Historia de las Doctrinas Filosóficas


Opiniones y testimonios by carlamariana
19 octubre, 2008, 12:04 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

“Si uno se halla muy cerca de Sócrates en una discusión o se le aproxima dialogando con él, le es forzoso, aún si empezó a dialogar sobre cualquier otra cosa, no despegarse, arrastrado por él en el diálogo, hasta conseguir que dé explicación de sí mismo, sobre su modo actual de vida y el que ha llevado en su pasado. Y una vez que ha caído en eso, Sócrates no lo dejará hasta que lo sopesa bien y suficiente todo”.

Laques, 187e-188a.

En Las nubes, representada por vez primera en el teatro de Dioniso en la primavera del año 423 a. C., Aristófanes ofrecía a los atenienses una caricatura de ese conciudadano filósofo que rehusaba aceptar el sentido común sin la previa investigación de su lógica hasta extremos insolentes. El actor que hacía de Sócrates aparecía en escena en una cesta suspendida de una grúa, pues declaraba que su mente funcionaba mejor a gran altura. Se hallaba inmerso en tan profundos pensamientos que no tenía tiempo para lavarse o para realizar las tareas domésticas, por lo que su manto apestaba y su cada estaba plagada de bichos, pero al menos podía ocuparse de los interrogantes más cruciales de la existencia. Entre ellos figuraban los siguientes: ¿cuántas veces puede saltar una pulga la longitud de su cuerpo? ¿Los mosquitos zumban por la boca o por el ano? Aunque Aristófanes no entraba a detallar los resultados de las preguntas socráticas, el público debía de hacerse una idea adecuada de su relevancia.

 

Aristófanes estaba fraguando una familiar crítica dirigida contra los intelectuales: que con sus preguntas se apartaban más de la sensatez que quienes nunca se han enzarzado en el análisis sistemático de algún asunto. Entre el autor teatral y el filósofo se ponía de manifiesto una antitética valoración del grado de adecuación de las explicaciones ordinarias. Mientras que, a ojos de Aristófanes, los que están en sus cabales se conforman con saber que las pulgas saltan mucho dado a su tamaño y que los mosquitos emiten ruido por algún sitio, acusaban a Sócrates de una maniaca desconfianza en el sentido común, así como de albergar un perverso apetito de alternativas fútiles y rebuscadas.

 

Poco después de la muerte del filósofo, los ánimos empezaron a cambiar. Isócrates refiere que el público que asistía a la representación del Palamedes de Eurípides estallaba en lágrimas cuando se mencionaba el nombre de Sócrates. Diodoro cuenta que hubo eventuales linchamientos de sus acusadores por parte del pueblo de Atenas, Plutarco nos dice que los atenienses desarrollaron semejante odio hacia los acusadores que se negaban a entrar con ellos a los baños y que les condenaron al ostracismo hasta que, presas de la desesperación, acabaron por colgarse. Según el recuento de Diógenes Laercio, sólo en el breve periodo que siguió a la muerte se Sócrates la ciudad condenó a muerte a Meleto, desterró a Ánito y a Licón y erigió una costosa estatua de bronce de Sócrates, obra del gran Lisipo.

 

 

Bibliografía: A. de Bottom. Las consolaciones de la filosofía. Taurus. Madrid. 2001. pp.9-39.

 

 

 

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