Historia de las Doctrinas Filosóficas


La vida Privada y Pública de Sócrates, El Oráculo. by vanfannel
26 octubre, 2008, 6:48 am
Filed under: Sócrates el Filósofo

Mi libro tiene varios capitulos, y a petición del señor Robert, se transcribió varias paginas de los capitulos para la antologia por eso se ve un buen. Soy fari

Este capitulo habla cuando se declara a Sócrates el hombre mas sabio.

pp 55-64

 

 

 

 

ORÁCULO.

 

La sibila balbuceaba. No eran palabras articuladas las exclamaciones que salían de su boca; eran sonidos primitivos, ruidos animales. Roncos murmullos, tartamudeos y gruñidos se fundieron al fin en estridentes gritos. Cuando sus pulmones quedaron completamente agotados, la sibila dejó caer su cabeza hacia delante. Estaba envuelta en los vapores estupefacientes que salían de una hendidura del suelo. Cualquier otro mortal hubiera sido ahogado por estos vapores, pero la pitonisa, el heraldo de las sabias órdenes de Apolo, inhalaba de ellos  nuevas fuerzas. Se levantó de su asiento de tres pies. Eran una figura enjuta, tan completamente cubierta contraída y fantasmal. Al peregrino arrodillado ante ella, le pareció que se hacía cada vez más alta. En poco tiempo, llegaría al olimpo. ¿Tocaban aún sus pies la tierra? Su cabeza llegaba ya al techo abovedado. ¿Era maravilla o ilusión? No se podía saber.

En todo caso, era algo magnifico. El oráculo de Delfos ofrecía algo muy serio a cambio del dinero que exigía. Muy poco dinero, desde luego. Este peregrino sólo podía entregar un escuálido carnero y dos jóvenes gallos. Pero el dios benevolente aceptó incluso esta modesta ofrenda y, a cambio de ella, tomó posesión de su profetisa. Apolo la esclarecía, la atormentaba, la llenaba de su gracia, como si una hecatombe de espléndidos toros y cebados bueyes hubiese sido conducida ante el altar y regalado el celestial olfato con el aroma de las abrasadas entrañas. Las entrañas no eran comestibles, desde luego. La carne, sin embargo – chuletas bien asadas y tostadas piernas- proporcionaba a los sacerdotes un agradable festín, una vez terminada la sagrada ceremonia. Había algunas ofrendas tan espléndidas que Delfos vivía de ellas durante todo el invierno. Pero a pesar de aquel saludable apetito, el oráculo estaba lejos de ser un simple asunto de glotonería. Cuando se trataba de modelar el alma de la Hélade, un carnero escuálido y dos jóvenes gallos producían las mismas maravillas que la más imponente de las hecatombes.

     La sibila, exhausta, se había desmayado. Sus blancos ropajes estaban empapados por el sudor. Parecía imposible que un cuerpo tan delgado pudiera traspirar tanto. Los últimos sonidos que emitió en forma entrecortada más parecieron la risa de una loca que un balbuceo. Intentó dar unos cuantos pasos de baile, pero en seguida resbaló y cayó al suelo. Su llama se había extinguido. Los sacerdotes agarraron a la pitonisa por debajo de los brazos, unos por la derecha y otros por la izquierda, y la condujeron  de nuevo a su celda poco aireada. Allí continuaría dormitando, en severa reclusión, escondida de la vista de todos, hundiéndose cada día un poco más en las tinieblas y en la locura, hasta que el dios la llamara de nuevo para el servicio a que estaba consagrada.

     El peregrino continuó al fondo, solo en el templo. No sabía que todos sus movimientos eran observados desde los oscuros nichos y desde mirillas secretas. Los vigilantes estaban siempre en guardia contra los ladrones del templo. No era tampoco conveniente dejar al creyente sin vigilancia, porque no eran raros los ataques de locura religiosa originados por el drama de la pitonisa. Pero la vigilancia era secreta e invisible. El peregrino se sintió anonadado mientras buscaba la salida entre aquellas largas naves de innumerables columnas. Al contemplar las salas de los tesoros, se daba perfecta cuenta de su pobreza. Ante las nobles estatuas y cuadros de la divinidad, su propia nulidad se hacía manifiesta. Al salvaje  desencadenamiento de los elementos seguía la calma del Olimpo. Aquel silencio tras la tempestad era a la vez excitante y deprimente, A solas con Apolo, el dios risueño, el humano gusano se sentía acobardado.

    Ahora, en cualquier momento podría llegar la respuesta de Apolo. Le entregarían una tablilla recubierta de cera, donde estarían escritas con claridad las palabras del dios tal como la pitonisa las habría recibido. “¡Dime una palabra, Febo Apolo, díme el nombre! Díme cómo se llama el elegido, hijo favorito de Zeus! ¡Revela tu elección! ¡Obra un milagro! ¡Nombra al hombre que despierta las esperanzas y da fe, al hombre que es un rayo de luz en la noche!”

    La pregunta era: “¿Quién es el más docto de los hombres?”. Para hacerla, Querefón había realizado una peregrinación desde Atenas. Era un camino largo y difícil, duro para Querefón, que no era de los mejores en el Liceo. Tosía un poco, se cansaba fácilmente y nunca había ganado un premio en los juegos. Pero a penas sintió las molestias de la peregrinación de Delfos, de los días que pasó respirando el polvo del camino, de las noches pasadas en las zanjas de la carretera. Sonreía siempre, incluso cuando estaba a punto de desmayarse. Cuando emprendió el regreso a Atenas, sabía lo que quería saber; ya no era un ser incompetente  y superficial. La ciudad le recibiría alegremente. Sus conciudadanos le rodearían, pendientes de sus palabras. Porque llevaba el mensaje, la sentencia de la divinidad: “¡Sócrates!”

     Los amables sacerdotes que le recibieron la noche de su llegada y le permitieron descansar en un vestíbulo del templo, como si fuese un gran señor y no un pobre suplicante sin otra cosa que ofrecer que un escuálido carnero y dos gallitos, no necesitaron mucho trabajo para sonsacarle el objeto de sus ansias. Salió de la conversación, sin grandes esfuerzos diplomáticos. Querefón estaba tan embriagado por la magia del hombre en quien creía que no podía evitar la mención del nombre querido en casa una de las frases: Sócrates cree, Sócrates opina, Sócrates dice, Sócrates quiere…

     ¿Qué es lo que este Sócrates cree, opina, dice y quiere en realidad? Los sacerdotes de Delfos se retiraron a deliberar. Su decisión tuvo un carácter fatal. Tenían poder suficiente para someter y liberar las inteligencias hasta mucho más allá de las fronteras de Hélade. ¿Tenían derecho a dar todo el apoyo de su autoridad, la más alta del mundo, a Sócrates?

   Nunca sería capaz de mostrar su gratitud con ricas ofrendas, con cosas preciosas para el templo. No era un brazo armado que pudiera servir al santuario contra el peligro siempre presente de una intromisión profana. No era tan siquiera un nombre célebre. Relacionarse con él no aumentaría la popularidad de Delfos. En realidad, eran las corrientes de opinión que había en el pueblo las que constituían la principal dificultad. Los hombres a quienes las masas seguían hoy eran, por un lado, los descreídos innovadores que rodeaban a Pericles, los revolucionarios del espíritu, y, por otro lado, los descreídos reaccionarios que gobernaban en Esparta, los enemigos del espíritu. La religión no podía apoyar ni a unos ni a otros, ni a los atenienses fanáticos del progreso ni a las túnicas rojas espartanas.  Entre estos dos polos, deambulaban los enjambres de indecisos, de vacilantes, de gentes partidarias siempre cincuenta por ciento. Tampoco  en este grupo estaba la salvación. Los solitarios, los acomodaticios y los tibios no podían conservar la fe de la humanidad en Apolo. En cambio, allí estaba ese Sócrates. Todos los informes secretos mostraban que respeto siempre a la divinidad tutelar de Delfos.  Desde luego, el hijo de Sofronisco no era un guerrero del dios; desgraciadamente, no lo era. Pero combatía a los ateos. Insistía en que se diera a los dioses lo que les era debido. Y estaba tratando de establecer una relación normal entre los dioses y los elementos, sin dejarse dominar por las dudas. No veía en el sol una masa voladora de fuego; para él, el sol era Febo Apolo. Quería estar en paz con el Olimpo y con el universo. Era el primero que no intentaba explorar los dioses o la naturaleza. Estaba descubriendo al hombre.

    Los sagaces sacerdotes de Delfos vieron a Sócrates como realmente era, aunque no pudieron precisar sus propósitos. Sin embargo, estaban satisfechos por el camino que seguía y por el modo en que caminaba. Y decidieron apostar por él. Elegir al hijo de Sofronisco, al escultor sin talento, al charlatán del Liceo, como el hombre más sabio del mundo equivaldría a una revolución. Pero el elegido, respaldado por la autoridad sacerdotal, tal vez lograra imponer la calma y la reflexión entre los turbulentos griegos. La armonía era las más preciada de todas las cosas. La armonía era más grata a los dioses inmortales que la más lúcida de las hecatombes. Por eso, los sacerdotes escribieron en la tablilla de cera: Sócrates es el hombre más sabio del mundo.

-          Aquí están las palabras de la pitonisa, interpretadas t escritas- dijo el gran sacerdote, entregando la tablilla al muchazo Querefón.

-          ¡Só-cra-tes!

Ni palabra, ni gracias, ni oraciones eran bastantes. Querefón ni se tomó el tiempo necesario para proteger debidamente la tablilla. Emprendió el retorno carretera adelante. Exigió a sus palpitantes pulmones y a sus débiles piernas un esfuerzo mayor que el eran capaces de rendir. Pero consiguió llegar a Atenas.

   Para los sacerdotes de Delfos la cuestión estaba decidida. No discutieron, ni entre ellos tan siquiera, las afirmaciones del oráculo. Se habían aventurado en un audaz experimento. Los experimentos pueden salir bien o salir mal. Pero los vapores sagrados continuarían brotando siempre de aquella hendidura de la tierra por donde se manifestaba el aliento de Apolo.

   En un principio, pareció que el experimento fracasaba. Por primera vez, un oráculo de Delfos no producía temblores de espanto ni especulaciones financieras, sino una fuerte hilaridad. Atenas reía a carcajadas.

    Querefón tenía que mostrar el oráculo cien veces al día. Tal vez de modo diferente al que esperaba, se convirtió en una celebridad ciudadana. Sus amigos le arrebataban la tablilla. Corriendo en alegres grupos, se pasaban la preciosa cera como una pelota hasta que alguno la dejaba caer con indiferencia sobre la hierba. Sólo cuando Alcibíades estaba presente cuidaban los muchachos de mirar lo que hacían. Alcibíades era el más fuerte de todos. Él mismo se reía de todos, incluso de Sócrates. Pero si alguien intentaba unírsele  en la burla, se ponía furioso.  Se congestionaba. Cuando perdía la paciencia, comenzaba a tartamudear, lo que era un signo muy malo. En un ser tan poco refrenado, era aquello muy frecuente. Pero sus accesos de rabia nunca eran tan fuertes como cuando alguno se reía de Sócrates. “Yo puedo burlarme de él, porque lo amo”, decía. Lo decía como una chacota, en tono que parodiaba los habituales amores entre maestro y discípulo. Y la idea de que el divino joven Alcibíades y el grueso fauno Sócrates pudieran ser amantes producía siempre estrepitosas risotadas. Pero, en medio de aquel bullicio, Alcibíades gritaba: “Pero tú…!” No se dignaba continuar, diciendo: “tú no le comprendes y vale más que te calles. No te pertenece; me pertenece a mí”. No se molestaba en dar explicaciones. Tal vez se avergonzaba de darlas. Simplemente, hacía uso  de sus puños. No; cuando Alcibíades andaba por los alrededores, los muchachos de Liceo dejaban en paz a Querefón y su tablilla.

    Sin embargo, en el tumulto de la plaza del mercado, en las barberías y en los baños, no había autoridad con sólidos puños que protegiera a Sócrates. Allí la hilaridad no tenía límites. Atenas era el centro del mundo sin duda alguna, pero en todos los tiempos fue, vista por dentro, un villorrio murmurador. En el Cerámico, el mercado de los alfareros, cuyos tenduchos, bazares, casas de comidas y paseos formaron la primera calle Mayor de la historia, todo el mundo se acordaba del viejo Sofronisco, el escultor.  Muchos habían bebido con él por la noche unos vasos de vino  y algunos le habían encargado sus dioses domésticos. Su trabajo era bueno y barato, pero a nadie se le ocurrió que pudiera engendrar al hombre más sabio del mundo. Su mujer, Fenarete, la honrada comadrona, también fue muy popular y solicitada entre las familias del Cerámico. Se recordaba que, después de la muerte de Sofronisco, se había casado con un vecino y se había trasladado más tarde  a otro distrito de la ciudad. Ahora, fuerte y sana mujer madura, continuaba con su oficio en las inmediaciones de la puerta de Diplón. La madre del hombre más sabio del mundo nunca debió verse obligada a ello; era natural que su hijo fuera capaz de atender a todas sus necesidades.

    Si Sócrates hubiese sido el hombre más sabio del mundo, ni hubiera necesitado andar sin túnica ni calzado. ¡Curioso un sabio a quien se veía todas las mañanas en la fuente, llenándose ansiosamente de agua el estómago, y a quien nunca se veía por las noches en la taberna, donde las clases altas saboreaban el vino de Creta! ¡Maldita sabiduría la que obliga a su poseedor a llevar una vida de perros! Y, si el hombre era tan sabio, ¿por qué los niños se asustaban de su aspecto grotesco? ¿Era lógico que el dios-sol se hubiese fijado en un fantasma nocturno, aunque fuese un grueso fantasma?  No; Apolo estaba gastando una broma a la ciudad. Tal vez quería poner a prueba el ingenio de sus atenienses. ¿Por qué los dioses no iban a dudar de los hombres, cuando los hombres dudaban de los dioses?

   Cierto, es una prueba, murmuraban los sacerdotes de los templos suburbanos. En público, no podían rebelarse contra la autoridad del oráculo, pero entre ellos, se deleitaban al ver cómo sus arrogantes y magníficos colegas de Delfos se habían puesto en ridículo por una vez.

   Entre risas, los pescaderos, verduleros y fruteros decían que aquello era un absurdo. Sócrates no valía nada como cliente y todo aquel que no era un buen cliente no les merecía ningún respeto.

   Los curtidores y zapateros iban aún más lejos. Hablaban  de que aquello era un atentado contra Atenas. Habían trabajado durante décadas para perfeccionar las sandalias y dar nuevas y elegantes formas de calzado y he aquí que se afirmaba que el hombre más sabio del mundo era aquel que quería introducir la bárbara costumbre de ir con los pies descalzos. Si Sócrates iba a suponer algo en el futuro, más valía cerrar el negocio en seguida. Tendrían que convertirse en jueces o generales o dedicarse a cualquiera de esas ocupaciones que se echaban de la suerte y para las  que no hacían falta ni talento ni capital.

    Anito, que en el ínterin se había hecho cargo de la curtiduría de su padre y prosperaba con la prosperidad general, comprendió muy bien la excitación que producía en su gremio la sentencia de Delfos.  A pesar de sus éxitos, no se había convertido en un tosco hombre de negocios. En absoluto; conservaba más bien el idealismo de sus primeros años. Y se daba cuenta de que había alguna cualidad especial en Sócrates, el amigo de su juventud. Por otra parte, no podía discrepar de sus relaciones y amigos de la industria. ¿Qué iba a ser de la industria de Atenas, si rama tan importante era atacada impunemente?  Hoy, eran los zapateros; mañana, si Sócrates conseguía algún ascendiente y se le ocurría prescindir del manto, sería la industria textil. La patria necesitaba consumidores, no ascetas.

   Discutió seriamente del asunto con Critón, el vecino e íntimo de Sócrates. También Critón meneó la cabeza al hablar del amigo de la mocedad.  Sabía que el viejo Sofronisco había dejado cinco minas a lo sumo y, aunque Sócrates vivía con la mayor modestia, ese dinero pronto quedaría acabado. ¿Por qué el amigo Sócrates no aprovechaba aquella oportunidad única para establecerse y hacerse respetable? A pesar de toda la resistencia de las masas a las palabras del oráculo y de la indignación producida en los círculos influyentes, la oportunidad era todavía maravillosa para hacer las pases con el mundo.

   Nunca tuvo nadie mejores perspectivas para hacer una carrera política. Al fin y al cabo, Apolo no elegía a todos los días al hombre más sabio del mundo. Hasta el presidente estaba obligado a tener en cuenta la voluntad divina en la elección anual de los diez strategi, en la próxima reorganización del Gobierno. Y los mismos ciudadanos que se reían de Sócrates y le trataban de tonto se alegrarían  secretamente de ser gobernados por el elegido de Delfos.  Lo único que tenía que hacer Sócrates era prescindir de su excentricidad. En fin de cuentas, tenía ya treinta cinco años. Es un tiempo suficiente para que la manzana haya perdido ya su acrimonia.

    Anito y Critón decidieron llevar a cabo una gestión amistosa. Procederían con cautela. No pedirían a su amigo que llevara una existencia respetable y severa o se dedicara a un oficio, aunque sólo fuese para cubrir las apariencias. Únicamente, le pedirían que vistiera decorosamente y tuviera un aspecto normal. Anito le enviaría las mejores sandalias de sus talleres, gratis, desde luego, y con la condición de que usara el par apropiado para cada ocasión: de piel de cerdo para deambular por la plaza del mercado, de fuerte corderina para los paseos por las afueras de la ciudad, y amarillas y puntiagudas para los banquetes y otras solemnidades. Critón, por su parte, tomaría la costumbre de dejar pequeñas cantidades de dinero en la casa de Sócrates, de modo que éste no advirtiera la intención y pudiera hacerse popular mediante frecuentes compras en los puestos del mercado.

   Aquella conspiración de la amistad fue un fracaso. Fue destrozada por las risas de Sócrates. Cuando Critón intentó torpemente deslizar unas cuantas monedas de plata bajo el catre de Sócrates, éste se las devolvió. Y al hacerlo,  dijo algo que después repitió al rey de Macedonia y siempre que tuvo que rechazar ofertas tentadoras:

-          No conviene aceptar regalos a los que no se puede corresponder.

-          Pero tú me das a cambio tu saber, tu compañía, tu amistad…- replicó Critón, turbado pero con convicción.

 Este hombre rico quería a Sócrates tanto como el delicado Querefón y el radiante Alcibíades. Los tres, tan distintos- el millonario, el joven enfermizo t el amado de los dioses-, fueron los primeros en sucumbir ante la magia de aquel encantador de hombres. Pronto serían docenas y cientos los que sentirían, al oír hablar a Sócrates, que sólo allí radicaban el reposo, la paz  y la justicia. Miles, en cambio,  se sentirían desafiados, amenazados, defraudados en sus privilegios.

-          ¿Es que estoy prostituido para traficar con mi conversación y mi amistad?- preguntó Sócrates. Toda su vida utilizó esta comparación contra los sofistas que ofrecían su ciencia y sus servicios docentes a cambio de buenos dineros.

Critón se encogió de hombros. Había heredado una gran fortuna, sólidamente invertida en minas y tierras, que le liberaba de la necesidad de mirar las cosas como las mira un hombre de negocios. Podía lucir la tolerancia de un gran señor. Aunque fuese de otra opinión en las cosas prácticas, era siempre un admirador de la fuerte personalidad.

  Anito, por el contrario, se negó rotundamente a comprender la locura de su amigo. Su sagaz sentido mercantil, concentrado a diario para el desarrollo del negocio paterno, se combinaba con su honrado amor al Estado y le convencía de que nadie llamado a regir los destinos de un pueblo debía negarse a ser próspero. Además, se sintió herido por el evidente desdén con que Sócrates rechazó aquellas magníficas sandalias amarillas y puntiagudas. ¡Cuando el propio presidente se enorgullecía de llevar sandalias fabricadas por Anito! Hubo una discusión bastante viva entre los dos, durante la cual Anito fue acalorándose y Sócrates, como siempre, eludió todo compromiso. Cuando éste llegó a decir que el crédito que le concedía Apolo no radicaba, en todo caso, en las suelas, Anito dio media vuelta y se marchó. De este modo, se produjo la primera grieta en aquella amistad de juventud.

   Si bien Sócrates rehusó aceptar las proposiciones de sus amigos, que querían hacer de él un modelo de ciudadanos y un destacado político local, no dejó por eso de sentirse sacudido por la llamada de Delfos. Entre los Olímpicos, era Apolo, el dios de las Musas, el único por el que sentía un afecto basado en la devoción personal y no en el respeto debido a los dioses del Estado. Por eso, consideró como un portento que fuera precisamente Apolo el que le honrase de tal modo. Pero la divinidad no le había hecho objeto de distinción para que cambiase, sino para que fuese plenamente como era. Apolo no exigía al más sabio de los hombres que se arreglara la barba, que encerrara sus pies en unas sandalias y menos aun que buscara un puesto de la gobernación del Estado. No quería Apolo que Sócrates se hiciera como los atenienses, no. Quería que los atenienses se hicieran como Sócrates, independientes, superiores a las órdenes de los déspotas y a las exigencias de las propias pasiones. Esa era su misión.

   Un llamamiento había llegado hasta él. ¿Era, realmente, un llamamiento de la divinidad? ¿Qué probaban aquella tablilla de cera, el testimonio del excitable muchacho Querefón y las charlas y murmuraciones de la plaza del mercado? No; si Apolo quería algo de él, le hablaría directamente. Solamente cuando oyera su voz – tal vez en los oídos, tal vez en la sangre, tal vez en sueños-,  estaría seguro de tener que obedecer.

   No era la timidez lo que le hacía vacilar. Estaba dispuesto a cualquier batalla.  Y preparado para cualquier sacrificio. La pobreza por toda la vida no era en sí mismo un sacrificio; era sólo un comienzo. Lucharía a brazo partido con sus pasiones y conquistaría a su sexo. Ya no huiría tímidamente de los lindos muchachos, ahogando los deseos amorosos. Se acercaría a ellos; sí, se acercaría a ellos, pero no los tocaría jamás. Su única preocupación sería cultivar sus almas. Nada más importaba. Ni debía importar.

   ¿No era todavía demasiado joven para una negación de si mismo? ¿No estaba aún maduro para soportar las privaciones con alegría? Sintió arder la discordia en su interior. ¡Ah! ¡Si estuviese a su lado Alcibíades, el muchacho de las ondulantes caderas femeniles y de la firme barbilla de tiranuelo!

   Bien, supongamos que estuviese. Aun entonces, Sócrates se limitaría a sentarse en dos pasos de distancia y a hablar en tono impersonal e impenetrable de la justicia y el deber, innatos en el hombre. No, no era demasiado joven para negarse a sí mismo. La realización está en el sacrificio. El profeta no tiene que estar esclavizado por ningún muchacho. Solamente entonces se le entregarán los hombres. Extrayéndolo de las masas, hombre por hombre, descortezaría y observaría al ser humano. Lo que hasta aquí había sido su entretenimiento, se convertiría en su misión en la tierra. Un discípulo había ya dicho de él: “Cae sobre los hombres como un asaltante, lucha hasta obtener su interior y les revela que el secreto de su inteligencia y de su cuerpo depende de su alma”, Pero si las búsquedas y los tanteos que habían consumido la mitad de su vida- treinta cinco años-, tenían que transformarse en la lucha abierta del individuo contra las masas de la posesión del hombre, en ese caso, ¡Oh, Apolo!, deja oír tu voz, da tus órdenes con claridad y fuerza.

   Solo en su casa, Sócrates se quitole manto. Su pecho macizo se lleno de aire. Su aliento era tan poderoso que podía cantar con fuerte voz y bailar al mismo tiempo. Sus deformes miembros estaban ágiles  y sueltos. Piernas, brazos, manos y hombros se declararon independientes. Estaban tensos y febriles por la excitación. Brotaba el sudor por todos los poros. El sonoro jadeo de los pulmones se mezclaba con el bramar de aquel canto salvaje que ahogaba las palabras. Ante aquella ruidosa y ferviente súplica, Apolo no podía permanecer ciego, sordo y mudo.

Pero el dios estaba lejos y no dejó oír su voz.

 Kraus, René, la vida privada y pública de Sócrates, pp.55-64, Editorial Sudamericana.

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