Historia de las Doctrinas Filosóficas


La vida privada y pública de Sócrates, La muerte. by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:46 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Mi libro tiene capitulos, entonces a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos. por eso se ve un buen.

Soy fari

 Paginas 396-401.

 

 

 

 

 

 

LA MUERTE

 

-Pero viviré –replicó Sócrates sin mover sus labios.

A Critón le pareció aquello un ronquido de satisfacción.

         -¿Y morirá el estado?  -replicó el fantasma-. El estado muere cuando un individuo es capaz de imponerle su voluntad. ¿Serás un desagradecido? ¿No fuiste engendrado de acuerdo con nuestra voluntad, la voluntad de las leyes por tu padre y tu madre? ¿No procuramos que fueras criado y educado? ¿No has sido siempre u hijo de la patria? ¿Has olvidado la patria? ¿Has olvidado que la patria es venerable y sagrada? ¿NO has disfrutado de tu ciudad toda tu vida? ¿Por qué no la has abandonado en busca de otras ciudades y otras leyes? ¿Huirás de tu amo cuando te pega, como un mal esclavo? ¿Tendrás el impudor de hablar de la ley y de la justicia en tierras extranjeras, cuando las has ultrajado en tu patria? ¿Tienes un apego tan grande a la vida, anciano?

         Sócrates abrió sus ojos.

         -Temo haber dormitado un poco. –Fue todo lo que dijo.

         Critón se levantó. Un sentimiento insospechado de  veneración le indujo a abandonar la celda en silencio.

         Cuando la puerta, rechinando intensamente a sus goznes, se abrió dos noches después, el afectuoso carcelero dejó pasar a Jantipa. Llevaba en brazos a la criatura, al menos de los hijos. La nave había llegado. Mañana cuando el sol se hundiera tras las montañas, todo estaría terminado. La luz del día no podía ser profanada con una ejecución.

Jantipa fue toda la noche de Sócrates. Su esposo llegó hasta ella penosamente; las sonoras cadenas complicaban el amor. Pero el verdadero amor no es muy difícil. La extenuada Jantipa nunca lloró tan bienaventuradamente como aquella mañana, cuando el carcelero llamó discretamente para anunciar a los amigos que venían a despedirse. Al mismo tiempo el carcelero quitó a Sócrates las cadenas. El profesor iba a tener un anticipo de libertad. Cuando el sol desapareciera tras las montañas, su libertad sería completa.

         El llanto bienaventurado de Jantipa se transformó en estridentes gritos. Siempre había odiado a aquellos amigos que retenían fuera de casa a su esposo, distrayéndole con interminables conversaciones, en lugar de ayudarle a trabajar como el resto de los hombres. Ahora comprendía que aquellas charlas sin fundamento con gentes extrañas habían llegado a su fin.

         -¡Por última vez, tus amigos van a hablar contigo y tú con ellos! Exclamó entre sollozos.

         Sócrates tuvo un gesto de indulgencia. Critón hizo una señal. Y sus esclavos se llevaron a afuera a la llorosa mujer.

Por última vez. . . Aquellas palabras estaban  estrictamente prohibidas en la conversación. Esto no era una lacrimosa ceremonia de adiós. Era la gozosa preparación para una reunión nueva y mejor. No era otra cosa.

         -¡Que bien me siento¡     -dijo Sócrates, estirando sus entumecidos miembros-. Esta sensación de placer es extraña. Solo se disfruta de ella cuando es inmediata al dolor. Solamente ahora, cuando acaban de verse libres de cadenas, sienten mis miembros el placer de la libertad. Esopo hubiera hecho una fábula. Algo parecido a esto: Dios trató de reconciliar a los dos enemigos, el placer y el dolor, y, como no lo consiguió, los dejo unidos y atados por los extremos.

         -Uno puede sospechar que consideras el suicidio como el modo mejor de abandonar este mundo –observó Cebes de Tebas, el anguloso provinciano de ilimitada devoción al maestro.

         -Desde luego que no -replicó Sócrates-. Dios cuida de nosotros. Somos propiedad suya. Sólo cuando Dios lo considere necesario, debe un hombre morir.

Hablaron tranquilamente de morir, como si la muerte no preocupara personalmente a ninguno de ellos.

Sólo el Feo se sintió ultrajado. El Feo era un hombre entrecano que se sentó en un  rincón y que no participaba en la conservación. Era el verdugo y, al mismo y, al mismo tiempo, el médico de la prisión. Tenía que mezclar el veneno, el conium extracto del jugo de la cicuta, con mucha parsimonia. Una dosis costaba doce dracmas. Si el condenado hablaba mucho, podía acalorarse y el veneno no surtiría su efecto. Entonces, tendría que administrarlo dos y hasta tres veces. Y era muy dudoso que, el estado pagar los doce dracmas, dos o tres veces. Por otra parte no cabía duda que aquel andrajoso delincuente no poseía dinero. Por eso, él feo formuló una observación muy comprensible a Critón, que parecía el más razonable del grupo. Critón se la transmitió a Sócrates.

         -Que no tenga miedo. Beberé la copa dos o tres veces, si es necesario. –Sería algo muy sencillo. Al fin y al cabo era la muerte lo que buscaba el filósofo-. Durante toda la vida, nos encaminamos a este destino. ¿Vamos a retroceder, cuando  por fin llegamos?

         Al oír esto, Simmias, el hermano de Cebes de Tebas, se hechó a reír ruidosamente.

         -No tengo ninguna gana de reír – explicó como excusa.

         Pero todos sentían al miso tiempo ganas de reír y de llorar. La muerte no es terrible. Pero la vida tiene sus encantos. Era éste el cogollo de la filosofía griega.

         Sócrates solo había superado los encantos de la vida. No era la celda, sino aquel cuerpo feo y torpe la verdadera prisión de donde el eterno buscador de belleza no podía huir.

         -Mientras nuestra alma permanezca únida al cuerpo, no podremos obtener lo que en realidad deseamos, que es la verdad. El cuerpo nos distrae de  mil maneras distintas. Nos llena con las ansias del amor y del hambre;  nos engaña y crea en nosotros imágenes infantiles. A  causa del cuerpo, no acabamos nunca de ser razonables. Todas las guerras, por ejemplo, tienen su origen en la posesión de dinero o de bienes. Y dinero y bienes solo necesita el cuerpo. –Miró a su abultado vientre. Le complacería el verse libre de él.

         Las horas pasaban. Se hablaba mucho. Las lágrimas se habían secado en los ojos de todos. ¿Por qué llorar? Muchos amantes habían descendido voluntariamente al mundo subterráneo para unirse de nuevo a los seres amados. ¿Por qué el filósofo no iba a despedirse gozosamente, cuando, en alguna parte del más allá, le esperaba el espectáculo de una eterna belleza infinita? El alma regia del mundo, del que la Hélade, saturada de luces y colores, era una pequeña parte.

         -Y, ahora, creo que debo tomar una baño –dijo sonriendo-.Me parece mejor bañarme antes de tomar el veneno, de modo que las mujeres no tengan necesidad de lavar mi cadáver.

         En aquel momento, el joven Apolodoro lanzó un grito y se desmayó. Su cabeza rizada golpeó el suelo. Y todos los filósofos presentes comprendieron que se habían estado engañando, hora tras hora. No era cierto que la eterna belleza infinita les atrajera desde el más allá. Sócrates iba a beber una hedionda copa de veneno y, después, ellos quedarían huérfanos, sin padre, en un  mundo vacío.

         Critón fue el único que conservó la serenidad. Era el más viejo del grupo y sabía que a él correspondía el próximo turno. Tomó las disposiciones necesarias.

         -¿Cómo quieres que te enterremos? –Preguntó, con la mayor indiferencia posible.

         -¿A mi? Pero, mi querido Critón, estaré ya muy lejos de ti, cuando me hayas cerrado los ojos. No vas a enterrar a Sócrates, sino al cadáver de Sócrates. Entiérralo a la antigua usanza ateniense.

         Cuando volvió del baño, Jantipa estaba allí de nuevo con los tres hijos. También habían venido con ella algunas viejas de la vecindad. Aquellas mujeres compasivas no podían dejar a su amiga en la estacada, en tan emocionantes momentos. No se veía todos los días a un moribundo.

         Esta vez, Jantipa no gritó ni lloró. Ahora estaba sola otra vez; eso era todo. Siempre, en realidad, estuvo sola. Timidamente se apartó de su esposo. ¿Por qué vivía y caminaba aún? La había abandonado hacia tiempo. Estaba ya en marcha. Ella También tenía cosas que hacer. En casa, había aún mucha colada pendiente. Un montón de túnicas y una docena de mantos, todo lo cual tenía que estar lavado para antes de la próxima fiesta.

         -¡Vamos chicos¡- gritó con  cascada voz- ¡Ve por delante, Lamprocles¡ -agregó dando un sopapo al mayor-.¿Tengo que enseñarte a andar? –Después enderezó su delgada figura. ¿Por qué Sócrates le dejaba sola? ¿Estaba rehuyendo de nuevo sus deberes domésticos? Había vivido con un extraño. Un extraño había desgarrado y fecundado sus entrañas ya nunca más sentiría su aliento y su sudor. -¡Felíz Viaje, Sócrates¡ -dijo a su esposo, fría y distante como el primer día.

         Algo irrevocable se había interpuesto entre los dos. Su corazón se detuvo. Perdidos los sentidos, cayó desmayada en los brazos de un esclavo. Hubo que retirarla.

         El feo carraspeó.  No le gustaban los discursos. Pero tenía que recordar a las gentes que existían.

         -Supongo que no te quejarás de mi, Sócrates, si cumplo las ordenes de las autoridades. No me maldecirás, por qué sabes quienes son los culpables. Te enojaras con ellos, no conmigo.

         -Obedezcamos –dijo Sócrates sonriendo.

         -¿Cómo? –observó Critón. Era el único que podía hablar-. El sol está todavía por encima de las montañas. Todo le mundo puede ver que todavía no ha recorrido su camino. Y algunos han bebido muy tarde, no inmediatamente después de llegada la hora. Han comido y se han divertido. Algunos incluso se hicieron traer una mujer.

         -¿He de ser tan tacaño como mi vida, ahora que no queda nada por salvar? – preguntó Sócrates-. ¿Qué debo hacer? –no es difícil contestó el feo.

         No, era sorprendentemente fácil.

         -No tienes más que beber rápidamente y luego pasearte hasta que sientas cansancio en los muslos. Después todo irá bien.

         El verdugo presentó la copa de cicuta.

         La mano de Sócrates no tembló. Todos a su alrededor quedaron asombrados de la firmeza con que agarró la copa. No hubo el menor cambio de color o de expresión en su rostro, según declaró Felón a Equécrates.

         -¿Puedo derramar una libación? –interrogó. Fue su última pregunta.

         – Desgraciadamente, no –dicen que respondió el feo-. Ponemos la cantidad de veneno estrictamente necesaria.

         -Pero puedo rogar para que el viaje sea feliz. Y, efectivamente luego de tal fin. Esto si puede hacerse.

         Estaba animoso y tranquilo cuando se llevó la copa a los labios y bebió, según cuenta Felón.

         Los últimos rayos del sol poniente se desvanecían tras las montañas. A una ventana de la casa de la ciudad estaba asomado Anito, pálido como un muerto, apretados los labios, parpadeando ante la luz crepuscular.

         En la habitación, todos lloraban. El llanto de los hombres es algo muy diferente.

         Sócrates, contra su costumbre, increpó a sus amigos: -¿Habéis perdido la vergüenza, extrañas criaturas? ¿Estáis llorando? ¡Si es por esto por lo que alejamos a las mujeres¡ ¡para evitarnos escenas de este genero¡ Siempre he oído que haber . . . –se tendió en la balda de madera. Le costaba ya mucho trabajo andar- . . . un reverente silencio cuando alguien se está muriendo.

         Todo el mundo contuvo sus lágrimas. Cuando los hombres callan, el silencio tiene una profunda significación.

         El feo se aproximó al lecho. Presionó los callosos pies planos de Sócrates. Lo hizo con fuerza, con expertas manos.

         -¿Sientes esto?

         -No – respondió el moribundo con serenidad.

         -¿Y esto? –preguntó el feo a continuación, presionando los helados muslos.

         -Tampoco.

         Pero lo brazos todavía se movían. Con un enorme y doloroso esfuerzo, Sócrates se cubrió el rostro. Era conveniente hacer aquello en el momento en que la muerte llegaba.

         Pero, de pronto, apartó la manto con que había cubierto su cabeza. Tenía algo que decir. No podía dejar de hablar.

         -No os olvidéis . . . de que debemos . . . un gallo. . . a Esculapio. . .

         Con sus últimos suspiros se oyó algo parecido a ”!Ofrendadlo¡” Pero no fue posible comprenderlo bien. Había que hacer un sacrificio de acción de gracias al dios de la salud, por haber librado a otro mortal de la fiebre que llaman vida. ¡A aquel ídolo ridículo! Sócrates murió con aquella cortes y levemente irónica obediencia a la ley en sus labios.

         -En cuanto el veneno llegue al corazón, habrá terminado todo –aseguró el feo a los amigos.

         -¡Sócrates!, ¡Sócrates!, ¡Sócrates! –lloró el viejo Critón-.

Tal vez tienes algo más que decirnos. ¡Dinos algo!

No hubo respuesta.

El deforme y desmañado cuerpo se crispó. Después, cayó de espaldas.

Critón se inclinó sobre el cadáver. Cerró sus ojos y tuvo, además, que cerrar su boca.

Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp.372-375/ 387-390, Editorial Sudamericana.

 

 

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