Historia de las Doctrinas Filosóficas


La vida Privada y Pública de Sócrates, El jucio. by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:43 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Hola, con esto comienzo, las entradas respecto a la vida de Sócrates, mi libro tiene capitulos, entonces a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos, por eso se ve un buen.

Besos fari

JUICIO

 

El demonio enmudeció. Ni una palabra, ni una advertencia, ni una prevención acompañó a Sócrates en su marcha por la ciudad. Por tanto debía de ser un buen camino, por el cual se podía viajar sin peligro.

La vieja casa de Alopeke desaparecía lentamente en la niebla matutina que descendía por las colinas de los alrededores. Durante más de dos siglos había visto venir a los hijos y marcharse a los ancianos de una honorable familia. Ahora se iba otro. Se iba derecho, con arrogancia, sobre sus endurecidos pies descalzos. AL pie de la sagrada montaña de Licabeto se detuvo un instante para expresar su respeto a los dioses de los árboles, a las ninfas del bosque y a los genios de las aguas. No era que los tomase demasiado en serio. Pero tenía la historia de cada árbol y arroyo de su patria en la cabeza –mejor dicho, en su corazón-, y quería una vez más mostrar su indulgente reverencia hacia todos aquellos relatos atrevidos, alegres y no muy respetables. En la Estigia, la corriente de los muertos, no habría genios del agua que bailaran la danza de la trucha.

Tal vez uno debió haber salido con más frecuencia y no haber respirado siempre el polvo de la sofocante ciudad. Atenas era propicia a las plagas. Pero cuando Sócrates penetró por la puerta de Diome y se vio en medio de una multitud cada vez más apiñada de toscos y recelosos campesinos que llevaban sus géneros al mercado matutino; cuando pasó al lado de los centinelas que saludaban a los peatones conocidos con ingeniosidades indecentes; cuando tropezó con los primeros mendigos y holgazanes callejeros y cuando oyó las primeras charlas del mercado, mientras se iniciaban las tareas cotidianas, comprendió claramente que aquella ciudad propicia a las plagas era el único ambiente adecuado para él. No tenía que lamentarse porque ahora resultara una víctima. Dirigió una última mirada al monte Licabeto. Durante setenta años había admirado su cumbre, mañana y tarde. Ahora le parecía que la sagrada montana estaba bajo sus pies. Uno se eleva cuando se despide. Uno crece. De otro modo el demonio no hubiera podido permitir que sucediese lo que estaba sucediendo.

Más allá del viejo templo de Serapis, el torrente de la calle de los Trípoides se rompía contra el pomposo edificio del Pritaneo. Aquí se animaron las miradas que se dirigían a Sócrates. Aquí se vio rodeado de curiosidad mezclada con simpatía y morboso placer. Aquí los dichos agudos rasgaban el aire y había una alusión en cada sonrisa. La ciudad sabía lo que pasaba. El héroe de un proceso sensacional iba al juicio. “!Hasta luego”!, le dijeron algunos. Y después, en la barbería, comentaron: “He visto a Sócrates en su último paseo. Hay que reconocer que su aspecto era muy decoroso. Iba imperturbable……” Un chusco gritó: “¡Hasta la vista en el Pritaneo!”

Sócrates dio vuelta a la Acrópolis. Los templos y edificios de mármol blanco reflejaban el sol mañanero de mayo como la helada nieve polar. NI el maravilloso azul del cielo griego que hacía vibrar el ambiente, llamó la atención del profesor. Hasta llegar al Cerámico, el mercado de los alfareros, donde los esclavos trabajaban en los talleres y negocios y los amos hablaban de política con vacilantes clientes hasta que se concertaba alguna venta, no miró a su alrededor a impulsos de su insaciable curiosidad. Aquí había algo en marcha. Aquí los expertos trabajaban. Aquí, con todo a aquel desaliño, había una vida inteligentemente ordenada.

Ya sólo quedaban unos pasos. “Gracias te doy, Apolo, por consentir que la voz calle hasta el final. El silencio es asentimiento que la voz calle hasta el final. El silencio es asentamiento, lo sé. Ya estoy llegando. A la vuelta de la esquina están la Pnyx y el tribunal. Y más allá, derechamente, está la muerte.”

         -¡Aquí viene! – exclamó Anito, de pie en los estrados.

Hasta aquel momento tuvo esperanzas, aunque no lo dijo, de que Sócrates no viniera. Se limitó a mirar a los hombres que tenía a su derecha e izquierda -el poeta Mileto y el orador Licón-, con expresión de quien está acostumbrado al mando. Eran como dos perros de caza bien entrenados.

Actuaban sin palabras, no necesitaban órdenes. Había tres estrados en la sala de justicia azul, la mayor de la ciudad, aunque insuficiente para aquel juicio sensacional. En el del centro había una especie de trono, donde se sentaba la sombra de un rey de barba blanca: el arconte basileo. A la izquierda estaba la bema, la plataforma para el acusador. Mileto, que iba a iniciar el combate, se secaba la frente humedecida por un sudor frío. Trataba de interpretar los murmullos de la multitud, que llegaban hasta él incomprensibles, excitados y amenazadores. En los juicios de Atenas, el público tenía una participación activa; en realidad, representaba el principal papel. Sí sus simpatías eran para el acusado, el asunto estaba perdido. El orador Licón, a su lado, confiaba en el auditorio. Conocía a los orgullosos hombres de Atenas, verdaderos niños si se sabía tratarlos. Licón sabía su oficio. Hacía muy poco tiempo, con un untuoso discurso, había disuadido a la Pnyx de acudir en socorro de la pequeña ciudad de Naupacta, asaltada por los espartanos. Esparta le pagó en dinero contante y sonante, y Atenas lo aplaudió. Ahora le aplaudirán de nuevo.  Anito, que asistía al acusador Mileto como segundo synegorus, se sentiría morir al escuchar aquellos aplausos.

Con manifiesta torpeza, Sócrates subió a la antibema, a la derecha del presidente. Ahora todos podían verle. Algunos se levantaron de sus asientos, con la intención de ayudar al anciano a subir. Hubo una cálida ola de simpatía por el acusado. Hasta ayer se habían mofado de él en el pozo, en la plaza del mercado, en las barberías y en las tabernas. Pero, al verlo, sentían todos la especie de timidez que la presencia del filósofo inspiraba. Se podía hacer burla de Sócrates, se podía hasta envenenarle, pero no era posible odiarle. En el fondo era una buena persona. Únicamente era un majadero, pero tan  majadero que resultaba un infractor de leyes.

¿Por qué no había traído consigo a la mujer y los hijos?

Los lamentos y lágrimas de la esposa y la prole del acusado formaban parte de todas las defensas. El tribunal no aceptaría mansamente aquel desafío a las tradiciones consagradas.¿Por qué no tenía a su lado a un consejero legal? Se decía que había re chazado la ayuda del doctor Lisias; todos los muchachos del Liceo lo sabían. Aquel solitario despreciaba a la humanidad. No era razonable poner esto de manifiesto ante los quinientos jurados que, en fin de cuentas, eran hombres también.

Sócrates no estaba completamente desamparado. En los bancos de piedra donde la multitud se apiñaba se habían agrupado sus amigos. Critón, el viejo vecino se apoyaba en el brazo de su hijo Cristóbolo. La gota hacía doloroso cualquier movimiento, pero, de todos modos, era preciso arrastrarse hasta allí. Tal vez el calor del afecto de un sencillo corazón amigo hiciera algún bien. El hermoso Platón y su hermano Adimanto miraban derechamente, si decir una palabra. La apasionada juventud, Apolodoro, Hermógenes –el miembro mendigo de una familia de millonarios-, Hipónico, Antístenes, Aristipo, Eantadoro, todos trataban de ocultar su febril excitación con charlas intrascendentes sobre temas filosóficos. Los admiradores de Sócrates habían venido desde todas partes de la Hélade. Allí estaban Fedo de Elís, Euclides de Megara. Allí estaban los hermanos Simmias y Cebes de Tebas, con el aspecto de típicos provincianos toscos y sin cultura, pero decididos a dedicar su entera y no despreciable fortuna a la liberación de Sócrates. Separados del auditorio por cuerdas y vallas, los bancos de los jueces estaban cubiertos de esteras. Los jueces hicieron su entrada en apretadas filas. Eran quinientos ciudadanos elegidos a la suerte, casi todos viejos, la mayor parte de natural pacífico y amable, y todos con la preocupación se acabar cuanto antes con aquel desagradable asunto y volver a casa para la hora de comer. Como signo de su dignidad, llevaban una gruesa vara de roble en su mano derecha. En su mano izquierda llevaban la tablilla de cera donde tenían que consignar su veredicto.

Gritos de heraldos. Ofrendas de fuego. Oraciones.

El secretario del tribunal leyó con voz monótona y casi ininteligible la querella y la réplica de la defensa.

El arconte basileo emplazó a acusador y acusado. Ambos juraron decir la verdad, pidiendo que, de no decirla, los dioses les castigaran terriblemente en unión de sus familias.

         -Odio a Sócrates. Mi padre lo odió. Mis hijos le odiarán.

-Así, con su toque de clarín, comenzó Mileto su ataque. Esta manifestación de odio personal era indispensable para que el acusador público no se expusiera a la sospecha de que alguien le había pagado para proceder contra el acusado-. Sócrates corrompe a la juventud, corrompe a la ciudad. Falsifica la religión. No cree en los Dioses. En su lugar coloca a su demonio. Dice que también éste es una divinidad. No, yo digo que ese demonio no es un dios. Si no fuera así, yo debería saberlo. Soy un poeta por profesión; es mi oficio conocer el mundo de los dioses. Pero nunca oí nada de tal demonio hasta que Sócrates lo anunció a tambor batiente en la plaza del mercado. Todos los poetas odian a Sócrates. Se burla de nosotros de la misma forma que de vosotros. Pero se burla también de los dioses y este es un pecado que no tiene perdón. ¡Mirad cómo se ríe ahora ante vuestros mismos ojos, hombres de Atenas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tarea era demasiado grande para los quinientos hombrecitos a quienes se había confiado el veredicto. Tal vez hubieran encontrado una salida, si hubiesen discutido el asunto entre ellos. Pero en aquel tiempo, se desconocían las consultas entre los jurados. Había una urna delante y otra detrás. El que introdujera su voto en al urna de delante lo absolvía; el que elegía la urna de detrás lo condenaba. Como hormigas a la que se ha molestado, los jurados entraron en actividad. Cada uno de ellos tenía que ponerse de acuerdo consigo mismo. ¿Cómo había que juzgar a un loco que era un hombre de honor, a un enemigo de la democracia que era un viejo y bravo soldado y un héroe de la lucha contra la dictadura, a un innovador religioso que era un devoto adorador de los dioses, a un corruptor de la juventud que era un descubridor del hombre, a un despreciador de la tradición que era un antiguo ateniense?

La altanera negativa a suplicar misericordia, el tono doctoral con que el acusado se había tomado la libertad de señalar al tribunal sus deberes, la falsa nota final, cuya claridad cristalina percibieron muy pocos. . . He aquí los elementos que determinaron la decisión.

         -¡Doscientos ochenta votos por la condena contra doscientos veinte votos por la absolución! –anunció el arconte basileo, una vez computada la votación.

Todo no estaba perdido. Por el contrario, tan escasa mayoría en una decisión de culpabilidad nunca aparejaba la pena de muerte. Cabía ahora el destierro, la confiscación de la propiedad o talvez una simple multa de alguna consideración.

Sólo el acusado tenía derecho a hablar sobre la extensión de la pena; el acusador ya había solicitado la pena de muerte.

         -Estoy asombrado, hombres de Atenas, de que no haya sido más numerosa la mayoría que me ha reconocido culpable –comenzó Sócrates. Su voz era clara y tranquila- No guardaré rencor por lo que ha sucedido.

¡Por Hera! ¿Todavía estaba dominado por el demonio del orgullo? Ya no se debatían cuestiones de principio ahora estaba en juego el pescuezo y nada más.

         -El acusador pide la pena de muerte. ¿Qué propuesta haré yo? Desde luego, la del castigo que a mi parecer merezco ¿Qué merezco por no haber vivido cómodamente, por no haberme ocupado del bienestar ni de las riquezas, por no haber ambicionado cargos ni honores, por no haber tenido otro objetivo que haceros mejores y más razonables? Creo que algo que sea adecuado para mi persona. Y ¿qué puede ser adecuado para un hombre a la vez pobre y bienhechor?  ¡Comer diariamente en el Pritaneo!   Tal es mi propuesta.

Ahora, el alboroto fue infernal. En el auditorio, la lucha de las opiniones se libraba a puñetazos. El joven Platón fue arrojado escalinata abajo y su cabeza rebotó de grada en grada. Los jurados se levantaron de sus asientos. ¿Iban a dejarse burlar  por un criminal? El arconte basileo no podía establecer el orden. El heraldo se acercó a Sócrates. Comprendió que tendría que tocar muy pronto, con su báculo laqueado de rojo y la mayor suavidad posible, la cabeza de un hombre condenado a muerte, Los Once, los alguaciles de la prisión, preparaban ya las calderas con que Sócrates iba a ser aherrojado.

         -Probablemente, pensáis que hablo así por engreimiento. No hay nada de eso. –No, verdaderamente no era engreimiento. Era un orgulloso y libre adiós a la  vida-. Se trata sencillamente de que no quiero ser injusto conmigo cuando he tratado siempre de no serlo con nadie. Y hubiera sido injusto conmigo, si hubiese hablado como si mereciese un castigo. No sé si la muerte es un bien o un mal. Pero ¿voy a proponer la prisión, donde sería tratado peor que un esclavo, sin otro motivo que el de prolongar un poco mi vida? Esto no sería justo. ¿El destierro? ¿Emigrar a  mi edad y andar de ciudad en ciudad, siempre en movimiento? En todas partes los hijos me escucharían y, en todas partes, los padres me pondrían en la puerta, pues, como veis, ni en mi propia patria me soportan. De todos modos, me sería imposible permanecer callado e inactivo en el sitio en que estuviera. Si me retirase de su servicio traicionaría a la divinidad. Mi servicio no ha terminado. . .

         En aquel momento, tuvo Sócrates una sensación que trato en vano de explicar hasta su último suspiro. ¿Le quedaba aún algún deseo de vivir? ¿Ahora, cuando miraba cara a cara a la muerte? ¿Sentía aún el atractivo de los baños matutinos en el pozo, de las injurias de Jantipa, de las interminables conversaciones filosóficas con sus amigos, de la permanente delicia de oír los latidos del propio corazón? ¿Era sólo, en verdad, que no quería abandonar el campo de batalla en que la divinidad le había colocado?

Sócrates llegó a una transacción.

         -Se poseyese fortuna, propondría el pago de una fuerte multa. La pérdida de dinero no me afectaría. Pero no soy rico y sólo puedo proponer lo que puedo pagar. Tal vez pudiera pagar una mina. Es esto lo que propongo como castigo.

         “!Dos minas. . .   tres. . .   cinco. . .   veinte. . .    treinta. . . ¡”, gritaron sus amigos con entusiasmo. Reunirían entre ellos todo el dinero necesario. Presentarían todas las garantías exigibles. Les brillaron los ojos y se colorearon sus mejillas.

No, la vida era algo más que una mera enfermedad. Valía la pena de vivir, cuando se tenía amigos.

         -Entonces, propongo una multa de treinta minas y estos hombres que veis aquí constituirán mi garantía.

  Demasiado tarde

Los sarcasmos de Sócrates aún resonaban en los oídos de los jueces. ¿Quería que le sirvieran la comida en el Pritaneo? ¿Quería beber vino de Creta todos los días? ¿Qué es lo que el acusador Licón había dicho? El jugo de la cicuta también tenía un sabor agradable.

Los jurados sacaron sus tablillas de cera. Una raya larga significaba la absolución. Una raya corta significaba la muerte. Trescientos sesenta jurados grabaron en la cera rayas cortas. Había entre ellos ochenta que habían votado a favor de Sócrates en la primera votación.

En el tumulto que siguió, nadie puro oír lo que el arconte basileo anunciaba. Solo vieron que el heraldo bajaba lentamente su báculo sobre la cabeza del hombre condenado. Pero, a continuación, oyeron la voz de Sócrates que les increpaba por última vez:

-Solo por ganar, en verdad, muy poco tiempo, habréis conseguido, ¡oh, atenienses!, una triste celebridad. Si hubieseis esperado un poco, vuestros deseos se hubieran cumplido por sí miso. Porque, evidentemente, os dais cuenta de mi avanzada edad y de lo cerca que estoy de la muerta. Os dejo como convicto de pena de muerte. Pero mis acusadores son reos de lesa verdad. Esto me reconforta en mi sentencia. Tal vez eso tenía que llegar y esté bien que así sea.

Los Once avanzaron hacia Sócrates. Hicieron sonar las cadenas ¿Acabaría de hablar el profesor?

¡Sagrado Olimpo, aún seguía hablando!

-Esperaba lo que me ha sucedido hoy. La voz no me lo previno. Permaneció silenciosa todo el día. Esto significa que lo que me sucede no puede ser malo. Tenemos motivos para suponer que la muerte es un bien. Digo esto especialmente a aquellos que votaron en mi favor. No deben de estar tristes. La muerte es un eterno y profundo sueño sin sueños y, por tanto, un maravilloso avance –por-que entonces la eternidad es solamente una noche de bien-aventuranza-, o es verdaderamente el paso a otro mundo. En este segundo caso, los jueces de los muertos, ahí abajo, serán unos jueces justos y yo pasaré la eternidad hablando con Orfeo y Museo, con Homero y Hesíodo. Para el hombre de bien no hay mal posible, ni en la vida ni en la muerte.

Se volvió hacía los Once.

-Ya se que es hora de marchar. Yo a la muerte; vosotros –con una última mirada abrazó a toda la ciudad de Atenas-, a continuar viviendo. A quien corresponde el mejor destino, es cosa que nadie sabe, salvo la divinidad.

Cuando le arrastraban afuera, encadenado de pies y manos, de modo que no pudiera moverse, Anito, el último en abandonar el tribunal, pensó: “Tal vez te equivocas de nuevos, mi sabio Sócrates.!Quedan todavía treinta días!”

 

Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp.372-375/ 387-390, Editorial Sudamericana.

 

 

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