, Aristeo esquivó la embestida de Alcibíades. En seguida arrojó una piedra de la escollera contra el costado de la yegua. Esta se levantó sobre sus patas traseras y acabó cayendo. Alcibíades salió desprendido de la silla roja. Antes de que pudiese agarrar con fuerza el escudo, Aristeo se lo arrancó de las manos. No había mayor indignidad para un guerrero que dejarse robar sus armas. Un mandoble de la espada haría rodar aquella cabeza loca, el cuerpo hermoso y juvenil queda allí tendido y un rápido tirón permitiría hacerse con el casco de plata.

Aristeo dio el mandoble.

Pero el terrible golpe  rebotó en un escudo plebeyo, cubierto por diez corbachos, que de un modo u otro se había interpuesto entre Aristeo y su víctima.

¿Cómo? ¿Otro adversario?

         -¡Hygiaeie! Saludó Aristeo al enemigo recién llegado. Incluso en plena batalla, los griegos no olvidaban sus fórmulas. Aquellas fórmulas daban al cruce de espadas su verdadero y profundo significado. Hygiaeie era un saludo cortés: “Consérvate en buena salud”

Aquel hombre que entraba en escena tenía en verdad buena salud. Se lanzó contra su antagonista como un toro salvaje. Su brazo fuerte y musculoso avanzó protegido por el escudo. El hombre dio un paso, luego otro. Aristeo sentía encima su poderosa respiración. Y, de pronto, se sintió mirado de una forma que era imposible soportar. La mirada venía de todas partes. Era una mirada tranquila, como de piedra, pero llegaba desde todas las direcciones a la vez ¡Zeus Tonante, Padre de la Victoria! ¡Aquel hombre era un bisojo! Era un demonio, uno de los dioses nocturnos del mundo subterráneo.

         -¡Suéltame! –gritó Aristeo.

No quería bajar al mundo subterráneo. Se arrojaría a las olas que azotaban la escollera, soportaría la lluvia de flechas que lanzaba la vanguardia ateniense formada por los jóvenes de Pireo, haría lo que fuera necesario. Era preciso volver a la ciudad de Platea, cuyos muros protectores parecían estar al alcance de la mano.

Aristeo se escapó.

         -Tu escudo está salvado – dijo Sócrates, agachándose junto a Alcibíades- Y tu casco también. –Quería decir con ello que el honor estaba a salvo.

Alcibíades alzó los brazos hacia aquel hombre fuerte y feo. Solo había un modo de expresarle su agradecimiento: “!Querido monstruo. . . ¡”, trató de murmurar. Pero estaba demasiado cansado.

Sócrates llevó a Alcibíades en brazos, como un niño, a las líneas griegas.

Aquella noche, cuando iban a ser otorgados los premios de la batalla, todos los hombres del Pireo estaban de acuerdo en que habían visto como el hoplita Sócrates, del cuarto regimiento, había derrotado al comandante enemigo general Aristeo, de un golpe de escudo. No habían visto, en cambio, la mirada de aquellos ojos bizcos, aquella amenaza serena y aquella inquebrantable determinación. Pero comprendían que había ocurrido alguna especie de milagro. Todo el ejército estaba encantado con Sócrates. Y como después de la batalla, era de nuevo una multitud de ciudadanos libres e iguales, pidió ruidosamente que se concediera el premio a Sócrates. Hasta Anito parecía dispuesto a olvidar viejas discrepancias. Tal vez, un hombre puede ser persona decente y buen patriota, aunque no lleve sandalias y no tenga noción de las leyes de las prosperidad. El mismo formuló la proposición:

         -¡Sócrates merece el premio!

         -¡Muchas gracias! – dijo Sócrates, siempre cortés, siempre fiel a las convenciones. Estrechó la mano de su amigo de la juventud. ¿Podía cruzarse un abismo con un apretón de manos? Y después, señalando con un rápido y vivo gesto a su cabeza cuadrada y a su deforme rostro, continuó-:  Me temo que la corona de olivo no me siente muy bien. Sentará mejor a Alcibíades. En fin de cuentas, fue asunto suyo. Los demás nos limitamos a ayudarle. –No quería distinciones.

Era un maestro; no era un héroe.

Desde luego, Alcibíades inició una protesta. Pero no había poseído nunca una corona de olivo que adornara sus morenas guedejas. Incluso podría hacerse un retrato ¿por qué no? Y, en todo caso, desde el momento en que los jueces pensaran que era conveniente honrar al sobrino del presidente, todas las protestas resultarían inútiles.

Sus camaradas le levantaron en hombros. Anito miró a aquel rostro radiante, no con le respeto con que había mirado momentos antes a su perdido amigo de otros tiempos, sino con una ferviente y desbocada admiración. Sócrates se son rió interiormente y Alcibíades, el ganador del premio, pasó a la historia como el héroe de Potidea.

Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp. 104-115, Editorial Sudamericana.

 

 

 

 

 

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