Historia de las Doctrinas Filosóficas


Introducción: by corrazo
15 octubre, 2008, 10:57 pm
Filed under: Sócrates el Filósofo

EL MAESTRO DE LA INTERROGACIÓN

Sócrates es el fundador de la filosofía

moral o ética. Además, sentó las bases

de un peculiar método para alcanzar

la verdad mediante un proceso basado

en la continua formulación de

preguntas.

SÓCRATES FUE EL PRIMER gran filósofo griego nacido en la misma Atenas, que en aquellos momentos gozaba de su edad de oro. Nació hacia el año 470 a. C. y murió en el 399 a. C., dejando una mujer y tres hijos. Durante su juventud estudió entre los filósofos presocráticos, quienes a su manera intentaban entender el mundo natural que nos rodea. Dos son los principales defectos que observa en ellos:

El primero es que todos están reñidos entre ellos. Sus postulados no son más que un cúmulo de teorías opuestas que resultan a simple vista imposibles de conciliar. A pesar de que proponen ideas sumamente originales sobre el mundo, lo cierto es que carecen de un método crítico y fiable que permita averiguar cuál de ellas se encuentra más próxima de la verdad, en el hipotético caso de que haya alguna. La segunda objeción va más allá y sostiene que, a efectos prácticos, lo cierto es que no tiene la menor importancia práctica saber cuál de esas ideas es correcta. En este sentido, Sócrates se pregunta qué importancia tendría en la vida cotidiana el hecho de saber la distancia que hay entre el Sol y la Tierra o la extensión total del Peloponesio. Para el filósofo, saber estos datos técnicos no supondría ningún enriquecimiento sustancial del saber sobre el comportamiento humano. Y es que, según Sócrates, lo que sí es necesario saber es cómo dirigir nuestras vidas y a nosotros mismos. Así, preguntas tales como qué es el bien, lo correcto o la justicia revisten una importancia trascendental, ya que, si se logran responder, los efectos que pueden llegar a producir en la vida de los hombres son mucho más profundos e importantes.

Sócrates era consciente de que nadie tenía la respuesta a ninguna de estas preguntas, ni él ni tampoco los sofistas, que aparentaban saberlo todo. Así, aun cuando el oráculo de Delfos lo distinguió como el más sabio de todos los hombres, él afirmaba que lo único que sabía es que no sabía nada. Tal era el estado del conocimiento para Sócrates, tanto en lo referente al mundo externo como al de la naturaleza humana. Así que Sócrates se dedicó a vagar por las calles de Atenas planteando todo un conjunto de sencillas preguntas sobre la moralidad y la política a todo aquel que quisiera escucharlo. El dejaba al descubierto la ignorancia de aquel que creía saber para hacerle ver, tal como le había dicho el oráculo de Delfos, que lo único que se es capaz de saber es que no se sabe nada. Por otro lado, lograba a un tiempo implicar a su auditorio en un apasionado debate filosófico sobre las cuestiones fundamentales de la naturaleza humana. Aunque Sócrates no solía aportar él mismo ninguna respuesta o solución concluyente a la pregunta planteada (y aun en el caso de hacerlo insistiría de forma reiterada y siempre de acuerdo con el método aplicado en que dicha respuesta debía ser probada y cuestionada, de ahí que difícilmente pudiera considerarse corno una respuesta definitiva), lo cierto es que siempre lograba que los interlocutores tomaran plena conciencia de las dificultades inherentes que se hallaban en la resolución de una pregunta que, en un principio, parecía de lo más sencilla.

¿QUÉ SE ESCONDE TRAS LAS PALABRAS? Cuando Sócrates pregunta en qué consiste la justicia no está pidiendo que alguien le dé una simple definición formal. Así, el hecho de que el calificativo «justo» se pueda aplicar a una extraordinaria variedad de personas, decisiones, leyes y situaciones, la palabra sugiere, siempre según Sócrates, que existe un nexo común entre todas estas acepciones, que es lo que se podría denominar justicia; y es precisamente la característica de esta cualidad común lo que el filósofo pretende desvelar. En otras palabras, está convencido de que existe algo interés que despertó -en el que sin duda influyó el enorme carisma que poseía entre los atenienses- que allá donde fuera iba siempre rodeado de una multitud, sobre todo de jóvenes. Siempre seguía el mismo procedimiento. Elegía un concepto de los que más influencia ejercían sobre la vida de los hombres, por considerarlo fundamental, como por ejemplo la amistad, el valor, la piedad religiosa. A continuación, solicitaba entre su concurrido público que alguien respondiese, y acto seguido sometía la respuesta a un detenido examen formulando al interlocutor toda una serie de preguntas acerca del asunto en cuestión. Así, por ejemplo, si alguien afirmaba que el valor era básicamente la capacidad de aguante, Sócrates replicaba: «¿Y qué hay de la obstinación? La gente obstinada es capaz de mostrar una gran perseverancia y, por tanto, una resistencia encomiable. ¿Es esto valor? ¿No es acaso digno de admiración?». De este modo tan sutil el filósofo lograba que su interlocutor legase a rebatir su propia respuesta o, cuando menos, ponerla en duda. El resultado era que tras el examen interrogatorio se demostraba que la respuesta planteada era errónea. Así, Sócrates hacía ver al interlocutor y al público presente que si bien en un principio creían saber a que era el valor, lo cierto es que al final se mostraban capaces de definirlo.

Este peculiar método socrático basado en la formulación de preguntas se hizo célebre, y le permitía al filósofo griego matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, real, si bien no de tipo material, sino como un tipo de esencia o abstracción real, que es a la que alude la pregunta inicial. Esta concepción será retomada por su discípulo Platón, quien postula la existencia de una serie de Ideas abstractas que constituyen una entidad superior, perfecta e invariable, situada por encima de las manifestaciones imperfectas y variables que adopta en el mundo terrenal.

Los revolucionarios postulados de Sócrates hicieron de él una figura altamente subversiva e incómoda a los ojos de las autoridades. No en vano, se dedicaba a enseñar a los jóvenes a que se cuestionaran todo y superaran su ignorancia, algo lógicamente contrario a los intereses del poder y la autoridad. Así pues, Sócrates se convirtió en una figura tanto amada como odiada, e incluso en una ocasión fue caricaturizado en una representación de Las nubes (423 a. C.), una comedia de Aristófanes, durante la celebración de un festival en la ciudad. Al final las autoridades decidieron arrestarlo acusándolo de corromper a los jóvenes y de no creer en los dioses de la ciudad, por lo que fue juzgado y condenado a morir ingiriendo cicuta. El relato detallado de su juicio y muerte constituye sin duda alguna uno de los momentos más trágicos de la historia del pensamiento. Probablemente lo que ha propiciado que Sócrates sea hoy en día uno de los filósofos más célebres es sin duda alguna el hecho de que con él se cuestionan de forma implacable los conceptos básicos sobre los que se había asentado toda la historia de la filosofía. Aunque no dejaba de afirmar que no tenía nada que enseñar, sino tan sólo preguntas que formular, lo cierto es que tal afirmación resultaba del todo falsa, ya que según se desprende de las líneas maestras que subyacen en todo su método, no cabe duda de que éste se vertebra sobre una serie de postulados o ideas filosóficas mucho más sólidas que lo que el mismo Sócrates hacía ver.

Una de ellas es el convencimiento de que toda persona que logre mantener intacta su integridad se encuentra a salvo de todo daño o peligro. Las incertidumbres que caracterizan este mundo son tan poderosas que cualquiera puede verse en un momento dado desposeído de todas sus propiedades o encarcelado injustamente, o fallecer a causa de un accidente o enfermedad. Pero todas estas eventualidades son inherentes a una siempre escurridiza existencia que de todos modos ha de acabar algún día. No obstante, en el caso en que el alma de cada uno haya permanecido íntegra y a salvo de los infortunios, todo ese cúmulo de adversidades pasará a ser una simple trivialidad. Y es que para Sócrates la peor de las calamidades para un hombre consiste en la corrupción del alma, de ahí que el verdadero daño no se encuentre en realidad del lado del que sufre una injusticia sino del que la comete. Así, concluye, nadie merece más compasión que aquel que comete una injusticia, y no la víctima de ésta.

Esta creencia hizo que Sócrates se convirtiera en todo un modelo a seguir para los estoicos, quienes varios siglos más tarde encontraron en él una especie de santo patrón. Otra de las firmes creencias del filósofo ateniense era el convencimiento de que nadie hace el mal de forma consciente. Para él no había duda de que si alguien tiene la certeza de que corre el riesgo de actuar de una forma incorrecta, simplemente no lo hace. Por esa misma regla de tres, en el caso de que alguien lo hiciese, en realidad esa persona no sería consciente de su equivocación en lo más profundo de su ser. De este postulado se deriva la idea de que la virtud es una forma del conocimiento. Ello explica el empeño de Sócrates por resolver interrogantes tales como la naturaleza de la justicia o del bien, cuestiones, a su parecer, fundamentales para poder actuar de la manera más justa. La búsqueda del conocimiento y la aspiración a la virtud se convierten en una misma cosa.

NO ENGAÑARSE UNO MISMO: No cabe duda de que pocos filósofos han ejercido una influencia tan grande como Sócrates. Él fue el primero en poner de relieve la importancia de la integridad de cada uno como una auténtica obligación personal, ajena a las leyes, la religión o cualquier tipo de autoridad. Este postulado, es obvio decirlo, ha ejercido una influencia incalculable a lo largo de los siglos. De hecho, no sólo estaba dispuesto a morir en manos de la justicia antes que defenderse contradiciéndola para demostrar su inocencia, sino que además no escapó, pudiéndolo haber hecho. Para él la integridad era lo primero, creencia que retomarían algunas de las figuras más sobresalientes de la historia. Tal es el caso de Jesús al preguntar: «¿Qué gana un hombre que acaba poseyendo el mundo entero a costa de engañarse a sí mismo?», o de Shakespeare: «Ante todo, lo importante es ser coherente con uno mismo».

Sócrates fue más allá que nadie al establecer el principio de que todo es cuestionable; en ese sentido, las respuestas no pueden ser breves y concluyentes ya que las mismas preguntas conducen a nuevos interrogantes. Es así como a partir de esta idea sentó las bases de un método llamado «dialéctica», basado en la sucesiva formulación de preguntas y sus respuestas hasta dar con la verdad. Este método ha permanecido vigente hasta la fecha, y en la actualidad se emplea sobre todo en la enseñanza. No es un método válido para todo tipo de aprendizaje, pero sí constituye un excelente medio para medir hasta qué punto se ha asimilado lo que se ha aprendido. Su efectividad será tanto mayor cuanto más profundo sea el grado de compenetración y entendimiento entre el alumno y el profesor, quien debe saber comprender las dificultades de aquél. Éste es el «método socrático».

Historia de la Filosofía; Bryan Magee

Xavier Corro

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