Historia de las Doctrinas Filosóficas


Diálogos platónicos, Laques y Menón by carlamariana
19 octubre, 2008, 12:07 am
Filed under: Pensamiento

LAQUES

Según refiere Platón en Laques, una tarde, en Atenas, el filósofo se encontró con dos estimados generales, Nicias y Laques. Los generales habían combatido contra los ejércitos espartanos en las batallas de la Guerra del Peloponeso y se habían granjeado el respeto de los ancianos de la ciudad y la admiración de los jóvenes. Ambos morirían como soldados: Laques en la batalla de Mantinea, en el año 418 a. C. y Nicias en la fatal expedición a Sicilia en el 413 a. C.

 

Los generales se aferraban a una idea de sentido común. Creían que para ser valiente, una persona había de pertenecer a un ejército, avanzar en la batalla y matar a sus adversarios. Pero, al encontrarse con ellos por la calle, Sócrates se animó a hacerles algunas preguntas más.

 

SÓCRATES: Con que intenta responder a lo que digo: ¿qué es el valor?

LAQUES: ¡Por Zeus!,  Sócrates, no es difícil responder. Si uno está dispuesto a rechazar, firme en su formación a los enemigos y a no huir, sabes bien que ese tal es valiente.

 

Pero Sócrates recordó que, en la batalla de Platea del año 479 a.C . fuerzas griegas, bajo el mando del rey espartano Pausanias, inicialmente se habían batido en retirada para vencer luego con audacia al ejército persa dirigido por Mardonio:

 

SÓCRATES: Pues dicen que los lacedemonios, Cuando en Platea se enfrentaron los guerróforos persas, no quisieron pelear con ellos aguardando a pie firme, sino que huyeron y, una vez que se quebraron las líneas de formación de los persas, dándose la vuelta como jinetes, pelearon y así vencieron en aquella batalla.

 

Forzado a seguir pensando, Laques avanzó una segunda idea de sentido común: que el valor era un tipo de resistencia. Mas la resistencia, señaló Sócrates, podía dirigirse hacia fines temerarios.

Para distinguir el auténtico valor del delirio se precisaba otro elemento. El compañero de Laques, Nicias, guiado por Sócrates, sugirió que el valor tendría que implicar conocimiento, conciencia del bien y el mal y que no siempre podría limitarse a cuestiones bélicas.

 

MENÓN

En el Menón platónico, Sócrates volvía a conversar con alguien sumamente confiado en la verdad de una concepción de sentido común. Menón era un aristócrata que de hallaba de visita en el Ática, procedente de su Tesalia nativa, y tenía su idea sobre la relación entre el dinero y la virtud. Para ser virtuoso, explicó a Sócrates, hay que ser muy rico, y la pobreza es invariablemente un fracaso personal y no un accidente.

 

El hombre virtuoso, informó Menón a Sócrates mostrando seguridad, es alguien que posee una gran fortuna y puede permitirse cosas buenas.

 

SÓCRATES: ¿Y no llamas cosas buenas, por ejemplo, a la salud y a la riqueza?

MENÓN: Y también digo el poseer oro y plata, así como honores y cargos públicos.

SÓCRATES: ¿No llamas cosas buenas sino sólo a esas?

MENÓN: No, sino sólo a todas aquellas de este tipo.

SÓCRATES: ¿No agregas adquisición, Menón, las palabras “justa y santamente”, o no hay para ti diferencia alguna, pues, si alguien se procura esas cosas injustamente, tú llamas a eso también virtud?

MENÓN: De ninguna manera, Sócrates.

SÓCRATES: ¿Vicio, entonces?

MENÓN: Claro que sí.

SÓCRATES: Es necesario, pues, según parece, que a esa adquisición (de oro y plata) se añada justicia, sensatez, santidad o alguna otra parte de virtud. (…) El no buscar oro y plata, cuando no sea justo, ni para sí ni para los demás, ¿no es acaso ésta una virtud, la no adquisición?

MENÓN: Parece.

SÓCRATES: Por tanto, la adquisición de cosas buenas no sería más virtud que su no adquisición (…).

MENÓN: Me parece que es necesariamente como dices.

 

En un momento, Menón había aprendido que el dinero y la influencia no eran atributos necesarios ni suficientes de la virtud. Los ricos podían ser admirables, pero ello dependía de cómo hubieran adquirido su riqueza. Análogamente, la pobreza no podía, por sí sola, revelar nada acerca de la talla moral de un individuo. Ninguna razón justifica que un rico considere que sus bienes son garantía de su virtud. Ninguna razón exige al pobre imaginar que su indigencia es señal de su depravación.

 

 

Bibliografía: A. de Bottom. Las consolaciones de la filosofía. Taurus. Madrid. 2001. pp.9-39.

 

 

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